ISSN 1553-5053Sitio actualizado en   septiembre de 2026 Visitas:

Volumen 14
Número Especial

Septiembre 2018 - Marzo 2019
Publicación: Octubre 2018
Black Mirror:
A través del espejo negro


Resumen

El cuarto episodio de la tercera temporada ha sido calificado como uno de los más despiadados en la historia de la serie Black Mirror. Resulta llamativo, sin embargo, que la tecnología no juega un papel predominante en el thriller nórdico que propone el relato: es apenas la excusa para traer al centro de la escena a la responsabilidad subjetiva. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para mantener intacto lo que creemos que somos, nuestras condiciones de vida, nuestros proyectos a futuro, nuestra seguridad yoica? Si bien esta pregunta puede sonar fútil y superficial, el episodio se desenvuelve más allá: en el pasado, para dar cuentas de una decisión de la juventud, pero por sobre todo en el presente, en cada uno de los pasos del derrotero de la protagonista en su caída a los infiernos.

Palabras clave: Memoria | Responsabilidad | Desaparecido | Justicia

Abstract English version

Crocodile | Cocodrilo: La tecnología como excusa en la pregunta por la responsabilidad subjetiva

Irene Cambra Badii, Universidad Central de Catalunya

Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires; CONICET

En el cuarto episodio de la tercera temporada de Black Mirror, el escenario parece ubicarse en un país nórdico contemporáneo. La primera escena se ubica unos quince años atrás, y nos coloca de lleno con la problemática del episodio.

Una joven pareja vuelve de una fiesta por la mañana, habiendo tomado unas copas de más. El hombre va conduciendo por la ruta cuando se cruza con un ciclista, a quien atropella en una mala maniobra. La mujer, desesperada, sugiere dar aviso a la policía. El novio le señala que este evento podría transformarles la vida por completo, y que no pueden actuar apresuradamente. Propone entonces deshacerse del cuerpo arrojándolo al mar, a metros de la carretera, y continuar el viaje sin haber sido vistos por nadie. En la desesperación, la mujer da su consentimiento para dicho plan, arrojan el cuerpo y la bicicleta al mar, y ambos siguen su camino. Luego nos enteramos que la pareja no ha continuado junta, que quince años más tarde ella está casada y tiene una hija pequeña. Y comienzan los interrogantes: ¿cómo ha sido la vida para ambos protagonistas, luego de aquel accidente?

La entrada en escena: la tecnología como excusa

Probablemente lo más interesante de este episodio de Black Mirror sea que la tecnología resulta una excusa para que se desenvuelva el thriller. En otros episodios, los adelantos científico-tecnológicos ocupan un lugar central, tanto en el desarrollo de la trama como en los interrogantes ético-clínicos que pueden desplegarse allí.

En Cocodrilo ubicamos dos cuestiones tecnológicas que impactan en el desarrollo de la historia. Por un lado, el desencadenante de la situación conflictiva en el tiempo actual de la narrativa, un vehículo autónomo que hace pizzas en la calle. Por un error del sistema, el vehículo comienza a andar y atropella a un peatón. La ironía que se desprende allí es evidente: paradojalmente, un vehículo supuestamente perfecto, para el cual se prescinde de lo humano (y de los errores que podrían desprenderse de su participación, ya sea en la conducción del vehículo o en la fabricación “a tempo” de las pizzas), termina ocasionando un accidente que nos permite ver el resto que queda en el orden maquinal. ¿Cómo realizar la investigación policial allí? La búsqueda de testigos oculares del hecho para arrojar pistas acerca de cómo ocurre el accidente es una de las vueltas sobre lo humano que Black Mirror vuelve a poner en el centro de la escena.

Allí entra el segundo adelanto tecnológico, aunque también con cierta ironía. La investigación policial del accidente queda a cargo de la compañía aseguradora, que utiliza un dispositivo de recuerdos. Se trata de una vieja cámara filmadora que en realidad reproduce los recuerdos en la pantalla: sólo es necesario comenzar a pensar en el momento sucedido para que la persona conectada despliegue esas imágenes, y esas imágenes puedan ser vistas por la detective (y por nosotros mismos, como espectadores). Las imágenes se obtienen sin sonido, en blanco y negro, en un dispositivo pequeño que parece obsoleto… introduciendo una nueva ironía en el escenario del episodio.

La exploración de recuerdos

Un primer punto de interés se ubica entonces en las investigaciones llevadas a cabo por el Estado y las compañías aseguradoras, que intentan esclarecer crímenes mediante el acceso a las memorias de los testigos a través del dispositivo de recuerdos.

La interrogación sobre la memoria, sus usos y almacenamientos, y en definitiva, por la concepción acerca de la mente humana que está en juego, vuelve una y otra vez en la trama de algunos episodios de Black Mirror.

En un capítulo anterior de Black Mirror (The entire history of you) se presenta un dispositivo análogo, un chip que mantiene un registro exhaustivo de todo lo que el ojo ha visto. Este dispositivo de almacenamiento permite luego a la persona rebobinar y reproducir esas imágenes, o eventualmente borrarlas. En el caso de Cocodrilo, no son imágenes tomadas por un dispositivo óptico, sino memorias; no se trata solamente del registro objetivo de lo sucedido ante el ojo-cámara, sino de la caprichosa recreación de los recuerdos. De allí que veamos luego que, cuanto más se proponga el sujeto reprimir algo, más intensamente se lo convoque a la conciencia.

Por otra parte, la capacidad de recordar y reproducir los hechos tal como fueron acontecidos nos ubica epistemológicamente en una concepción acerca de la existencia de una supuesta realidad, unificada para todos, y de la posibilidad de almacenar los recuerdos como si la mente humana fuera una cámara filmadora y la memoria fuera una reproducción fiel de lo efectivamente acontecido.

Una pequeña digresión aquí, que adelanta el giro del final del episodio, en el cual se utiliza el dispositivo de recuerdos… para un hámster. El animal doméstico nos ofrece aquí una incoherencia respecto del guión: si el dispositivo recupera recuerdos (y no solamente los registros ópticos del ojo-cámara, como en otro episodio de Black Mirror), el hámster no podría participar allí ya que no puede tener recuerdo alguno… en ningún paradigma o modelo de la mente.

Demos ahora un paso más. Detengámonos por un momento en la cuestión del dispositivo tecnológico que explora recuerdos de los testigos de los crímenes. ¿Es legítimo explorar los recuerdos de quienes han sido testigos de delitos, a fines de hacer justicia y resarcir a las víctimas? ¿Puede esta indagación de los recuerdos ser un requisito legal, a condición de que se preserve la intimidad de las personas y que se garantice confidencialidad sobre los recuerdos no vinculados con el hecho investigado? El episodio de Black Mirror nos confronta con este escenario, imponiendo una condición para la privacidad: que los recuerdos emergentes no testimonien actos de daño para sí mismo o para terceros. No por azar se trata del límite que imponen los terapeutas al secreto sobre los relatos íntimos de sus pacientes en tratamiento. Pero tratándose no de una terapia, sino de un proceso jurídico: ¿puede un sujeto “recordar” en contra de sí mismo?

La investigación del episodio, que incluye a todos los testigos del “crimen” del vehículo automático de pizza, nos lleva nuevamente al caso de la mujer de la primera escena, testigo de este nuevo accidente. Cuando es convocada por la detective para explorar los recuerdos del accidente, sabemos como espectadores –y ella lo sabe también– que el accidente que recordará será el de su juventud, y lo que vino después.

La pregunta por la responsabilidad subjetiva

Además de preguntarnos por la privacidad de los recuerdos, la posibilidad de corroborar una única situación mediante distintas experiencias e incluso la responsabilidad de las máquinas supuestamente automáticas, no caben dudas de que los interrogantes desplegados en este episodio van más allá.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para mantener intacto lo que creemos que somos, nuestras condiciones de vida, nuestros proyectos a futuro, nuestra seguridad yoica? ¿Cuán intacto permanece todo aquello, una vez que se tomaron esas decisiones? ¿Cuál es el límite en una caída a los infiernos? La protagonista de este episodio no piensa posibles respuestas a estas preguntas, más bien las lleva adelante en un pasaje al acto tras otro, llevándose todo a su paso. Como un cocodrilo con excelente memoria, inteligencia y voracidad, será siempre capaz de dar un paso más sin saber que en el mismo gesto se transforma a sí misma y a todo cuanto la rodea.

Una pregunta más interesante (y ciertamente menos moral) se despliega más allá: ¿por qué carriles circula la responsabilidad en el derrotero de la protagonista desde su juventud hasta las lágrimas de cocodrilo en la fiesta escolar?

Esas lágrimas nos recuerdan efectivamente a Otelo, cuando en el cuarto acto de la obra shakesperiana intenta convencerse de que su mujer lo engaña: “If that the earth could teem with woman’s tears / Each drop she falls would prove a crocodile” (Si la tierra pudiera llorar con las lágrimas de esta mujer / Cada gota que derrama daría la prueba de un cocodrilo).

La primera muerte sucedida por una imprudencia transforma la vida de la joven y su novio, quien regresa quince años más tarde carcomido por la culpa de haber atropellado a aquel ciclista y haber arrojado su cuerpo al mar. Aquella idea de ocultar las pruebas había sido propuesta por el novio, pero ahora es ella quien no está dispuesta a ceder en esa decisión. Las cuatro muertes subsiguientes se producen en un intento desmedido de salvar lo que se tiene, de no resquebrajar el status quo, de no volver atrás con decisiones ya tomadas. Para estos actos de bajeza no se requiere la intervención tecnológica: los golpes dados son siempre a pura fuerza física.

El episodio nos reserva dos perlas: por un lado, el giro del final, que nos atesta el golpe definitivo como espectadores –si es que en algún momento pudimos identificarnos con la protagonista–. Pero también una de las historias secundarias, que claramente está al servicio de la narrativa principal. La culpa del dentista voyeur, quien se ve descubierto mediante el dispositivo de recuerdos cuando resulta testigo del accidente, puede articularse con la ausencia de culpa en la protagonista. En efecto, no se trata de la vergüenza de admitir que puso un film porno en la habitación del hotel, como quiso hacerle creer a la detective, sino de admitir que lo hizo para poder matar a sangre fría a su antiguo compañero y deshacerse de él, sin que sospechen por los ruidos.

La cuestión del desaparecido

Así como en The Truman Show (Michel Fariña, 2000), el episodio introduce la cuestión del desaparecido. Lo hace de manera conmovedora e inquietante. Pasados quince años del accidente en la ruta, nadie reportó un accidente ni se encuentran motivos para que su ausencia. Su mujer no se ha mudado y permanece en el hogar familiar, esperando su regreso. A partir de una noticia en un periódico local, donde se relata esta historia, comienza el tormento para el joven que atropella al ciclista en la ruta y desaparece su cuerpo en el mar. Confiesa que nunca ha dejado de pensar en él y en la familia que lo estaría esperando, y comienza a pensar maneras de contarle a la mujer del ciclista acerca de lo sucedido, escribiéndole una carta de manera anónima para poder acercarle la información sin perder su libertad.

Esta intención de ponerle fin a la angustia de la mujer, y a ese duelo suspendido durante quince años, no es otra cosa que volver sobre sí mismo en la intención inconsciente de poner fin al estrago cometido.

¿No nos recuerda acaso este movimiento al perpetrado por Adolfo Scilingo? El marino argentino que se confesó en el año 1995 ante el periodista Horacio Verbitsky no tenía la intención de ofrecer pruebas en un proceso de Justicia (ofreciéndose él mismo como victimario) sino más bien lanzar una confesión respecto de sus pesadillas y tormentos por su participación en los vuelos de la muerte de la última dictadura militar argentina (Cfr. Gutiérrez et al, 2013).

Entendemos así una nueva vuelta sobre el episodio de Black Mirror, y las dos reacciones de los protagonistas: los remordimientos en el joven, y la sucesión de canalladas en ella. Es verdaderamente interesante ubicar el momento cuando el joven le comunica su decisión (recordemos que en su momento fue su cómplice en la desaparición del cuerpo). Esta mujer responde en clave canalla y comienza allí un nuevo descenso a los infiernos. A la manera de los militares argentinos, no duda en cometer nuevos crímenes para ocultar el anterior.




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