El espejo que no admite dos
La novela Hamnet (O’Farrell, 2021) reedita un tema cuya complejidad se encuentra enraizada en diferentes sustratos mitológicos: el de los hermanos mellizos. En este caso, de un lado tenemos a Hamnet y a Judith, y su relación fraternal atemperada por la ternura y la complicidad. Del otro, a Etéocles y Polinices, y su hermandad signada por la agresión y la rivalidad. Las distintas modalidades de respuesta entre estos pares de hermanos nos permiten señalar diferencias en torno a cómo hacer lazo con el otro, con el semejante, con aquel con quien se juega una tensión que Lacan llamó libido eroto-agresiva. Es decir, una posición ambivalente ante el objeto que conjuga la agresividad con la fascinación (Carbajal et al., 1985).
Recordemos el derrotero de los hermanos tebanos. Estos habían sido nombrados co-reyes de Tebas tras el destierro de Edipo, su padre. Su idea inicial era alternar el trono usando su parecido físico para engañar a dioses y mortales y sostener, de esta forma, su artimaña. La reversibilidad y la intercambiabilidad –propias del registro imaginario– podrían haber sustentado su ardid. Pero pasado el plazo en el cual Etéocles estuvo encargado de gobernar, “no quiso ceder el trono al final del año, alegando la mala disposición demostrada por Polinices, y lo desterró de la ciudad” (Graves, 2021, p. 21).
El intento de Etéocles por cimentarse en el poder condujo a que sobre Tebas se desatara una guerra que terminó en el enfrentamiento de estos dos hermanos, quienes “en el transcurso de una enconada lucha cada uno de ellos hirió mortalmente al otro” (Graves, 2021, p. 25). ¿Qué hay detrás del espejo? No se sabe con certeza, pero puede haber aniquilación. Es decir, cuando ciertos asuntos se dirimen por la vía de lo especular, el desenlace puede ser siniestro, incluso fatal.
¿Pero puede el espejo presentar otra cara que esté más allá de la pulverización del semejante? ¿Puede el registro imaginario tender un puente que habilite la operación de ponerse en el lugar del otro? La historia de Judith y Hamnet arroja una nueva luz sobre estos interrogantes.
“Tiene la cara como un corazón, igual que él, la misma frente prominente, el mismo copete de pelo trigueño. Los ojos que lo han mirado son del mismo color (...) y de la misma forma que los suyos” (O’Farrell, 2021, p. 25). Así es como Hamnet ve a su hermana mientras esta yace en cama afiebrada y con el cuerpo lleno de bultos: “uno en el cuello, otro en el hombro” (O’Farrell, 2021, p. 26). En este estado “la niña dice algo, los labios se separan, la lengua se mueve dentro de la boca” (O’Farrell, 2021, p. 25). Y lo que sale de allí es una preocupación por algo que nota en el rostro de Hamnet.
De esta manera, la novela pone de relieve el núcleo afectivo que impregna a esta relación.
Es claro, Judith está enferma y el pronóstico no es nada alentador. Pero pasará algo inesperado: Hamnet intercambiará lugares con ella en la hora final.
“Está seguro de que son iguales, nadie sabría decir quién es cada cual. Es fácil que la muerte se confunda, que se lo lleve a él en vez de a ella (...) Tú te quedas, le susurra, y yo me voy. Le manda estas palabras: Quiero que te quedes con mi vida. Es para ti. Te la doy” (O’Farrell, 2021, pp. 191-192).
Por fuera de la potencia emotiva de este breve pasaje, lo que nos interesa remarcar es que aquí el intercambio está motivado por un gesto de amor: el espejo se rompe, uno de ellos se irá hacia lo irrepresentable.
Ahora bien, a partir de la presentación de estos escenarios fraternales, surgen algunos interrogantes sobre nuestra época. ¿A qué modalidad de respuesta se aproxima? ¿Qué tratamiento damos a la diferencia que porta el otro? ¿Es posible que el estado actual de cosas haya hecho que nos olvidemos de la distancia lógica equivalente que nos concierne a cada uno de nosotros cuando de la indefensión ante la muerte se trata?
La actualidad parece estar empeñada en volverse, día tras día, una reedición de la contienda de los hermanos hijos de Edipo. La crispación y la violencia son tales que las encerronas, trágicas o no, son moneda corriente. Los hinchas de un líder político contra los del otro; el feminismo contra el antifeminismo. Los ejemplos abundan y también inciden en la forma en que leemos el pasado. Es decir, ciertos sectores operan sistemáticamente para reinstalar la teoría de los dos demonios para explicar lo ocurrido en Argentina entre los años 1976 y 1983.
La lógica reinante es clara. La identidad se produce a partir del reconocimiento de aquel que pertenece a mí mismo bando. Solo vía la pertenencia al conjunto de la Mismidad es que se puede atemperar el lazo con el otro. Pero esta lógica identitaria es lábil ya que no deja espacio para la diferencia y se constituye por mera oposición. De todas formas, no se trata aquí de juzgar como buena o mala esta manera de encontrar un lugar en el mundo. Simplemente diremos que responde a la lógica de los opuestos complementarios. Pero queda una pregunta: si el opuesto se retira del paño, ¿de dónde cuelga esa identidad que se afirmaba en la pura oposición?
A este respecto, es interesante lo que Gil Caroz (2024) retoma de una entrevista realizada al piloto de Fórmula 1, Alain Prost. Es conocida la rivalidad que existió entre Prost y Ayrton Senna. Prost cuenta que, en un momento dado, decidió dejar de competir contra Senna ya que este “lo invitaba incesantemente a un duelo peligroso” (Caroz, 2024, p. 31). El psicoanalista radicado en Bélgica, por su parte, arriesga una hipótesis. Al quedarse Senna sin ese rival imaginario ante el cual se medía y se orientaba, ya no encuentra un punto de anclaje ni de detención. Situación que “lo condujo a la muerte” (Caroz, 2024, p. 31).
La cara cruel del espejo entra en serie con el podio: en lo especular, como en el primer puesto, hay lugar para uno solo. ¿Qué hay detrás del espejo? No se sabe con certeza, pero la imposibilidad de compartir lugar asoma su costado devastador.
Por lo tanto, podemos pensar tres destinos para esta forma de hacer con el semejante. El primero: una reyerta sin fin, sin capacidad de apelar a otra legalidad o a un lugar tercero que disuelva la agresividad creciente cuando hay bandos enfrentados. El segundo: el corrimiento de uno de los polos en cuestión, provocando así que se desmorone la consistencia yoica de aquel que aún sigue arriba del ring. El tercero: la mutua aniquilación.
Más allá de la rivalidad
Nuestra lengua reserva ciertas expresiones para dar cuenta de la posibilidad de ponerse en el lugar del otro: ponerse en sus zapatos, ponerse en su lugar. Esta operación de alternancia es propia del registro especular.
El caso que nos presenta Hamnet es llevado hasta las últimas consecuencias. Es un gesto de amor que roza lo sacrificial: el niño que ofrece su vida para salvar la de su hermana. Desde ya, no es el propósito de este trabajo proponer que los conflictos imaginarios se resuelvan pagando con la propia vida. Lo que nos convoca es interrogar por qué el clima epocal se acerca más al trato que se dispensaron Etéocles y Polinices que al que Judith y Hamnet señalan como posibilidad.
¿Podría el semejante ser un otro que amplifique la potencia de existir? ¿Podría no ser un rival y ser un otro con quien enlazarse para revitalizar y reencantar el tránsito por la finitud de cada quién? ¿Podría ser el otro un espejo en el que prevalezca una cierta amorosidad que pacifique el malestar y el padecimiento propio de la cultura?
Hamnet y Judith ofrecen una versión en la cual los espejos no amenazan, sino que, más bien, invitan al juego, a la complicidad y al enriquecimiento del encuentro. Para eso se torna necesario que haya lugar para que ingrese la otredad que porta el otro.
El avance de lo que podríamos llamar la tiranía del algoritmo complica esta maniobra ya que distribuye la experiencia bajo un binarismo difícil de eludir: o bien ofrece aquello que confirma y alimenta el narcisismo, o bien aquello que provoca indignación. En este último caso se trata de una indignación que, como señala Byung-Chul Han (2013), es efímera y “carece de firmeza” (p. 21). En estas latitudes diríamos que es pura espuma.
Preguntamos, entonces, una vez más. ¿Qué hay detrás del espejo? No se sabe con certeza, pero vía la ternura, el amor y el amparo, se vuelven una posibilidad.
Referencias
Carbajal, D., et al. (1985). Una introducción a Lacan. Buenos Aires: Lugar editorial.
Caroz, G. (2024). El obsesivo y su despertar. Buenos Aires: Grama.
Deleuze, G. (2007). Pintura. El concepto de diagrama. Buenos Aires: Cactus.
Graves, R. (2021). Los mitos griegos. Madrid: Alianza.
Han, B.-C. (2013). En el enjambre. Barcelona: Herder.
O’Farrell, M. (2021). Hamnet. Buenos Aires: Libros del Asteroide.