La obra “Astor, Piazzolla Eterno” fue presentada en el Teatro Colón de Buenos Aires durante el verano de 2026, con funciones entre el 24 de enero y el 8 de febrero. Dirigida por Emiliano Dionisi, es un viaje onírico por la vida y la obra de Piazzolla, que logra combinar una experiencia multisensorial integrando la música, los desafíos, la danza, las interpretaciones y los sueños de un irreverente y singular artista.
La narrativa recorre su niñez en Mar del Plata y el acontecimiento, a sus cuatro años, que lo llevó a Nueva York junto a su familia, que emigraba en busca de un mejor futuro económico.
Es ahí dónde Astor escucha el deleite de su padre por los tangos que se escuchaban permanentemente en su hogar. Y a sus ocho años recibe, justamente de su padre, un regalo que sería providencial: un bandoneón, comprado en un modesto almacén de usados. Ese gesto simple y con sabor a legado se convertirá para Astor en el inicio de una búsqueda incesante por recrear y bucear en aquellas melodías que su padre tanto amaba.
El psicoanalista Alejandro Ariel dijo alguna vez que el acto creador es un acto que se realiza en soledad. Propone así una diferencia entre la moral y la ética, diferencia que nos permitirá comprender mejor el acontecimiento Piazzolla. La moral se ubica del lado del “para todos”, es el actuar de un sujeto entre otros, es un despliegue en lo social, que dialoga con la época, con la moda, con la cultura y que reproduce los ecos de ese diálogo, ya sea para aprobarlo, ya sea para desafiarlo. También la estética, como la moral, se sostiene en un espacio y tiempo determinados.
La ética, en cambio, despliega otro tiempo, es el tiempo del Sujeto en el punto de una invención que se desanuda momentáneamente del Otro e inaugura algo asombroso, que conmueve al propio autor. Y como la ética, también el acto creador desorganiza lo previo. La cultura suele vivir estos acontecimientos ético-creadores como amenazantes, por ajenos y desconocidos. Es un trance de incomprensión en el que la época se defiende de esa novedad y el autor no puede hacer otra cosa que sostener su acto, aun cuando para él mismo resulte insondable, inexplicable, innominable.
El derrotero artístico de Piazzolla lleva esas marcas. Desde el nombre, Astor, que tiene sus orígenes en la etimología inglesa antigua y significa “halcón”, representando la visión aguda, la concentración, la libertad y la fuerza.
En un pasaje de la obra, Piazzolla dice “mi nombre no existe”, irradiando así un halo de misterio y soledad. Un nombre que él nunca escuchó en otros y que parece solamente suyo. Un nombre que Astor debe inventarse, para en esa invención, al inscribir su música en el orden simbólico, hacerse un nombre. Se atreve así a huerfanarse de lo heredado, abriéndose a lo inédito. Al hacerlo, no sólo asume un nombre, sino que lo produce, en un verdadero acto de invención. Adviene así un Sujeto que funda su espacio en medio del silencio, que transforma ese nombre en un significante, un nombre propio, una marca eterna, una huella que trasciende el tiempo.
¿Qué es un padre, qué es un artista? Astor Piazzola tuvo dos hijos, Diana, la mayor que se consagró a la poesía y a la militancia política, y Daniel, que heredó de su padre el gusto por la música.
En un episodio íntimo y casi ritual, Piazzola convoca a su hijo Daniel alrededor de una fogata y esa noche decide quemar todas sus partituras: composiciones magistrales, arreglos originales de cuartetos, quintetos, octetos, fueron devorados por el fuego. Era un gesto de ruptura, una renuncia simbólica al pasado. Le dijo a su hijo “no hay que mirar hacia atrás, hay que crear desde lo nuevo”.
Invita a Daniel a integrar su Octeto, dándole la oportunidad de tocar en la famosa gira italiana, de la que se conservan registros filmados. Lo hace por generosidad de padre, aun sabiendo que su hijo no ha heredado su genio por la música. Sabe que su hijo lo sabe, y eso resulta para él un pacto suficiente. Pero años más tarde, cuando Piazzolla realiza un vuelco revolucionario en su música, Daniel le dice al padre durante un almuerzo “estás retrocediendo varios pasos en tu carrera”. Y en este punto, la filiación ya no lo ampara. Astor se retira sin mediar palabra, y deja de hablarle a su hijo durante diez años. Es el acto de un artista, que en ese punto no está dispuesto a retroceder en su deseo creador. El acontecimiento ético no sabe de concesiones. No se negocia ni se ajusta a las buenas formas familiares. La sanción que Piazzolla impone a su hijo es, en acto, el retorno de la escena de la fogata en la que se quemaron las partituras: no hay que mirar hacia atrás.
Ambas anécdotas no aparecen en el espectáculo del Colón, sino que las relata el propio Daniel en el documental “Los años del tiburón”. Filmado a quince años de la muerte de Piazzolla, reúne grabaciones originales de reportajes familiares, filmaciones de conciertos y la palabra de sus hijos, Diana y Daniel. Allí, curiosamente, Daniel relata dos veces la escena que dio origen al alejamiento de su padre. Lo hace con amargura, pero también con la secreta lucidez de la lección recibida. Lección que le permite, años más tarde y antes de su propia despedida, saldar esa página de su historia.