Este número de Aesthethika aparece al cumplirse los 50 años del Golpe de Estado de 1976 en Argentina y en vísperas de los 80 de los juicios de Núremberg, punto de inflexión en la relación entre el avance científico y el respeto por la condición humana.
En el campo profesional, los grandes cuestionamientos éticos se han producido acompañando las convulsiones políticas y científicas de la historia de la humanidad. El surgimiento de hechos inéditos somete al clínico o al investigador a una puesta a prueba de sus instrumentos y al sentido social y subjetivo que estos conllevan.
Y justamente la Universidad de Buenos Aires ha sido pionera en esta articulación entre la ética y los derechos humanos. Si hoy la Psicología investiga respetando los mayores estándares y con niveles de excelencia que la singularizan como disciplina, es porque se apoya en tales principios. Principios que se sostienen a su vez en la sanción y condena a los crímenes de lesa humanidad.
Este número coincide, además, con otros aniversarios. Treinta años atrás, en enero de 1996, se estrenaba internacionalmente la película 12 monos, de Terry Guilliam, que desde los créditos iniciales hasta su escena culminante tiene como música de fondo la suite Punta del Este, de Astor Piazzolla. Un hallazgo que además de encantar a espectadores rioplatenses, ambienta de una manera especialmente sugerente la elipsis del tiempo en que transcurre la historia. El film era, además, la adaptación de un clásico de los años 60 del siglo pasado, la asombrosa La Jetée, de Cris Marker.
Algunas lecturas han reducido La Jetée a la historia de un presidiario del pasado sometido a un tortuoso viaje en el tiempo con fines experimentales. Nuestra perspectiva es completamente otra. El eje central del film es la fijación a un objeto de amor infantil y el lapso que se produce entre alcanzar el objeto de deseo y rozar el horizonte de la muerte. Al mismo tiempo, La Jetée es una genial invención formal con el cine: hacer una película de ciencia ficción con fotos fijas, que plasman las escenas congeladas en la memoria del protagonista.
Ambas virtudes le otorgan tanto a la película original como a su remake 12 monos un valor ético-filosófico y clínico-analítico que este número de Aesthethika se propone recuperar. Para ello abre con una investigación inédita de Eduardo Laso, que articula la lectura de La Jetée con la topología lacaniana, cuyas figuras ilustran, en segundo plano, el banner de este número. La reseña de Dora Serué sobre el espectáculo “Astor: Piazzolla eterno”, que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires, está en sintonía con este anudamiento entre cine y música.
Y a su vez, la referencia cinematográfica contiene una evocación clínica. Se trata de la Dra. Kathryn Railly, la terapeuta que atiende al personaje de Bruce Willis en 12 Monos y que hace gala de una escucha privilegiada cuando decide acompañar a su paciente en un periplo fantástico a través del tiempo. Tema este, el de la clínica a través del cine, que nos lleva al original artículo de Aldana Arguello Valenzuela sobre la coordinación de intimidad, una nueva disciplina que anuda la ética y la realización cinematográfica y teatral.
Completan el número el artículo de Santiago Dechecco sobre Hamnet y el de Juan Pablo Duarte sobre Mad Men. Una vez más cine y series, las dos artes de masas del siglo XX y lo que va del XXI, en el centro del pensamiento analítico.
Y finalmente otras dos reseñas, que se suman a la ya mencionada de Dora Serué. La primera, la de la muestra “PORNOPARTO”, de María Pichot, a cargo de Tamara García Karo; la segunda, la de la novela “Vueltas negras, pájaros de piedra”, de Cecilia Illia, realizada por Esteban Costa. Sobre esta última, digamos que da cuenta de un aspecto singular del acto creador, el que emana de la literatura sobre la violencia de Estado producida por mujeres que han sido militantes políticas durante los años de la dictadura. [1]
Cerrando el número, una nota de imperiosa actualidad en sintonía con el aniversario del golpe de Estado y del banner de este número de AE que reproduce un detalle de la fototransformación realizada por la artista norteamericana Estelle Disch del Skyvan, el avión de los vuelos de la muerte, recuperado de un hangar en Estados Unidos y trasladado al predio de la exEsma, donde actualmente está exhibido:
Hallazgo estético que nos lleva revisitar, desde el arte, otros sitios del horror. Ante todo, el del film chileno-argentino Hangar rojo, estrenado en el Festival de Friburgo, en Suiza, y ahora en el Bafici, que relata la conmovedora historia de Jorge Silva, el aviador desobediente de la dictadura de Pinochet.
Y de allí, sin escalas, a Hermann Goering, el comandante de las Luftwaffe durante el nazismo y su tortuosa relación con el psiquiatra Douglas Kelley, plasmado en el film Núremberg. Sobre esta historia, relatada de primera mano por Kelley en su controvertida obra “Doce celdas en Núremberg”, escriben Martín de Souza y Celina Rugilo.
En suma, la creación artística es un modo de enfrentar el horror y elaborar lo real traumático mediante el recurso a lo bello. La obra de arte se construye en torno de un vacío. Rodear esa ausencia es, por la vía de la sublimación, un intento de representar lo irrepresentable. Como lo sugiere el sintagma SonSinCuenta, que expresa la imposibilidad de tramitar una cifra que permanece incierta, que insiste en su incerteza. Literatura, cine, música, fotografía y artes escénicas acuden a la cita para hacer algo con lo cruel y ominoso del horror que no cesa.