1. Elección y delimitación del caso
Este artículo se centra en el atentado terrorista perpetrado el 7 de octubre de 2023 en Israel, específicamente en los hechos ocurridos durante el festival de música Nova, en el que miles de personas participaban de un evento recreativo al aire libre cuando fueron atacadas por integrantes del grupo armado extremista Hamas.
El ataque se inició durante las primeras horas de la mañana, mientras se desarrollaba el festival –muy cerca del límite fronterizo con Gaza–. La irrupción de hombres armados en el predio dio lugar a una masacre que dejó como saldo 364 asistentes asesinados, numerosos heridos y decenas de personas secuestradas y trasladadas a la Franja de Gaza. En el conjunto de los acontecimientos ocurridos ese día, más de 1.200 personas fueron asesinadas –la gran mayoría civiles– y 254 ciudadanos israelíes y extranjeros fueron tomados como rehenes; entre ellos mujeres, hombres, niños, bebés y ancianos. La magnitud de los hechos y la extrema violencia ejercida contra la población civil convirtieron al ataque en uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente de Israel.
Dentro de la complejidad de los acontecimientos ocurridos ese día, este artículo toma como eje de análisis la utilización de la violencia sexual como arma de guerra en un contexto de terror colectivo y violencia extrema. Se trata de un fenómeno que excede la dimensión de la agresión individual y que permite interrogar los efectos subjetivos, vinculares y sociales de determinadas formas de violencia extrema.
El caso puede ser abordado a partir de testimonios de sobrevivientes, equipos de rescate, personal forense, registros periodísticos, reconstrucciones posteriores e informes documentales, entre ellos A Quest for Justice: October 7 and Beyond (Dinah Project, 2025), centrado en la documentación y análisis de la violencia sexual perpetrada durante el ataque. Diversos informes e investigaciones posteriores han señalado la existencia de estos actos como parte de una estrategia orientada a producir humillación, sometimiento y terror más allá de las víctimas directas. En este marco, se abordan no únicamente como una agresión física individual, sino también como una práctica con efectos sociales y simbólicos que impactan sobre el conjunto de la comunidad.
La elección de este caso responde a su carácter paradigmático de situación disruptiva producida por la acción humana, en tanto supone la irrupción abrupta de las atrocidades cometidas sobre población civil en un contexto de encuentro, celebración y vida cotidiana. La magnitud de la violencia desplegada durante el ataque permite observar con claridad los efectos de ruptura que determinados acontecimientos generan sobre las personas, los grupos y las comunidades.
2. Análisis teórico-práctico
El presente apartado propone analizar la utilización de la violencia sexual como arma de guerra durante el atentado perpetrado el 7 de octubre de 2023 en Israel, particularmente en los hechos ocurridos en el festival Nova. Para ello, se retomarán diversos conceptos abordados en el marco teórico seleccionado, en torno a las situaciones disruptivas, los procesos traumáticos y los efectos subjetivos y colectivos de la violencia extrema.
Entre los desarrollos teóricos trabajados, se tomarán principalmente los aportes de Moty Benyakar en torno a los conceptos de situación disruptiva, vivencia traumática y cadena del mal, en tanto constituyen herramientas conceptuales especialmente relevantes para comprender el impacto que determinados acontecimientos producen sobre los sujetos, los vínculos y las comunidades. A la luz de estos aportes, el atentado puede pensarse como una situación disruptiva producida por la acción humana, caracterizada por la irrupción abrupta de una violencia que excede las capacidades habituales de respuesta y elaboración.
Bajo esta lógica, se analizará de qué modo este tipo de violencia ejercida durante el ataque puede ser comprendida como un dispositivo de terror que trasciende la agresión individual, inscribiéndose en una lógica de sometimiento, deshumanización y destrucción del lazo social. Asimismo, se retomará la distinción entre hecho fáctico y vivencia traumática, para indagar los diferentes modos en que un mismo acontecimiento puede impactar subjetivamente; así como el concepto de cadena del mal para pensar la expansión de sus efectos más allá del momento inmediato del ataque.
2.1. El 7 de octubre como situación disruptiva
Desde la perspectiva del Dr. Benyakar, lo disruptivo refiere al impacto que determinadas situaciones o fenómenos fácticos producen sobre el psiquismo, generando procesos de desestabilización, desregulación y/o desarticulación de su funcionamiento. Se trata de acontecimientos con la capacidad potencial de alterar la capacidad integradora y elaboradora del sujeto, produciendo transformaciones que podrán derivar en procesos patológicos o, eventualmente, ser elaboradas y metabolizadas psíquicamente.
Por lo tanto, el atentado perpetrado el 7 de octubre de 2023 puede pensarse como una situación disruptiva producida por la acción humana. La irrupción de hombres armados en el marco de un festival de música constituye un ejemplo paradigmático de lo que el autor denomina una catástrofe producida por la “mano del hombre”, caracterizada por la aparición abrupta de una amenaza extrema en un contexto previamente asociado al encuentro, la celebración y la vida cotidiana.
Uno de los aspectos centrales de lo disruptivo es la alteración del equilibrio previamente alcanzado entre el sujeto y su entorno. El festival Nova representaba un espacio de encuentro, recreación y expresión artística. La irrupción inesperada del ataque produjo una ruptura radical de las coordenadas de previsibilidad y seguridad que organizaban la experiencia de quienes se encontraban allí. Aquello que, hasta ese momento, constituía un espacio de disfrute y socialización, se transformó, de manera abrupta, en un escenario de persecución, muerte y terror.
Retomando los desarrollos de Benyakar (2000) sobre lo traumático y lo ominoso, cabe destacar que ningún acontecimiento resulta traumático por sí mismo. Lo que el autor denomina “orden de lo traumático” surge del interjuego entre las características del evento disruptivo, los recursos yoicos disponibles, los factores de sostén ambiental y las particularidades subjetivas de cada individuo. Ninguno de estos elementos, considerado de forma aislada, determina por sí mismo el carácter traumático de una experiencia; será la modalidad específica en que interactúan la que dará lugar a lo que el autor denomina vivencia y vivenciar traumático.
En este punto, resulta relevante recuperar otra afirmación del Dr. Benyakar (2000): “El Orden de lo Traumático nos remite inexorablemente a la forma en que la amenaza opera en el psiquismo”. Esta idea permite pensar los acontecimientos del 7 de octubre más allá de los hechos ocurridos. Durante el ataque los asistentes al festival se vieron expuestos a una amenaza extrema, imprevisible y sostenida en el tiempo, frente a la cual las posibilidades de anticipación, protección o huida se encontraron severamente limitadas. La irrupción de esta amenaza alteró de manera radical las referencias de seguridad previamente existentes, generando condiciones propicias para la desorganización psíquica y la emergencia de experiencias traumáticas.
La esencia de lo traumático radica en la irrupción de aquello que se presenta como heterogéneo, extraño y no propio, sin que el psiquismo disponga inicialmente de recursos suficientes para metabolizar e integrarlo. A la luz de estos aportes, los acontecimientos del 7 de octubre pueden comprenderse como un evento con un enorme potencial disruptivo, capaz de afectar profundamente las referencias simbólicas, los vínculos y la confianza básica en el otro humano, produciendo condiciones propicias para la emergencia de procesos traumáticos.
2.2. Hecho fáctico, vivencia y vivencia traumática
Uno de los aportes centrales desarrollados por Benyakar consiste en diferenciar el fenómeno fáctico de la vivencia traumática. Lo fáctico remite al acontecimiento en sí mismo; a aquello que existe independientemente del psiquismo y de las significaciones que posteriormente puedan construirse sobre él. Sin embargo, el acceso del sujeto a ese acontecimiento nunca es directo, sino que se encuentra mediado por los procesos de elaboración propios de cada psiquismo.
En este sentido, el autor distingue entre las características del fenómeno y sus cualidades disruptivas. Las características pertenecen al orden de los hechos y son inherentes al acontecimiento mismo; las cualidades disruptivas, en cambio, refieren al potencial impacto que se atribuye a dicho fenómeno. Esta valoración se encuentra atravesada por factores subjetivos, culturales, históricos y contextuales, razón por la cual un mismo acontecimiento puede generar efectos muy diferentes en distintas personas.
Esta distinción resulta especialmente útil para analizar los acontecimientos del 7 de octubre. Desde el punto de vista fáctico, el ataque al festival Nova involucró asesinatos, secuestros, persecuciones, toma de rehenes y diversas formas de violencia ejercidas contra la población civil. Sin embargo, la magnitud del impacto psíquico no puede explicarse únicamente a partir de estas características objetivas. Las experiencias subjetivas de quienes sobrevivieron al ataque fueron heterogéneas y estuvieron atravesadas por factores individuales, vinculares y contextuales, lo que permite comprender por qué un mismo acontecimiento puede producir diferentes modalidades de afectación.
Para comprender esta diferencia resulta necesario introducir los conceptos de vivencia y vivenciar. La vivencia constituye un proceso metapsicológico que articula afecto y representación, otorgando especificidad a la subjetividad. El vivenciar remite al proceso mediante el cual dichas vivencias se producen. Cuando esta articulación entre afecto y representación puede sostenerse, el sujeto dispone de recursos para elaborar aquello que acontece. Sin embargo, frente a determinadas situaciones disruptivas, esta capacidad puede verse severamente comprometida.
Según esta perspectiva, para que un acontecimiento devenga traumático no alcanza con la magnitud objetiva del hecho fáctico. Es necesario que se produzca una ruptura en las posibilidades de procesamiento y ligadura psíquica. El trauma puede pensarse entonces como la irrupción de un exceso que desborda los recursos elaborativos del sujeto, produciendo una discontinuidad en la experiencia psíquica.
En el caso del festival Nova, los sobrevivientes no sólo estuvieron expuestos a una amenaza vital extrema, sino también a escenas de violencia difíciles de representar y significar. La magnitud del ataque y el carácter imprevisible de los acontecimientos alteraron de manera radical las referencias de seguridad disponibles, favoreciendo la emergencia de procesos traumáticos.
Por esto mismo, la vivencia traumática suele presentarse como un eterno presente. Lo ocurrido persiste actuando sobre el psiquismo sin haber sido plenamente significado, retornando a través de síntomas, afectos o manifestaciones diversas. Benyakar describe este fenómeno como una experiencia de inundación afectiva que no logra alcanzar niveles suficientes de simbolización. La actividad sintetizadora del psiquismo se ve afectada y el sujeto queda confrontado con una experiencia de vacío, desamparo y discontinuidad.
La vivencia traumática remite a aquello que no logró inscribirse psíquicamente. Desde esta perspectiva, el trauma confronta al sujeto con una experiencia que no alcanza a constituirse plenamente como representación. Se trata de aceptar que existe una dimensión de lo acontecido que no pudo ser simbolizada ni integrada, quedando ligada a una experiencia de vacío que insiste y retorna sin adquirir plenamente la condición de recuerdo.
La irrupción de lo disruptivo genera así una fractura en las posibilidades habituales de otorgar sentido a la experiencia. El psiquismo intenta permanentemente encontrar formas de representación para aquello que no logró ser significado, buscando restablecer cierta coherencia y continuidad. Bajo esta lógica, el trauma no se define exclusivamente por la magnitud del acontecimiento, sino por el modo en que dicho acontecimiento impacta sobre las capacidades de procesamiento y simbolización disponibles para cada sujeto.
Asimismo, Benyakar sostiene que una de las características fundamentales de lo disruptivo es la desestabilización del equilibrio alcanzado por el sujeto con su entorno social. De esta manera, los efectos del atentado no pueden pensarse únicamente a nivel individual. La ruptura producida por el acontecimiento alcanzó también a los vínculos, las comunidades y las referencias compartidas que organizaban la vida colectiva; aspecto que será retomado posteriormente al abordar el concepto de cadena del mal.
2.3. La cadena del mal
Antes de desarrollar el concepto de cadena del mal, resulta pertinente situar la problemática en el contexto de las formas contemporáneas de violencia. Benyakar señala que el amorfismo social, el vacío en el orden cultural y diversos procesos sociales contemporáneos potencian tendencias a la desubjetivación, constituyendo un terreno fértil para la violencia extrema. En este marco, sostiene que el mal ha trasladado progresivamente su escenario desde el campo de batalla hacia la arena civil. Actualmente, las principales víctimas de guerras, atentados y acciones terroristas ya no son los combatientes, sino la población civil.
Esta observación resulta particularmente significativa al pensar los acontecimientos del 7 de octubre de 2023. El ataque no estuvo dirigido contra objetivos militares, ni se desarrolló en un escenario bélico convencional. Las víctimas fueron en gran medida civiles que se encontraban participando de un festival de música, descansando en sus hogares o transitando espacios cotidianos. Las agresiones irrumpieron en ámbitos destinados al encuentro, la vida comunitaria y la recreación, transformándolos abruptamente en escenarios de persecución, muerte, secuestro y terror.
El terrorismo, en todas sus configuraciones, tiene como fin la desestabilización, generando un clima de terror en todos los sectores de la sociedad. La paralización y la confusión son características frecuentes de estas situaciones (Lemlij, 1994; Kijak y Pelento, 1985). Benyakar (2003) señala que, frente a situaciones extremas, suele utilizarse de manera indistinta conceptos como trauma, estrés, violencia y horror, lo que borra diferencias conceptuales importantes. Esta tendencia puede entenderse como una forma de respuesta frente a aquello que resulta insoportable o difícil de representar.
En este contexto, Benyakar (2003) propone distinguir dos modalidades de relación humana capaces de producir daño psíquico: la agresión y la violencia. La diferencia entre ambas resulta especialmente relevante para pensar los atentados terroristas y sus efectos subjetivos:
"Resulta importante destacar dos tipos de relaciones humanas que provocan daño psíquico. La agresión es esa actitud o acción que provoca dolor o daño al otro. Se caracteriza porque el agresor se posiciona como tal, emitiendo signos que alertan, posibilitando al otro desarrollar defensa (...) La violencia, al igual que la agresión, provoca dolor y daño; pero es indetectable. Se oculta tras los cánones de la normalidad, imposibilitando al otro ejercer defensa alguna (...) La violencia no sólo coarta el desarrollo de defensas, sino que está directamente dirigida a la producción del desvalimiento del otro. Es por ello que la violencia está mucho más relacionada con la Vivencia Traumática que la agresión" (Benyakar, 2003, pp. 58-61).
Esta distinción permite comprender con mayor precisión la lógica desplegada durante los acontecimientos del 7 de octubre de 2023. Quienes se encontraban en el festival Nova no participaban de un enfrentamiento armado ni disponían de condiciones que permitieran anticipar lo que ocurriría. La amenaza emergió de manera abrupta en un contexto que no era percibido como peligroso –más bien, todo lo contrario–, generando una situación de extrema indefensión. Desde esta perspectiva, resulta posible pensar que gran parte del potencial traumático del acontecimiento se vincula precisamente con esta dimensión de la violencia señalada por Benyakar: una irrupción inesperada que limita las posibilidades de defensa y favorece la producción de desvalimiento.
Continuando con esta línea, Benyakar desarrolla el concepto de “objeto único del odio”. El autor sostiene que el odio y la hostilidad son hijos del dolor, aunque presentan características diferentes. Mientras la hostilidad constituye una actitud, el odio se configura como un afecto relacionante orientado a abolir aquello que es vivido como fuente del sufrimiento. Sin embargo, este intento fracasa. El dolor no desaparece y el odio termina desplazándose y condensándose sobre un objeto particular.
En palabras del autor, el odio, destinado a abolir la fuente del dolor, falla; y si no es enfrentado y elaborado, se desplaza y condensa en algún objeto que se transforma en objeto único del odio. A partir de este proceso, el enemigo deja de ser percibido en su singularidad y comienza a ser reducido a una categoría homogénea sobre la cual se depositan frustraciones, sufrimientos y conflictos diversos.
El autor señala que esta dinámica favorece procesos de desubjetivación. Al emerger el objeto único del odio, el otro deja de ser reconocido como sujeto para convertirse progresivamente en una cosa. El odio inicia entonces un movimiento de cosificación que puede culminar en la destrucción del objeto. Esta acción, simultáneamente desubjetivada y desubjetivizante, constituye para Benyakar una de las expresiones fundamentales del mal.
En consonancia con ello, el antisemitismo puede pensarse como una de las múltiples formas históricas que ha adoptado el objeto único del odio. A lo largo del tiempo, los judíos han sido convertidos reiteradamente en depositarios de conflictos, frustraciones y sufrimientos colectivos, favoreciendo procesos de deshumanización que habilitaron distintas formas de persecución y violencia.
Benyakar entiende al mal como la puesta en acción del odio. No se trata de una esencia abstracta ni de una característica inherente a determinados individuos, sino de acciones concretas destinadas a anular la subjetividad de otro ser humano. En este sentido, el mal aparece enmascarado bajo distintas formas –terrorismo, guerras, torturas o violaciones–, pero conserva una misma lógica: la producción deliberada de daño físico y psíquico sobre otros.
Es precisamente desde esta dinámica que el autor desarrolla el concepto de “cadena del mal”. Cuando el dolor produce odio, y este odio se enquista en procesos de desubjetivación, se genera una secuencia que tiende a reproducirse indefinidamente. La violencia genera nuevas vivencias traumáticas; éstas producen nuevos sufrimientos, el sufrimiento puede transformarse nuevamente en odio; y el odio, al condensarse sobre un nuevo objeto, reactiva el circuito. Así, la cadena del mal se configura como un proceso que se retroalimenta, amplificando el desvalimiento, la inestabilidad y la producción de daño.
En esta línea, los acontecimientos del 7 de octubre pueden ser pensados no sólo como actos de violencia extrema, sino también como una manifestación de esta lógica desubjetivante de la cadena del mal. La transformación del otro en un objeto despojado de humanidad habilita prácticas que difícilmente podrían ejercerse sobre un semejante reconocido como sujeto. En este punto, la noción de cadena del mal permite comprender cómo determinadas formas de violencia colectiva se sostienen y perpetúan desde mecanismos de odio, cosificación y destrucción del otro.
La utilización de la violencia sexual en contextos de guerra también invita a reflexionar sobre los procesos de deshumanización que posibilitan la ejecución de actos de extrema crueldad contra otros seres humanos. En línea con esto, Hannah Arendt (1963), a partir de su análisis del juicio a Adolf Eichmann, desarrolló el concepto de "banalidad del mal”, para señalar cómo determinadas formas de violencia pueden ser llevadas a cabo por sujetos que no necesariamente se perciben a sí mismos como monstruos, sino como individuos que actúan dentro de un sistema de creencias o normas que legitiman sus acciones.
Si bien los acontecimientos del 7 de octubre presentan características diferentes al fenómeno analizado por Arendt, su aporte permite interrogar los mecanismos mediante los cuales la deshumanización del otro puede habilitar prácticas de extrema violencia. La transformación del enemigo en un objeto despojado de humanidad favorece la suspensión de límites éticos fundamentales y posibilita que actos como la agresión sexual, la tortura o el asesinato sean ejecutados y justificados en nombre de una causa colectiva. A la luz de estos aportes, los desarrollos de Arendt dialogan con el concepto de cadena del mal propuesto por Benyakar, en tanto ambos permiten pensar los procesos mediante los cuales el sufrimiento, el odio y la desubjetivación se articulan en la producción de la violencia extrema.
2.4. La violencia sexual como dispositivo de terror
La violencia sexual será abordada no únicamente como una agresión individual, sino también como una práctica con efectos sociales y simbólicos que impactan sobre el conjunto de la comunidad.
Antes de analizar los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, resulta pertinente situar brevemente la problemática de este tipo de agresiones en contextos de guerra. Hagen y Yohani (2010) señalan que, si bien la violación ocurre en prácticamente todas las sociedades, aquella que tiene lugar durante conflictos armados presenta características, funciones y consecuencias específicas que la diferencian de otras formas de violencia sexual.
Las autoras recuerdan que la utilización de la violación como práctica de guerra posee una larga historia y puede rastrearse en numerosos conflictos a lo largo de los siglos. Sin embargo, sólo recientemente estas experiencias han comenzado a recibir una mayor atención por parte de los medios de comunicación, los organismos internacionales y la producción académica. En relación a ello, la violencia sexual en contextos bélicos no puede ser entendida como un efecto colateral inevitable de la guerra, sino como una práctica que frecuentemente cumple funciones políticas, militares y simbólicas.
En esta línea, McDougall (1998) define la violación en guerra como una decisión deliberada y estratégica destinada a intimidar y destruir al enemigo mediante la agresión contra mujeres identificadas como miembros del grupo opositor. Tales actos dejan así de dirigirse exclusivamente hacia una persona para transformarse en un ataque orientado hacia familias, comunidades y grupos sociales completos.
Brownmiller (1975) sostiene que la utilización de la violación como herramienta de guerra constituye una demostración de poder y dominación sobre el enemigo. En este sentido, el cuerpo de la víctima se transforma en un escenario simbólico en el que se inscriben mensajes de sometimiento, triunfo y control. Considerando sus efectos devastadores y duraderos tanto sobre las víctimas directas como sobre sus comunidades, la violencia sexual puede ser comprendida como una de las herramientas más extremas utilizadas en contextos de conflicto armado.
Asimismo, Hagen y Yohani (2010), retomando a Kerstiens, identifican cinco características que distinguen la violación en guerra de aquella que ocurre en tiempos de paz: su carácter masivo, su ocurrencia pública, el nivel extremo de brutalidad, las formas de esclavitud sexual y su utilización como mecanismo de limpieza étnica o genocidio. Estas características resultan particularmente relevantes para el análisis de los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, ya que permiten comprender estos ataques no solo como agresiones dirigidas contra las víctimas directas, sino también como una estrategia de violencia con efectos que exceden el plano individual.
Los testimonios sobre agresiones cometidas frente a familiares, amigos u otros testigos, junto con los informes que documentan mutilaciones y otras formas de violencia extrema, muestran que estas prácticas excedieron ampliamente la agresión individual y parecieron orientarse a transmitir un mensaje de poder y humillación dirigido a la sociedad israelí en su conjunto.
La presencia de mutilaciones genitales documentadas en diversas víctimas resulta especialmente significativa. Estas prácticas no sólo incrementan el daño físico producido, sino que parecen orientarse a destruir simbólicamente aspectos vinculados a la identidad sexual y corporal de las personas afectadas. Así, la agresión trasciende la dimensión sexual para transformarse en una práctica de degradación y deshumanización extrema.
En este marco, el cuerpo de las víctimas se transforma en un soporte simbólico sobre el cual se inscriben mensajes de odio y dominación. La violencia sexual deja entonces de operar únicamente sobre el individuo para convertirse en una herramienta destinada a quebrar vínculos, producir terror colectivo y atacar los fundamentos simbólicos de una comunidad.
Entre los documentos más relevantes se encuentra el informe A Quest for Justice: October 7 and Beyond (Dinah Project, 2025), así como el informe Silenced No More, elaborado por la Civil Commission on October 7 Crimes by Hamas Against Women and Children. Este último concluye que la violencia sexual y de género ejercida durante el ataque fue “sistemática, generalizada e integral” al mismo. En la misma línea, la Dra. Cochav Elkayam-Levy sostuvo que tales agresiones, perpetradas el 7 de octubre, fueron utilizadas deliberadamente no sólo para brutalizar a las víctimas directas, sino también para aterrorizar a la sociedad israelí en su conjunto. Los abusos sexuales cometidos durante el ataque no pueden ser comprendidos como un incidente aislado o como una consecuencia secundaria del atentado, sino como una práctica inserta en una lógica de violencia orientada a generar efectos que exceden ampliamente a las víctimas directas.
Los testimonios recopilados describen situaciones de extrema violencia. Según los informes relevados, numerosas violaciones fueron perpetradas por múltiples agresores y, en diversos casos, tuvieron lugar frente a parejas, familiares o amigos de las víctimas. Asimismo, se documentaron amenazas con armas, persecuciones, secuestros y ejecuciones de personas que intentaban huir del festival Nova, y otras formas de violencia sexual extrema. De acuerdo con los registros analizados, muchas de las víctimas fueron asesinadas durante o inmediatamente después de las agresiones.
Diversos testimonios, entrevistas e informes posteriores permiten dimensionar el grado de crueldad desplegado durante algunas de estas prácticas. Numerosos cuerpos fueron hallados atados o inmovilizados y presentaban signos de violencia sexual extrema. En varios casos se documentaron mutilaciones genitales y otras lesiones deliberadamente orientadas a incrementar la humillación y el terror ejercidos sobre las víctimas. Algunos informes describen incluso la inserción de armas u otros objetos dentro de los cuerpos; prácticas que permiten pensar estas agresiones más allá del daño físico inmediato y situarlas también en el plano de la degradación y la deshumanización.
Uno de los aspectos que aparece de manera reiterada en los testimonios y en los informes posteriores al ataque es la participación de múltiples perpetradores en algunas de las agresiones sexuales documentadas. Según los registros relevados, en determinados casos los hechos fueron cometidos por varios agresores en forma simultánea, mientras otros participaban observando, alentando o ejerciendo formas adicionales de violencia física. Algunas investigaciones describen incluso situaciones en las que las víctimas fueron sometidas simultáneamente a agresiones sexuales y ataques armados, configurando lo que la literatura denomina un “doble ataque”: agresión sexual y agresión física extrema ejercidas al mismo tiempo.
Diversos desarrollos sobre tales actos en contextos de guerra sostienen que estas prácticas suelen inscribirse en lógicas de dominación, control y destrucción del enemigo. Hagen y Yohani (2010) señalan que la violación en contextos bélicos frecuentemente es utilizada como herramienta de sometimiento colectivo y que, en una gran proporción de los casos, es cometida por múltiples perpetradores. Según estos autores, la participación grupal no sólo cumple una función vinculada al ejercicio de poder, sino también a la validación mutua entre los agresores y a la reafirmación de determinadas formas de masculinidad violenta.
Esta lógica resulta consistente con los desarrollos de Benyakar sobre la desubjetivación y la cadena del mal. Tal como fue desarrollado en el apartado anterior, la cosificación del otro constituye una condición fundamental para la producción de actos de extrema crueldad. Cuando el semejante es reducido a la condición de objeto, desaparecen progresivamente los límites que impone el reconocimiento de su humanidad. La utilización del cuerpo como instrumento para transmitir mensajes de dominación y terror constituye una expresión particularmente extrema de este proceso.
A partir de estas consideraciones, dichas conductas pueden ser comprendidas como una de las manifestaciones más acabadas de la cadena del mal desarrollada por Benyakar. La articulación entre odio, deshumanización, cosificación y violencia permite comprender cómo determinados cuerpos pasan a convertirse en escenarios sobre los cuales se inscriben mensajes de dominación destinados a impactar sobre comunidades enteras.
2.5. El arte como espacio de simbolización y memoria
Frente a acontecimientos de violencia extrema, una de las dificultades centrales radica en la posibilidad de representar aquello que por su magnitud excede los recursos habituales de elaboración psíquica. En este contexto, distintas producciones artísticas surgidas tras los acontecimientos del 7 de octubre pueden pensarse como intentos de simbolización frente a la experiencia traumática.
Un ejemplo de ello es la exposición 06:29 AM – The Moment Music Stood Still (Nova Exhibition), creada a partir de testimonios de sobrevivientes, objetos recuperados del festival y reconstrucciones de los espacios en los que ocurrieron los hechos. La muestra combina elementos documentales, testimoniales y artísticos, transformando restos materiales del ataque en dispositivos de memoria colectiva. De este modo, puede pensarse como un intento de otorgar representación a una experiencia que amenaza con permanecer como puro horror, favoreciendo procesos de transmisión, recuerdo y elaboración.
Bajo esta lógica, el arte no elimina los efectos de la situación disruptiva ni repara el daño producido por la violencia. Sin embargo, puede constituir una vía para transformar parcialmente aquello que irrumpe de manera traumática en una producción simbólica compartida, permitiendo que la experiencia encuentre algún lugar en la memoria, tanto individual como colectiva.
El arte puede pensarse como una herramienta privilegiada para trabajar aquello que en un primer momento aparece como irrepresentable. Muchas veces se trata de experiencias para las cuales no existen palabras suficientes, situaciones que exceden las posibilidades habituales de simbolización y que irrumpen con un efecto desestabilizador sobre el psiquismo. Frente a ello, la creación artística ofrece una vía posible para bordear lo que resulta innombrable y comenzar a construir alguna forma de representación. A partir de los desarrollos de Juan Jorge Michel Fariña, puede pensarse el arte como un intento de hacer algo con aquello que aún no ha encontrado inscripción simbólica. Toda producción artística se organiza alrededor de un vacío: el silencio para el músico, la página en blanco para el escritor o el lienzo vacío para el pintor constituyen puntos de partida desde los cuales se intenta producir algo nuevo.
3. Discusión
¿Qué sucede con quien intenta acercarse a un acontecimiento de estas características? El contacto con testimonios de sobrevivientes, reconstrucciones de los hechos e informes sobre violencia sexual no resulta indiferente. En algunos momentos, el recorrido fue movilizante y doloroso, y requirió un trabajo de elaboración para poder sostener una mirada analítica sin tomar distancia del sufrimiento que atraviesa el material.
No es posible aproximarse a estas situaciones desde una posición completamente externa. La propia subjetividad participa del modo en que leemos, seleccionamos y buscamos comprender aquello que ocurrió, especialmente cuando se trata de acontecimientos recientes cuyos efectos continúan presentes.
Al mismo tiempo, la distinción entre hecho fáctico y vivencia traumática recuerda que la magnitud del acontecimiento no determina por sí sola sus efectos: cada sujeto y cada comunidad dispondrán de recursos y recorridos singulares para intentar inscribir aquello que irrumpió de manera disruptiva. Frente a hechos que parecen exceder las palabras, el arte puede abrir una vía posible para representar algo de lo ocurrido. No elimina el horror ni repara el daño, pero puede transformar aquello que resulta difícil de nombrar en memoria, relato o producción compartida. En este sentido, tanto la escritura como el arte pueden constituirse en formas de hacer algo con aquello que, en un primer momento, parece imposible de elaborar.
Referencias
Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. Viking Press.
Asociación de Centros de Crisis por Violación en Israel. (2024). Un llanto silencioso: Delitos de violencia sexual ocurridos el 7 de octubre [Informe especial].
Benyakar, M. (2000). Lo traumático y lo ominoso: Cuestionamientos teórico-clínicos acerca del procesamiento de las amenazas. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Benyakar, M. (2003). Lo disruptivo: Amenazas individuales y colectivas. El psiquismo ante guerras, terrorismo y catástrofes sociales. Biblos.
Brownmiller, S. (1975). Against our will: Men, women and rape. Simon & Schuster.
Civil Commission on October 7th Crimes by Hamas Against Women and Children. (2026). Silenced no more: Sexual terror unveiled - The untold atrocities of October 7 and against hostages in captivity. https://www.civilc.org/silenced-no-more
Dinah Project. (2025). A quest for justice: October 7 and beyond. https://thedinahproject.org/the-book/
Hagen, K. T., & Yohani, S. C. (2010). The nature and psychosocial consequences of war rape for individuals and communities. International Journal of Psychological Studies, 2(2), 14-25. https://doi.org/10.5539/ijps.v2n2p14
McDougall, G. J. (1998). Systematic rape, sexual slavery and slavery-like practices during armed conflict: Final report submitted by Ms. Gay J. McDougall, Special Rapporteur (E/CN.4/Sub.2/1998/13). United Nations Economic and Social Council.
Tompkins, T. (1995). Prosecuting rape as a war crime: Speaking the unspeakable. Notre Dame Law Review, 70(4), 845-890.
Universidad del Salvador. (2024). Diplomatura en Intervención en Desastres, Trauma y Disrupción [Material de clases].