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Volumen 15 / Número 1 -
Abril 2019
24 de Marzo: Memoria de las catacumbas
ISSN 1553-5053


Resumen

Este articulo aborda la compleja cuestión de las memorias múltiples. Caracteriza los acontecimientos políticos en la Italia de posguerra, poniendo el foco en el caso de la masacre nazi de las Fosas Ardeatinas (Fosse Ardeatine). Se analiza así el modo de registro de los hechos en el imaginario colectivo y su relación con la memoria, el duelo y los procesos de identidad.

Palabras clave: Fosas Ardeatinas | mito | memoria

Abstract English version

Memoria e Identidad. Una reflexión desde la Italia postfascista

Alessandro Portelli

Università Roma Tre

Recibido: 5/10/2018 – Aprobado: 3/1/2019

Muerte y resurrección de la patria [1]

Me propongo, en este trabajo, trazar primero los lineamientos generales de la relación entre la memoria del movimiento de la resistencia en 1943-1944 y los acontecimientos políticos en la Italia de posguerra, y luego ilustrarla con un ejemplo específico: la memoria de la masacre nazi de las Fosas Ardeatinas (Fosse Ardeatine) en 1943 y de la acción partisana que provocó dicha represalia. Las preguntas a formular son: ¿cómo se “imagina” Italia a sí misma como comunidad y como nación (Anderson, 1991)? ¿qué narraciones acompañan al proceso de construcción de esta nación y al “constructo” resultante? (Bhaba, 1990) [2].

La Italia moderna y democrática es resultado de la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, la identidad y el sentido del país están inextricablemente ligados al sentido de la participación y la experiencia italianas durante los años de la guerra. Por ejemplo, los hechos del 8 de septiembre de 1943 han sido comprendidos de maneras muy diversas, llevando a interpretaciones totalmente divergentes de la identidad nacional.

El 8 de septiembre de 1943 el Gobierno italiano monárquico y postfascista firmó el armisticio con los Aliados. El rey y los altos mandos del Gobierno y las fuerzas armadas abandonaron Roma y huyeron hacia el sur, dejando desamparadas y sin instrucciones tanto a las unidades del ejército como a la población civil. En todo el país, los soldados interpretaron estos eventos como la señal de que la guerra había terminado, y se dispersaron. Muchos historiadores y comentaristas políticos –en particular el especialista en ciencias políticas Ernesto Galli Dalla Loggia–, vieron este hecho como el símbolo de la disolución del país, y se refieren al 8 de septiembre como “la muerte de la patria”, la morte della patria (Galli Della Loggia, 1996). Esto obviamente conduce a una valoración negativa del carácter nacional y a un escepticismo respecto de la posibilidad de una democracia popular y participativa.

Por otro lado, el 8 de septiembre, varias unidades del ejército resistieron activamente la ocupación alemana de Roma, a pesar de no haber recibido instrucciones (o de haber recibido instrucciones contradictorias). Cientos de civiles, incluso, se les sumaron: mujeres y hombres, en una espontánea explosión de indignación y orgullo. Cada individuo y cada grupo se dirigió hacia la Porta San Paolo, llevado por diferentes motivaciones.

Tiempo después, un oficial del ejército escribiría: Algunos dicen que los granaderos lucharon porque su historia está arraigada en la historia de la familia real; algunos dicen que eran antifascistas o que apoyaban al gobierno de Badoglio. Otros los acusan de haber traicionado a los alemanes. Pero la respuesta a por qué pelearon no es más que una: para obedecer a las sagradas leyes de la patria (Franceschini, 1993: 84).

Por otra parte, María Teresa Regard, que luego participó en la guerrilla urbana, recuerda: “El 8 de septiembre fui al lugar de la pelea en Porta San Paolo; pero fui por el bien de mi país, por el bien de Roma, para salvar a Roma, no porque me lo ordenara el Partido Comunista, porque el Partido no nos fijó que fuéramos. Pero yo fui y pensé: ‘No debemos permitir que los alemanes entren en Roma’; lo importante era el amor por mi país” [María Teresa Regard (1924-2000), partisana y periodista. Entrevistada el 20 de abril de 1998] [3].

Orfeo Mucci, un carpintero que fue líder de Bandiera Rossa –el ala más radical de la Resistencia–, dice: “Cuando nuestros camaradas tenían quince, dieciséis, veinte, treinta años, empezaron a luchar contra los nazis. Su intención no era salvar a la patria sino liberarla de la esclavitud y la opresión de la burguesía y el capitalismo. Esto es lo que teníamos en mente los de Bandiera Rossa cuando luchábamos” [Orfeo Mucci (1911-2000), partisano y carpintero. Entrevistado el 12 de agosto de 1997].

De este modo, mientras que para algunos observadores el 8 de septiembre es un símbolo de disolución, para otros se convierte en un punto de reunión donde diversas subjetividades se unifican en nombre de la dignidad, el orgullo y la libertad.

Mientras que para algunos este día marca la muerte de la patria, para otros significa su resurrección; literalmente, su segundo Risorgimento (Traniello, 1996). El 8 de septiembre, en Roma, se establecen los cimientos de un país libre y democrático donde hasta los militares pueden ser parte de un movimiento patriótico y democrático. Es ésta la creencia encarnada en la Constitución italiana de 1948, actualmente cuestionada a raíz de la corrupción política de los ochenta y las crisis políticas de los noventa.

La formación de memorias múltiples: la guerra fría

El hecho de que esta interpretación esté inserta en la estructura institucional del país, sin embargo, genera un malentendido –si no directamente una ficción–: que el pueblo italiano en su totalidad estuvo involucrado en este acto de renacimiento y nueva fundación. Esta ficción resultó útil tanto para la mayoría conservadora y católica como para la oposición de izquierda: para la primera, a la hora de encubrir sus concesiones al fascismo; para la segunda, para legitimarse como componente necesario de la nueva democracia italiana que la izquierda había ayudado a establecer.

Claro que este proceso tiene lugar en la mayoría de los actos fundacionales: se borra de la memoria a quienes se opusieron a ellos. Es el caso, por ejemplo, de los colonos partidarios de Inglaterra durante la revolución estadounidense. La diferencia, por supuesto, es que la mayoría de los loyalists estadounidenses regresaron a Inglaterra, dejando así de constituir una fuerza a tomar en cuenta en la nueva nación. En Italia, en cambio, las fuerzas sociales, políticas e institucionales que no habían participado del proceso de liberación (la llamada “zona gris”) o que habían luchado en el bando opuesto eran parte de la escena nacional, incorporándose incluso en las instituciones creadas después de la Resistencia y la guerra.

En consecuencia, las diversas memorias y desmemorias coexistieron, y fueron mudando en las diferentes fases de la historia de posguerra. Breve y esquemáticamente podríamos distinguir tres formas de memoria –las de centro, izquierda y derecha– y tres fases: la guerra fría, los gobiernos de centro-izquierda desde los sesenta hasta principios de los noventa, y la denominada “Segunda República” desde mitad de los noventa hasta la actualidad. Claro que ésta es una simplificación: las memorias y los tiempos se superponen de muchas maneras, y las caracterizaciones y divisiones temporales sólo pretenden servir de orientación.

Durante la guerra fría, la Resistencia fue mayormente olvidada. Como estudiante de secundarla en los años cincuenta, tenía la impresión de que era una especie de secreto vergonzante, mencionado en voz baja pero cautelosamente extirpado de los libros de historia, que evitaban los “ternas controvertidos” y, en consecuencia, se detenían al final de la Primera Guerra Mundial. Las instituciones solían rendir homenaje formal a ciertas fechas y lugares memorables, pero el significado de las mismas permanecía vago. En el aniversario de la masacre de las Fosas Ardeatinas, por ejemplo, se alababa el “sacrificio” patriótico de las víctimas en gran medida en términos religiosos, evitándose cuidadosamente la discusión de su significado político e histórico. Por cierto, estas conmemoraciones nunca mencionaban el papel de los italianos que instigaron y apoyaron la masacre.

Irónicamente, mientras que todos los oradores en los actos conmemorativos de las Fosas Ardeatinas eran demócratas cristianos, la mayoría de la concurrencia voluntaria (además de los familiares de las víctimas) era comunista [4]. Dada la incómoda relación que la mayoría conservadora mantenía con estos recuerdos, los mismos se convirtieron en patrimonio casi exclusivo de la izquierda. Por un lado, la izquierda tenía todo el derecho de afirmar su participación en la Resistencia, ya que había sido su fuerza impulsora, tanto políticamente como en términos de cantidad de combatientes y de bajas. Por el otro, dado que esta participación constituyó el fundamento de su legitimidad democrática cuestionada por la guerra fría, a la izquierda le interesaba definir a la Resistencia como un movimiento unificado de todo el pueblo italiano más que como una época de conflicto y división, y restar importancia a sus aspectos militares. La imagen del partisano moribundo reemplazó a la del partisano combatiente en monumentos, pinturas y en la imaginación en general. Irónicamente, la Resistencia se convirtió en una guerra recordada y celebrada en sus derrotas más que en sus triunfos: los partisanos mueren, nunca matan. De esta manera, la memoria nacional logró delegar toda la violencia al enemigo (los alemanes; para la izquierda, también los fascistas) y presentir una imagen virtuosa y pacificada, no violenta y respetable, de los comienzos nacionales.

Esto, por supuesto, dejó un campo abierto para el desarrollo de la memoria de la derecha. Formalmente encerrada fuera de los límites de la respetabilidad nacional, la derecha cultivó una visión de sí misma como portadora de una contramemoria opuesta al mito oficial de la Resistencia y la democracia. En una entrevista, Gianfranco Fini –secretario de la Alleanza Nazionale, el partido postfascista de la derecha italiana, formado en la juventud fascista desde los sesenta hasta los ochenta– habló de la “cultura samizdat [5] de la extrema derecha”, cimentada en la sensación de “ser discriminados en su propio país” [6]. Difícilmente esta cultura haya creado una historiografía digna de dicho nombre; más bien circuló en miles de panfletos, artículos periodísticos y memorias que, aunque ignorados en el ámbito académico, dejaron una marca indeleble en la opinión pública.

Al circular fuera de los canales establecidos, esta literatura se presenta como un heroico acto de revelación de las verdades ocultas detrás de la propaganda oficial. Sangue chiama sangue, el libro del historiador de derecha Giorgio Pisano (1962, 1994), se reimprimió dieciocho veces entre 1962 y 1964; la contratapa anuncia “las estremecedoras verdades que nunca nadie se atrevió a decir sobre la guerra civil italiana”. Los diferentes capítulos reiteran la postura: “La verdad sobre la venganza de Marzabotto” (donde los alemanes mataron más de ochocientos hombres, mujeres y niños) y, por supuesto, “La verdad sobre la venganza de las Fosas Ardeatinas”. Más recientemente, el panfleto del periodista de derecha Pierangelo Maurizio acerca de la acción partisana que condujo a la masacre de las Fosas Ardeatinas llevó como título Via Rasella. Cincuenta años de mentiras (Maurizio, 1996).

En la mayoría de los casos, este tipo de literatura es un refrito de dudosas historias y una vía de escape para diversos sentimientos de frustración. Sin embargo, esto no disminuye su poder. El tono sensacionalista y hasta la ira y la frustración reflejan el estado de ánimo de los sectores menos paralizados (y por lo general anticomunistas) de la población. Además, la memoria de derecha aprovecha temas que fueron dejados de lado en los relatos dominantes: no todos los italianos eran antifascistas, y la Resistencia fue una guerra que involucró actos de violencia y crueldad también en el bando antifascista.

Así, la memoria de derecha se presentó bajo dos caras complementarias: por un lado, con lo memoria de los derrotados; por otro, como memoria implícita de las instituciones y, en consecuencia después del acceso al poder de la derecha en los noventa, como memoria de los vencedores. Su poder reside en la capacidad para ofrecer clichés conformistas bajo la forma de audaces transgresiones, la pasividad como heroísmo, la mayoría silenciosa como la minoría silenciada. De esta manera, gran parte de su discurso se transformó en sentido común, un discurso subterráneo y penetrante profundamente arraigado en el inconsciente del país.

En el plano institucional, este estado de cosas resultó en una brecha entre la Constitución y la práctica política. La Constitución italiana de 1948, firmada por un judío comunista, Umberto Terracini, es una de las más avanzadas y democráticas en todo Occidente. Por otra parte, su implementación ha estado en manos de fuerzas políticas y culturales para quienes la Resistencia (reflejada en la Constitución) fue, en el mejor de los casos, un paréntesis; y de un grupo de funcionarios públicos (incluyendo a maestros y magistrados) moldeados al servicio del fascismo y de una noción conservadora y elitista del Estado. El código penal fascista de 1929 siguió vigente hasta la década de los setenta; no se impartió educación cívica como materia en las escuelas públicas hasta fines de los cincuenta e incluso hoy en día sigue siendo una materia secundaria y optativa. El país diseñado por la reconstrucción demócrata cristiana y la guerra fría resultó muy diferente al que imaginó la Resistencia y esbozó la Constitución.

Un estudio de caso: Las fosas Ardeatinas

Lo que sigue es una discusión sobre un caso específico de luchas por la memoria que confiere sentido a la Resistencia y, de manera indirecta, a la cuestión de la identidad y los orígenes nacionales (tomado de Portelli, 1999).

El 24 de marzo de 1944 el ejército alemán de ocupación ejecutó a 335 rehenes en una cueva de la Vía Ardeatina, en las afueras de Roma. Las víctimas eran prisioneros políticos, judíos o simplemente personas arrestadas al azar, para llenar una cuota; en su conjunto, constituían una muestra representativa de la ciudad de Roma y su población. Eran católicos, judíos y ateos; comunistas de diversas orientaciones, socialistas, liberales, radicales, monárquicos y apolíticos; algunos ni siquiera habían llegado a repudiar el fascismo. Eran militares y civiles; aristócratas, trabajadores, artesanos, comerciantes, abogados. Estaban activamente involucrados en la Resistencia, o habían sido arrestados por estar en el lugar equivocado o profesar la religión equivocada. Venían de todas partes de Roma; desde los barrios de clase media alta, los callejones de los artesanos, las plazas del viejo centro histórico, las barriadas indigentes de la periferia creadas por el fascismo. Muchos habían nacido en Roma; otros habían migrado desde otros lugares. Toda Roma fue asesinada en esas cuevas, y toda Italia junto con ella.

Vera Simoni, la hija de un general de la Fuerza Aérea que se contó entre las víctimas, dice:

En las Fosas Ardeatinas encontrarán a mi padre, pero encontrarán también a un niño de 14 años, a un sacerdote, a empleados de oficina, soldados, policía militar […]. Creo que tienes razón: las Fosas Ardeatinas son el símbolo de la tragedia italiana porque allí se unió todo, todos estuvieron representados; la masacre fue el símbolo de lo que ocurría en las calles de Roma [Vera Simoni (1924), hija del general Simone Simoni, asesinado en las Fosas Ardeatinas. Entrevistada el 4 de mayo de 1999].

Vittorio Foa, uno de los reconocidos fundadores de la República italiana, escribió:

Cuando pienso en las Ardeatinas, mi inspiración es casi naturalista: la unificación, la reunión de distintos cursos de vida [...]. Mataron judíos porque eran judíos, no por lo que pensaran o hicieran [...]. Mataron a los antifascistas por lo que pensaban o hacían, mataron a hombres que no tenían nada que ver con la situación sólo porque necesitaban gente para llenar un número y ejecutar la orden (Foa, 1996: 7).

Las Fosas Ardeatinas no fueron la única, o la peor masacre perpetrada en Italia o en Europa en general. Tal vez representen la única Masacre “metropolitana”, en la que se involucró a una muestra representativa de la población de una ciudad importante. Fue la primera ejecución en masa perpetrada a sangre fría en Europa occidental. Fue además llevada a cabo con determinación lúcida y extrema crueldad. Para ahorrar tiempo, se ejecutó a las víctimas en grupos de a cinco, con un tiro de pistola en la nuca, sin asistencia religiosa. Basándose en la posición de los cuerpos cuando fueron extraídos tres meses más tarde, el patólogo Attilio Ascarelli concluyó que “cuando las víctimas fueron conducidas hacia las cuevas, se les obligó a trepar sobre los cadáveres de los camaradas que ya habían sido asesinados” (Ascarelli,1992). Ada Pignotti, que entonces tenía 23 años y perdió a su marido (se habían casado hacía tres meses) y a otros tres familiares, recuerda:

Cuando exhumaron los cuerpos, primero encontraron a mi cuñado, y al día siguiente a mi marido. Encontraron la cartera de mi cuñado sobre las piernas de mi marido. Así que mi marido murió primero, y después [...] después mataron al otro. Uno encima del otro. Y luego el primo de mí marido: lo encontraron sentado junto a la pared de la cueva, momificado. Todavía tenía los ojos bien abiertos, como si mirara, se le veía el azul de los ojos; una mirada atónita, de terror. Cuando lo sacaron se puso negro, pero cuando lo encontraron estaba intacto; y cuando hicieron la autopsia el doctor Ascarelli nos dijo que no había muerto en el acto. Vaya uno a saber cuántos días estuvo sufriendo allí adentro [Ada Pignotti (1920), empleada de oficina, esposa de Angelo Pignotti, asesinado en las Fosas Ardeatinas. Entrevistada el 23 de febrero de 1988].

Existen suficientes motivos para hacer de las Fosas Ardeatinas un sitio de la memoria nacional, un monumento permanente al crimen nazi, a la complicidad fascista (la policía italiana cooperó en la elaboración de la lista de víctimas, y todos los judíos asesinados habían sido entregados por otros italianos) y al precio que pagó la ciudad de Roma por su liberación. Y sin embargo, detrás de las conmemoraciones y las ceremonias permanece una disputa no resuelta, que es símbolo de la ambivalente relación de Italia con la historia de su propia liberación y de la fundación democrática.

Via Rasella

La masacre de las Fosas Ardeatinas fue perpetrada en represalia por un ataque partisano en el que 33 policías alemanes de origen tirolés –que pertenecían formalmente a las SS pero no estaban en servicio de combate fueron asesinados en Via Rasella, en el centro de Roma. La explosión de una bomba en el medio de la calle fue seguida de un ataque partisano con pistolas y granadas de mano. Algunos de los policías alemanes murieron al explotar las granadas que ellos mismos llevaban como parte de su armamento.

La acción fue llevada a cabo por miembros del comunismo clandestino, los Gruppi di Azione Patriottica (Grupos de Acción Patriótica), que seguían instrucciones generales del comando militar de la Resistencia. La intensificación de la guerrilla partisana también había sido recomendada por el comando de los Aliados como apoyo a las tropas que habían desembarcado en Anzio y estaban sufriendo un fuerte contraataque alemán.

No fue ésta la primera acción partisana en la que soldados alemanes resultaron muertos dentro de los límites de la ciudad; en otras ocasiones había habido hasta ocho bajas, y –como testimonió el jefe de las SS en Roma, Herbert Kappler– “era común encontrar cuerpos de soldados alemanes flotando en el río Tíber” [7]. Constituyó, sin embargo, la primera acción de tal magnitud, y fue más allá de las expectativas de los propios partisanos. Y lo más importante, fue el primer ataque que los alemanes no pudieron fingir ignorar. La destrucción de una unidad armada marchando en formación, a plena luz del día en el centro de la ciudad, significó una grave herida para el mito de la invulnerabilidad alemana –como expresó el general alemán von Mackensen, “era necesaria una rápida y drástica expiación pública”–.

En ese escenario, las autoridades alemanas no se esforzaron demasiado por atrapar a los partisanos. No necesitaban castigar a los culpables tanto como impresionar a la ciudad. El tiempo, por lo tanto, era esencial. La masacre se preparó y se llevó a cabo aun antes de que se difundiera oficialmente la noticia sobre el ataque en Via Rasella. La matanza en las Fosas Ardeatinas comenzó menos de 24 horas después de ese ataque. Hubo, sin embargo, un desliz en la precisión y eficiencia alemanas: la proporción establecida iba a ser de diez italianos por un alemán; pero cuando llegaron a las cuevas, los nazis descubrieron que tenían cinco hombres de más. Para simplificar el asunto, los mataron de todos modos.

Al día siguiente comenzó la batalla por la memoria, cuando la prensa difundió el comunicado alemán acerca del ataque partisano, que a su vez informaba que la represalia “ya había sido llevada a cabo”. En un editorial, el Osservatore Romano –diario oficial de la Iglesia Católica– habló de “treinta y dos víctimas por un lado; trescientas veinte personas [8] sacrificadas en lugar de los culpables que se escaparon del arresto”. Para la Iglesia Católica, entonces, las víctimas fueron los alemanes; las Fosas Ardeatinas constituyeron un acto sacrificial, casi una ceremonia; y no hay duda acerca de quiénes fueron los culpables de toda la cuestión: los partisanos que se habían “escapado” de un arresto que nadie intentó seriamente llevar a cabo. Se estableció allí un modelo de inversión de la culpa –que responsabiliza a los partisanos por el ataque en lugar de, o tanto como, a los alemanes por la masacre–, modelo que continúa vigente hasta el día de hoy.

Contra-mitos: por qué no se entregaron

Una mañana de 1996 estaba en las Fosas Ardeatinas, en la bóveda donde los 335 ataúdes se encuentran alineados uno junto a otro; un lugar imponente, profundo. Había también un grupo de ancianas. Eran de Tivolí, habían formado parte de una peregrinación al vecino santuario del Divino Amore y, como era común en este tipo de excursiones grupales, se habían detenido en las Fosas Ardeatinas. Era la época en que el ex oficial nazi Erich Priebke había sido extraditado desde Argentina a Italia y estaba siendo juzgado por su participación en la masacre.

“Yo creo que cumplía órdenes”, dijo una de las mujeres, y las otras se le unieron: “Pero por supuesto”, “Quiero decir, no es que se le ocurrió ir y matar a trescientas personas”. El lugar las conmovía profundamente; ya habían estado antes. Una de ellas siguió diciendo: “Al que puso la bomba en Vía Rasella le dieron una medalla de oro; para mí lo tendrían que haber matado. Si se creía un héroe, ¿por qué no salió y dijo: “Yo fui el que lo hizo, no maten a toda esa gente”?”.

En un instante, esta mujer había evocado dos de las fundamentales narrativas antipartisanas: los alemanes no tienen la culpa porque estaban “cumpliendo órdenes”; los Partisanos son culpables porque “no se entregaron”. No discutiré aquí el primero de los argumentos, que ha sido utilizado en muchas otras instancias en todo el mundo, comenzando por el juicio a Eichmann en Israel. Me concentraré en cambio en el segundo, que es específico de este evento, tanto que literalmente crecí escuchándolo. Está tan profundamente arraigado en el sentido común y la memoria colectiva que lo he oído de boca de varios antifascistas y hasta de comunistas que en otros aspectos simpatizan con la Resistencia. Como reconoció el dirigente postfascista Gianfranco Fini, éste es uno de los puntos donde la versión de la historia de la extrema derecha se ha convertido en el sentido común del medio apolítico.

Una parte esencial de esta narrativa es la creencia de que los alemanes anunciaron la represalia pegando carteles en las calles de Roma, donde se informaba a la población que procederían a matar a diez italianos por cada alemán si los culpables no se entregaban. Como sabemos, esto jamás ocurrió: tanto Herbert Kappler como el comandante supremo de las fuerzas alemanas en Italia, Albert KesseIring, han testimoniado asegurando que no se dirigieron a la población, que no hubo carteles ni anuncio alguno. Aunque esto ha sido registrado y se ha sabido durante cincuenta años, la otra creencia sigue en pie. Recientemente, en un diario de derecha, un periodista se atrevió a admitir que dichos carteles no habían existido, y pronto se vio inundado de cartas de lectores que sostenían haberlos visto con sus propios ojos.

Corolario de esta creencia es otro concepto erróneo igualmente difundido. Al preguntárseles cuánto tiempo había pasado entre el ataque en Via Rasella y la masacre de las Fosas Ardeatinas, la mayoría de mis informantes –de diversas edades, niveles de educación e inclinaciones políticas– mencionó un lapso entre tres días y un año. Como sabemos, fueron menos de 24 horas. La extensión del intervalo, sin embargo, es útil a la creencia de que los alemanes tuvieron tiempo de anunciar la represalia y esperar que los partisanos se entregaran. Nuevamente, éste es un hecho establecido; pero, también esta vez, la creencia es impermeable a la mera información fáctica. He hallado que, incluso en conversaciones, cuando le digo a la gente que no hubo tiempo, que no hubo anuncio, que nadie –incluyendo a los partisanos– supo de la masacre hasta después de perpetrada, mis interlocutores me escuchan pero no cambian de parecer. Ugo Scattoni, hijo de un Partisano asesinado en las Fosas Ardeatinas, ha tenido la misma experiencia: “Uno les dice, pero se da cuenta de que siguen pensando igual” (Ugo Scattoni (1934), portero de escuela, hijo de Umberto Scattoni, asesinado en las Fosas Ardeatinas. Entrevistado el 2 de septiembre de 1997). Existe sólo un nombre para denominar una creencia más fuerte que la prueba y la información: mito.

Por otro lado, cuando esta versión se torna insostenible, hay otros modos de llegar a la misma conclusión: la culpa fue de los partisanos. El más importante es la creencia en la relación automática entre el ataque partisano y la represalia alemana: la así llamada ley de “diez italianos por un alemán”. Tan incrustada está esta narrativa en la imaginación colectiva que hasta es posible encontrarla en libros de texto escritos por historiadores competentes y democráticos, según los cuales “cada ataque partisano fue seguido de una represalia alemana” (Giardina et al., 1992: 333). De hecho, como hemos visto, ya había habido ataques sin represalia; y habría posteriores masacres sin provocación partisana.

La mayoría de la gente parece creer que Via Rasella fue la primera acción partisana en Roma en la que murieron alemanes. Como hemos visto, no lo fue: hubo antecedentes, y los alemanes nunca habían respondido de esta manera. Nunca hubo un cartel amenazando con la represalia con rehenes civiles ni la medida de diez por uno. De hecho, las Fosas Ardeatinas inauguraron la política de la masacre como represalia en Italia.

La creencia en la represalia automática tiene dos corolarios. El primero es la afirmación de que los partisanos deberían haber previsto las consecuencias de sus acciones –en realidad, que lo hicieron precisamente porque sabían lo que iba a suceder y querían que sucediera–. Respecto de por qué los partisanos podrían haber buscado una represalia hay diversas versiones: querían incitar a la población a rebelarse o, como se sostuvo en un reciente proceso judicial finalmente desestimado, lo hicieron los comunistas porque sabían que la represalia eliminaría a la dirigencia de otros grupos de la Resistencia.

El otro corolario tiene que ver con los estereotipos sobre el carácter alemán: la descripción de los alemanes como animales, demonios o máquinas que a menudo acompaña las narrativas de la masacre. Por una parte, esta postura culpa de la masacre a la supuesta naturaleza del carácter alemán, borrando así el papel que los italianos tuvieron en ella. Por otra, al quitarles humanidad a los alemanes se los aleja de la esfera de la culpa moral: son como perros dormidos o leones hambrientos a quienes no hay que molestar; o como máquinas mecánicas en las que la causa es siempre seguida por su efecto automático. Hasta el historiador de derecha Giorgio Pisano escribe que “la masacre en las Ardeatinas fue solamente la reacción bestial de los jerarcas alemanes”. Describir a sus propios aliados como bestias es una forma de absolverlos de toda culpa moral, y de absolverse ellos mismos. Representar a los alemanes como simples muñecos mecánicos en manos de los taimados comunistas se convierte así en un dogma central del revisionismo histórico.

No deberían haberlo hecho

A mitad de camino entre el mito y la crítica histórica se encuentra la discusión acerca de cuan oportuno y útil fue el ataque en Via Rasella. Ésta se basa en el concepto de la supuesta condición de Roma como “ciudad abierta” y en el debate sobre el significado militar de la Resistencia.

El concepto de “ciudad abierta” se invoca para afirmar que Roma no era territorio de guerra, que estaba bajo la protección papal y por lo tanto todas las acciones de la Resistencia fueron injustificadas. En realidad. Roma nunca fue una ciudad abierta. Fue declarada ciudad abierta por el gobierno de Badoglio en agosto de 1944, después de la caída de Mussolini y del segundo gran ataque aéreo de los Aliados sobre la ciudad. Los Aliados jamás reconocieron esta declaración, pero no volvieron a bombardear la ciudad hasta que fue ocupada por los alemanes en septiembre. A su vez, los alemanes declararon que respetarían la condición de Roma como ciudad abierta, pero en verdad lo utilizaron para propósitos militares, provocando de este modo varios ataques aéreos que dejaron muchas víctimas. Los alemanes tomaron control total de Roma, deportaron a 2.000 de sus ciudadanos judíos a campos de exterminio, enviaron a miles de personas a campos de trabajo forzado e impusieron la ley marcial. En consecuencia, el mito de la condición especial de Roma implica un juicio no sólo sobre los hechos de Vía Rasella sino sobre toda la Resistencia. De alguna manera, bajo la ocupación alemana, el pueblo romano debería haber esperado que los Aliados llegaran a liberarse sin asumir un papel activo en la recuperación de su independencia nacional.

Esto nos lleva al segundo argumento: Vía Rasella fue innecesaria porque de todas formas ya estaban llegando los Aliados; Vía Rasella no cambió el rumbo de la guerra. El punto es que ningún evento aislado –con la posible excepción de Stalingrado y el Día D– cambió el rumbo de esta guerra en particular. Esto se aplica especialmente a la Resistencia, que no se llevó a cabo en campos de batalla sino que se compuso de pequeñas acciones de guerrilla, que sólo cobran sentido al ser consideradas en conjunto.

Los Aliados, por supuesto, habrían ganado la guerra aun sin la ayuda de los partisanos. Hay quien sostiene, sin embargo, que la guerra habría durado más, cobrando así más víctimas. Pero más allá de eso, lo que logró la Resistencia fue involucrar activamente a una parte del pueblo italiano en el proceso de su propia liberación. Por lo tanto, la Resistencia debe verse también en términos simbólicos, y la negación de su relevancia militar no es más que una forma de exorcizarla de su plano simbólico.

Vía Rasella se presta a este tipo de exorcismos por una serie de razones. En primer lugar, está aislada en la memoria y en la narrativa, al punto de que a la mayoría de la gente le cuesta recordar que no fue el primer ni el único ataque partisano a los alemanes, y que la de las Fosas Ardeatinas no fue la única masacre cometida por los alemanes en Roma (ninguna de las otras tuvo como origen una provocación similar). La pérdida de contexto facilita la representación de Vía Rasella y las Fosas Ardeatinas como una secuencia autónoma y aislada, sin antecedentes históricos ni políticos.

En segundo lugar, Via Rasella no puede ser absorbida en la narrativa del partisano como víctima: en este caso, los partisanos no sólo mataron abiertamente, sino que –según el mito– al no entregarse, rehusaron enfáticamente morir. De hecho, el papel de víctima puede en este caso aplicarse a otros sujetos: un chico de once años, Pietro Ziccheretti, murió accidentalmente en la explosión; varias personas que vivían en esa calle resultaron heridas; seis civiles murieron cuando los alemanes abrieron fuego indiscriminadamente sobre las ventanas que daban a la calle. Además, los soldados alemanes no eran SS en combate y procedían del sur del Tirol, lo cual los hace nominalmente italianos. Así, en una irónica inversión, una parte del público italiano simpatiza con miembros del ejército invasor extranjero (cuya ciudadanía italiana, en todo caso, los vuelve técnicamente traidores) más que con los “patriotas” que los atacaron.

Y luego, por supuesto, están las 335 víctimas de las Fosas Ardeatinas. El hecho de que fueron asesinadas por los alemanes es subestimado como una reacción refleja de los bestiales, demoníacos, autómatas y por lo tanto irresponsables alemanes. De esta manera, hasta los muertos de las Fosas Ardeatinas pasan a ser víctimas de los partisanos: como dijo una mujer que vive en Vía Rasella, “si ese criminal no hubiera puesto la bomba, no existiría el monumento de las Fosas Ardeatinas” (Vincenza Gatti, portera. 14 de octubre de 1998).

Un juicio poco juicioso

El rasgo subyacente en todas estas contra-narrativas es la sensación de que los partisanos fueron una minoría descarriada dentro de una población que se consideraba neutral, sin interés en involucrarse en una guerra entre los Aliados y los alemanes; un pueblo que, si bien no simpatizaba con los alemanes, tampoco sentía la necesidad de reaccionar ante su presencia.

Este sentimiento de neutralidad se refleja en algunas de las construcciones institucionales de la memoria durante los años de posguerra. Cuando Herbert Kappler y algunos de sus hombres fueron juzgados por un tribunal militar en 1948, la corte deliberó acerca de la legitimidad del ataque y de la venganza en los términos neutrales de la ley internacional, como si estuviera arbitrando una disputa entre dos partes equivalentes. Finalmente reconoció que la represalia había sido legítima (aunque criminalmente excesiva), porque los partisanos eran, de acuerdo a la ley internacional, “contendientes ilegítimos”. Aun cuando el tribunal condenó a Kappler a prisión perpetua por cuestiones que eran casi tecnicismos (y dejó en libertad a los demás bajo el argumento de que estaban “cumpliendo órdenes”), lo que se convirtió en dogma de la memoria pública fue la definición de los partisanos como actores fuera de los límites de la legitimidad (al mismo tiempo que el Estado italiano reconocía retroactivamente a estos mismos partisanos como miembros de su ejército, y los recompensaba con medallas de oro y plata) [9].

Este es un buen indicador de la memoria escindida de la Resistencia. Oficialmente, el Estado la reclama como propia; pero por otra parte, este reconocimiento a menudo está imbuido de la sensación de vacío de las ceremonias oficiales, que difícilmente penetran en el sentido común y en el espíritu de las instituciones. De paso, Herbert Kappler escapó de la prisión militar, muy probablemente con la complicidad de las autoridades italianas, en 1976.

Cuando el tribunal militar juzgó a Herbert Kappler, la guerra fría ya había comenzado. Esto tuvo relación con la actitud de la izquierda, en especial del Partido Comunista, respecto de las Fosas Ardeatinas y de Via Rasella. “Estábamos tan concentrados en presentar una imagen inofensiva y pacificada de nuestro partido”, dice Marisa Musu, miembro de la guerrilla partisana que actuó en Via Rasella, “que no supimos qué hacer con Via Rasella” [Marisa Musu (1925-2000), partisana y periodista. Entrevistada el 24 de julio de 1997]. Una vez más, los hechos no se ajustaban a la imagen de los partisanos como víctimas. Así, mientras que el Partido apoyaba a los partisanos cuando se los atacaba públicamente, nunca respondía de verdad a la contramemoria de la derecha. Fue la derecha la que siguió hablando de Via Rasella, mientras la izquierda mayormente prefirió evitar el tema. Por ejemplo, Carlo Salinari, que estuvo al mando del ataque, más tarde se convirtió en decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Roma, donde yo enseño. En una entrevista reciente, su colega más cercano, Achille Tartaro, recordó que en todos los años que llevan trabajando juntos, Salinari nunca discutió el episodio; aunque, como dice Tartaro, siempre fue inflexible en cuanto a su legitimidad como acto de guerra, es reacio a discutir el tema” (Achille Tartaro [1936], profesor de literatura. Entrevistado el 11 de junio de 1998). Lo mismo ocurre con otros miembros del comando, que nunca renegaron de su acción pero prefirieron no hablar de ella. Hay una especie de grieta en estos recuerdos, un espacio en blanco entre la denuncia y el silencio.

Poco después de la guerra, el episodio de Vía Rasella fue celebrado como una gran victoria sobre los alemanes. Gradualmente, sin embargo, fue primando la sensación de que sería mejor olvidarlo, dejando así el campo libre a la memoria conservadora. Por otro lado, los muertos de las Fosas Ardeatinas eran quienes mejor encajaban en el papel de víctimas de la violencia y la barbarie de los alemanes. La izquierda, entonces, tendió a asimilarlos a la imagen de los partisanos y los miembros de la Resistencia, cosa que muchos de ellos no eran. De esta manera parece intentar apropiarse de su identidad y su recuerdo, creando cierta tensión entre los sobrevivientes que no son de izquierda.

A mi parecer, sin embargo, la falla más grande de la memoria de izquierda fue su dificultad para tratar la cuestión de las víctimas civiles. La muerte de Pietro Zuccheretti fue prácticamente ignorada en las reconstrucciones antifascistas del hecho. Así, al ser redescubierta en la década de 1990, se convirtió en caballo de batalla de la extrema derecha, contribuyendo a fijar la imagen de los Partisanos comunistas como asesinos a sangre fría (varios artículos periodísticos dieron crédito a la versión según la cual los partisanos dejaron morir al niño a propósito).

Con el beneficio de la mirada retrospectiva, pareciera que la izquierda podría haber asimilado a Pietro Zuccheretti a las muchas víctimas de la guerra y de los ataques aéreos alemanes durante la ocupación; podría, y tal vez debería, haber reconocido y conmemorado su recuerdo junto con el de las otras víctimas. Para que esto fuera posible, sin embargo, la izquierda tendría que haber podido hacer lo que hizo recientemente, a la defensiva y con cierta renuencia: tendría que haber reconocido que la Resistencia fue una guerra, con todo el daño colateral y las víctimas inocentes que una guerra inevitablemente implica. Sin embargo, mientras necesitó considerar a la Resistencia como movimiento moral de todo el pueblo italiano –más que como la insurrección armada de una parte del pueblo, si bien la mejor parte no hubo modo de interpretar la muerte de Pietro Zuccheretti. Y de esta forma la izquierda contribuyó a su propia derrota en la lucha por la memoria.

Epílogos

Dos breves anécdotas pueden dar una noción del drama de la memoria durante más de medio siglo. Después de perder a su marido y a otros tres familiares, Ada Pignotti tuvo que conseguir trabajo y salir al mundo para poder mantenerse. Su marido no había estado involucrado en la Resistencia, y ella era completamente apolítica. Ada recuerda:

En ese entonces –después de que sucedió, en 1944– no se podía hablar de eso; sencillamente no se podía mencionar. He trabajado durante cuarenta años, e incluso en mi oficina, cuando me hacían preguntas o algo, no podía responderles. Porque te preguntaban [agresivamente]: decían, por ejemplo, “bueno, la culpa es del que puso la bomba”. Yo fingía no escucharlos, porque dijera lo que dijera ellos siempre respondían lo mismo: bueno, no se puede culpar a los alemanes, el único culpable es el que puso la bomba. Si se hubiera entregado”, decían, “no habrían matado a los otros”. Pero ¿quién dice que no? ¿Dónde está escrito? Nunca se dijo nada, nunca existieron los carteles: lo hicieron después, después de haber matado a los 335. Porque nosotros seguimos todo el asunto, día a día, y a través del diario me enteré de lo que había pasado. Igual que mi cuñada. No se podía hablar con la gente sobre el tema, porque decían, “¿Acaso defiendes a los que pusieron la bomba?”. Yo no defiendo a nadie, pero ésa es la verdad y no tiene sentido darle vueltas.

Éste es un recuerdo punzante de cómo la reconstrucción del mito antipartisano ha servido para exorcizar hasta el dolor de los sobrevivientes. Culpar a los partisanos que “no se entregaron” es una manera de cerrar el caso y negarse a escuchar: una cancelación de la memoria. Y la frustración de Ada Pignotti frente a quienes se niegan a aceptar su versión de primera mano es similar a la del historiador que intenta establecer el registro histórico en contra de una narrativa que no hace caso de los hechos.

La segunda historia pertenece al presente. Luigi Catemario es el último descendiente de una familia aristocrática propietaria del palacio, en Via Rasella, cerca del cual explotó la bomba. Se presenta a sí mismo como apolítico.

Han pasado más de cincuenta años desde el hecho, y no hemos logrado que la municipalidad pusiera una placa, o una lápida, o algo que conmemorara el evento. No hablo de tomar partido, sólo digo que es un hecho histórico: “Aquí tuvo lugar tal hecho histórico...”. Pero es imposible. En cambio, diferentes bandos intentaron colocar sus propias placas. Una vez fueron los fascistas, conmemorando a los soldados alemanes; al año siguiente, fueron los comunistas con su versión. ¿Por qué la municipalidad no puede simplemente poner una placa: “Aquí es donde ocurrió...”? [Luigi Catemario (1967). Entrevistado el 7 de octubre de 1998].

El problema, obviamente, es ¿qué es lo que ocurrió?, ¿qué hecho tuvo lugar en Via Rasella? En un momento en que todos hablan de superar las divisiones de la guerra, de ir más allá del paradigma antifascista, del fin de las ideologías, etc., la simple mención de Via Rasella y las Fosas Ardeatinas hace añicos toda la ilusoria sensación de bienestar. El relato fundacional de la Italia de posguerra, nacido del conflicto y la lucha, todavía es imposible de narrar. Y Via Rasella, una calle larga y angosta detrás del monte Quirinale, sigue dividiendo el centro de Roma como una herida sin cicatrizar.

Referencias

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[1Este texto es una versión revisada del trabajo preparado para el Seminario “Memoria Colectiva y Represión” organizado por el Social Science Research Council en el marco del programa de formación e investigación sobre Memoria Colectiva y represión: perspectivas comparadas sobre el proceso de democratización en el Cono Sur de América Latina. Montevideo, 16 y 17 de noviembre de 1998.Traducción del original en inglés de Laura Wittner. Publicado originalmente en Jelin, Elizabeth y Langland, Victoria (Compiladoras). Monumentos, memoriales y marcas territoriales. Cap. 8. Siglo Veintiuno: Memorias de la represión. España 2002. pp.165-190. La presente edición, en acuerdo con el autor, hace foco en el estudio de caso de las Fosas Ardeatinas.

[2El relato y análisis completo de la masacre de las Fosas Ardeatinas, sus antecedentes y consecuencias, se encuentra en Portelli, 1999.

[3Todas las entrevistas fueron registradas por Alessandro Portelli.

[4Y judíos. El hecho de que hubiera un desproporcionado número de judíos entre las víctimas era formalmente reconocido y sustancialmente ignorado, siendo la parte judía de las ceremonias una especie de paréntesis dentro del predominio católico. Por otra parte, se ignoraba por completo el hecho de que muchas de las víctimas fueron ateas.

[5Nota de la traductora: el término ruso “samizdat” hace referencia a una prensa o literatura subterránea, impresa y distribuida en forma artesanal y sin reconocimiento oficial.

[6Gianfranco Fini (1952), secretario político del partido Alleanza Nazionale, Viceprimer Ministro del gabinete de Silvio Berlusconi desde 2001 hasta la Entrevistado el 21 (le enero de 1997.

[7Las citas de Kappler y otros oficiales alemanes fueron extraídas del registro de sus respectivos juicios, en 1946 y 1948.

[8El número de víctimas alemanas originalmente se dio como 32, porque otro hombre murió más tarde en el hospital; por eso, en este comunicado de prensa, el número de rehenes ejecutados sigue siendo 320. El número exacto de víctimas en las Fosas Ardeatinas se estableció meses después, cuando fueron exhumados los cuerpos.

[9El texto completo de la opinión del tribunal se encuentra en el apéndice a Le Fosse Ardeatine, de Ascarelli (1992).



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