ISSN 1553-5053Sitio actualizado en   septiembre de 2026 Visitas:

Volumen 22 | Número 2
Septiembre 2026 - Marzo 2026
Publicación:


Resumen

El objetivo del presente artículo es introducir una metodología de abordaje de escenarios disruptivos. Siguiendo los desarrollos de Moty Benyakar y Michel Fariña, se invita a pensar las intervenciones en dichos escenarios a través de un caso del Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME) en Buenos Aires, Argentina. A partir de las nociones de disrupción y catástrofe sostenemos que una catástrofe involucra tanto a los damnificados como al personal interviniente de diversos modos, de allí la importancia de hacer esta distinción para no equivocar el sentido de las intervenciones. Por otro lado, se introduce el valor del arte como pasador de lo real traumático al ámbito de la inscripción simbólica. Es así que se presenta el famoso cuadro de Rembrandt La tormenta en el mar de Galilea como articulador clínico: por un lado el contenido del cuadro funciona como una poderosa metáfora de la intervención en catástrofes, y por el otro, cómo el hecho de uno de los robos más importantes de la historia del arte puede resignificar la tarea de la intervención a partir de la figura del marco vacío como una promesa de restitución que enmarca sin borrar la huella de lo acontecido, dando lugar a una ética en intervenciones.

Palabras Clave: Disrupción | Arte | Ética | Intervenciones

Abstract English version

La promesa como un marco (vacío) que sostiene la transferencia. Reflexiones en torno a lo disruptivo en un caso de intervención del SAME

Masciano, Julián
Mazza, María Florencia, Universidad de Buenos Aires
Mentucci, Carina
Rasinsky, Susana
Real, María Ximena
Varela, Lucas Manuel , Universidad de Buenos Aires

Introducción

El marco de una pintura vacía, puede resultar inquietante a quien la mira. Como una hoja en blanco, nos enfrenta a algo que falta y, al mismo tiempo, puede despertar la tentación de atribuirle rápidamente un significado. Sin embargo, el marco delimita un lugar y señala una ausencia. Tiene una historia.

“La tormenta en el mar de Galilea”, reconocida obra del pintor Remblandt, fue robada del Isabella Stewart Gardner Museum de Boston en el año 1990. Desde entonces, el museo conserva su marco vacío en la pared. La obra ya no está pero permanece la huella de su existencia. Su vacío actual no borra lo acontecido, sino que vuelve visible su existir de otro modo.

Esta imagen nos permite introducir una pregunta acerca de la posición de quienes intervienen frente a situaciones potencialmente disruptivas. Ante una escena que impacta, desconcierta o resulta difícil de comprender, ¿cómo intervenir sin anticiparse con las propias hipótesis, diagnósticos, pensamientos, a completar aquello que todavía no conocemos?

Marco vacío de La tormenta en el mar de Galilea (Rembrandt), Isabella Stewart Gardner Museum, Boston,

Moty Benyakar advierte sobre la necesidad de no atribuir de manera anticipada un carácter disruptivo o traumático a un acontecimiento sin escuchar primero la experiencia singular de quienes lo atraviesan. Desde esta perspectiva, la abstinencia no supone permanecer indiferentes ni dejar de intervenir, sino que permite atender, sin confundir, lo que impacta al profesional con aquello que resulta disruptivo para los damnificados.

Por otro lado el contenido del cuadro nos ofrece una poderosa metáfora al servicio de continuar pensando las intervenciones: una barca capeando una tormenta, con una tripulación compuesta por Jesús y sus discípulos, y el detalle singular de la inclusión del propio artista dentro de la obra - Rembrandt aparece en la barca junto con la tripulación, interviniendo en la tarea-. Este análisis nos permite pensar el valor del arte, en palabras de Michel Fariña, como un pasador de lo real traumático al registro de lo simbólico por vía de la imagen.

Presentación; Caso de intervención del SAME

A partir de un llamado recibido por el SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) informando sobre el fallecimiento de un particular en su domicilio, se da curso a la visita de un hogar del partido de 3 de Febrero, provincia de Buenos Aires, donde el personal, dentro de los cuales se incluye un psicólogo que forma parte del equipo detrás de este trabajo, se encuentra con el siguiente escenario: dos hermanos con una situación psíquica precaria, aislados, abandonados y desconectados tanto de la situación misma de la muerte de su padre, como del mundo exterior.

Se da así el primer encuentro entre el personal y los damnificados: un cuerpo muerto, el del padre, que yacía hacía varios días en el hogar y dos hombres: uno al que llamaremos M de 64 años y L de 59 de años. El equipo del SAME los encuentra desnutridos, faltos de higiene, en estado de abandono y con muy poco entendimiento de la situación.

Al ver esta situación se da intervención al área de apoyo social, la cual meses después deriva en un pedido de traslado a un techo hospitalario para evaluación interdisciplinaria de salud mental y de salud física.

Cuando el psicólogo realiza la entrevista en este nuevo traslado, se encuentra con algunas intervenciones hechas por otros actores. El paciente M (64 años) está diagnosticado y tratado por esquizofrenia, se atiende en un Hospital del sistema de salud público y está en tratamiento psicofarmacológico. Por el contrario su hermano menor, L (59 años), a pesar de presentar signos y síntomas de problemas de salud mental, no tenía atención ninguna por parte de los servicios de salud. Asimismo, el psicólogo pudo constatar mediante la entrevista con M que L había sido excluido del sistema escolar a la edad de 7 años, lo que señala un punto importante del diagnóstico de la situación que se presenta a continuación.

El caso plantea una dificultad inicial: aquello que motivó la intervención (la muerte del padre), no parecía producir en los hermanos las manifestaciones de padecimiento que el equipo esperaba encontrar. En cambio otras acciones orientadas a asistirlos, como el ingreso de personas desconocidas al domicilio o el ofrecimiento de alimentos por parte del área de apoyo social, encontraron inicialmente resistencia. Los elementos reunidos nos permiten pensar que la muerte del padre no inaugura la situación disruptiva, sino que visibiliza una desprotección sostenida durante años.

La tormenta, ¿desastre o catástrofe?

Retomando entonces el cuadro de Rembrandt, nos interesa introducir una metodología de intervención que permite ubicar coordenadas indispensables en escenarios disruptivos. ¿Cuál es la tormenta en el caso que estamos trabajando? Nos referiremos aquí entonces a la distinción entre desastre y catástrofe tomada del multimedia IBIS- Intervención en catástrofes y desastres: ética y complejidad:

Desastre (del latín astra) alude a una alteración de la configuración astral, un desorden del cosmos. Se trata por lo tanto de un trastocamiento de los elementos que están por fuera de la órbita del sujeto. Desastre identifica por lo tanto al evento, cuya gran magnitud lo torna potencialmente disruptivo. Catástrofe (del griego trophe, darlo vuelta todo) refiere a la alteración de las referencias simbólicas en los sujetos cuando la magnitud del evento excede las capacidades singulares y colectivas. Si bien la distinción entre el sujeto y el objeto es siempre compleja y relativa, el primero de los términos pondría el acento en el fenómeno objetivo, mientras que el segundo lo haría en lo subjetivo. (IBIS- Intervención en catástrofes y desastres: ética y complejidad, p.5)

Es decir, las características objetivas o fácticas de un desastre no son automáticamente traducidas en una catástrofe para los sujetos damnificados. Una tormenta puede ser un desastre en términos fácticos pero no necesariamente producir una catástrofe en los sujetos sobre los cuales recaen sus efectos. Dos hechos nos permiten pensar que lo disruptivo para los damnificados en el caso trabajado no es automáticamente asignable al desastre o al hecho fáctico que surge intuitivamente como el motivo y el objetivo de la intervención del sistema de emergencias: para ninguno de los damnificados la muerte del padre parecía generar una desorganización subjetiva que diera señales de padecimiento. Por el contrario, llamó la atención para el personal del SAME la tranquilidad por un lado y la desconexión por el otro de los hermanos frente al hecho. Dónde sí apareció algo del orden del padecimiento y la dificultad tuvo que ver con una intervención de los servicios sociales ante el estado de desnutrición de los hermanos, en donde apresurados a brindarles alimentos, se toparon con un efecto inesperado: los hermanos rechazaron la ayuda ofrecida. Había un modo de alimentación muy singular desarrollado por estos hermanos, que consistía en la ingesta de tres o cuatro alimentos exclusivamente, sobre el cual se quiso intervenir sin éxito en un comienzo. Paulatinamente y luego de haber entrado en cierta confianza, aceptaron los alimentos proveídos por el personal del área social, superando esta barrera que obstaculizaba la intervención. Esto permite preguntarse sobre cuál es la vivencia subjetiva de esos hermanos y qué es lo por ellos vivido como disruptivo o catastrófico: ¿la muerte del padre, o el hecho de que personas desconocidas ingresaron al domicilio?, ¿la irrupción de ese espacio y el ofrecimiento de comida proveniente de afuera y de extraños, de instituciones que nunca antes habían ocupado un lugar en sus vidas? ¿Cuál es la tormenta a capear para los sujetos en cuestión?

Para responder a estas preguntas es necesario entonces introducir la diferencia que existe entre un evento y un entorno disruptivo. Tomaremos aquí los desarrollos del Dr. Moty Benayakar, quien sostiene que la situación o el fenómeno que emerge por evento es aquel que acontece en un tiempo específico y determinado, con un principio y un fin, y que es por lo general, en tiempos breves. Ejemplo de esto puede ser un accidente automovilístico, el derrumbe de un edificio o, en articulación con el caso trabajado, una muerte súbita.

Los fenómenos fácticos por entorno en cambio comprende períodos de tiempo en donde se dan procesos prolongados, sostenidos, en los cuales no siempre se puede determinar cuándo ha comenzado y cuándo finalizará el escenario en cuestión. Ejemplo de esto es el de una familia en la cual hay violencia y agresión física constantes, o en el caso que introdujimos, un abandono y descuido sistemático de las necesidades básicas de estos dos hermanos. En este sentido dirá Benyakar en su libro Lo disruptivo y lo traumático: Abordajes posibles frente a situaciones de crisis individuales y colectivas (2016), que las características más distintivas de un entorno disruptivo consolidado son: la ruptura de las normas escritas y consuetudinarias que organizaron la vida social; la inversión del sentido de las instituciones sociales que se tornan incapaces de cumplir con las funciones para las que fueron creadas; la incertidumbre patológica y la desconfianza hacia todo y todos que se apodera de los sujetos, y una percepción distorsionada de la realidad y de sí mismos que sume a las personas en profundo desconcierto.

Esta caracterización nos permite entonces situar el caso en cuestión dentro del escenario de incapacidad de las instituciones para cumplir las funciones para las que fueron creadas. Al respecto dirá Benyakar:

Las instituciones, los usos y las costumbres, los escenarios cotidianos que constituyen el hábitat normal y cuyo cometido es resguardar a los individuos y a los valores de la comunidad, invierten su sentido y desprotegen, reforzando la condición amenazante del medio e inoculando en las personas temores y suspicacias diversas hacia los otros, hacia los lugares conocidos hasta entonces y, en general, hacia el conjunto de las interacciones sociales otrora confiables. La resultante distorsión del medio mina la confianza porque va invadiendo todos los aspectos de la vida, corroyendo todas las certezas y generando incertidumbres excesivas, patológicas (2016, p.50)

Ubicamos entonces este escenario como el de un entorno disruptivo de violencia institucional en los siguientes términos: la falla de un conjunto de instituciones que englobamos en una mayor, el Estado, en garantizar el cumplimiento de los derechos humanos básicos para esta familia conformada por estos dos hermanos.

La casa en desorden y falta de higiene, con ausencia de servicios básicos, sin red de apoyo social más allá de algún vecino empático, que fue el que realizó el llamado al SAME notificando la muerte del padre de los hermanos, la desescolarización y falta de atención para el hermano menor y el estado de desnutrición de ambos, son señales de un abandono por parte de las instituciones responsables del cuidado de los ciudadanos por un período prolongado en el tiempo.

Podemos ya aquí señalar la clave de lectura que permite explicar el estado en el que el sistema de emergencias encontró a estos dos hermanos, y su posterior reacción a la ayuda brindada. Los entornos disruptivos tienen entre sus efectos la desconfianza de los damnificados hacia las instituciones sociales que puedan intentar una intervención. De allí se explica que el rechazo a la ayuda brindada fuera la primera reacción de estos dos hermanos. Y la otra característica de los efectos de un entorno disruptivo que nos interesa señalar, es la de la “percepción distorsionada de la realidad y de sí mismos que sume a las personas en profundo desconcierto”, en el sentido de que los fenómenos fácticos por evento, por lo general, emergen como situaciones ego-distónicas, o sea que impactan en la persona, como extrañas e inesperadas, mientras que los fenómenos que se prolongan por períodos de tiempo dentro de un entorno, tienden a sostenerse como ego-sintónicas, a tal punto que en ciertos casos, no son registradas como extrañas o patológicas por los damnificados. Esto puede explicar la ausencia de registro o evidencia de padecimiento de esos hermanos frente a la muerte de su padre y el modo de vida que llevaban. Tomando las palabras de Benyakar, “Integradas a las escenas cotidianas, las amenazas dejan de ser reconocidas como provenientes del mundo externo y se internalizan. Una vez incorporadas como parte de la propia subjetividad, inundan y modelan la vida entera.” (2016, p. 51)

¿Por qué es importante hacer este análisis? Porque permite introducir entonces la dimensión de la intervención de parte de los efectores de salud. ¿Cómo fue la vivencia para el personal interviniente? ¿Qué intervenciones se llevaron a la práctica? ¿Qué efectos se pueden rescatar de dichas intervenciones? ¿Cuál es la importancia de hacer éstas distinciones?

La implicación en la intervención

Respecto de las intervenciones del personal, nos referiremos al relato del psicólogo del equipo que asistió al domicilio. La aparente desconexión de los hermanos frente a la muerte de su padre, así como su estado general de salud y abandono, en especial, la desnutrición, resultaron especialmente impactantes para el equipo. Esta última situación dio lugar a un primer ofrecimiento de alimentos que los hermanos rechazaron, como describimos anteriormente. Diferenciar ambas experiencias permite atender a lo que sucede con los hermanos sin perder de vista el impacto que la situación tiene sobre quienes intervienen.

Cabe destacar que, más allá de ese primer obstáculo, el trabajo de diferentes instituciones, como las áreas social, jurídica y médica, posibilita acciones del orden de lo preventivo. Entre ellas se encuentra la notificación a esas áreas para evitar un mayor deterioro de las condiciones físicas, psíquicas y ambientales de los hermanos. Por otro lado, también hubo respuestas ante situaciones no previstas que requirieron una lectura singular: fue necesario revisar el modo de ofrecerles alimentos para que pudieran aceptarlos.

En esa misma dirección, nos interesa detenernos en el lazo que el psicólogo comenzó a establecer con M, el mayor de los hermanos, a partir de los dibujos que él hacía en el hospital y luego vendía en la vía pública. M le prometió hacer y regalar algunos dibujos, uno de los cuales incluiría una ambulancia del SAME. Ese intercambio abre una pregunta por el lugar que el dibujo pudo tener en el encuentro entre ambos: una promesa que, cual marco vacío, señala la posibilidad de una inscripción. Una huella que enmarca una dimensión transferencial entre damnificado y personal interviniente.

Cabe destacar que en esta intervención, el dibujo no apareció como una actividad propuesta por el equipo: M ya dibujaba y vendía sus producciones. La promesa de hacerle un dibujo al psicólogo permitió que esa actividad formará parte del lazo entre ambos. Más que atribuirle de antemano un efecto de elaboración, interesa preguntarse qué hizo posible ese intercambio y qué puede enseñarnos sobre la posición de quien interviene.

Que M haya pensado en incluir una ambulancia del SAME dice algo del intercambio que se estaba produciendo con el psicólogo. No sabemos qué significaba esa imagen para él, pero sí podemos detenernos en el hecho de que eligió ofrecerle un dibujo. Su producción plantea, así, la pregunta por cómo recibir aquello que alguien ofrece sin imponer a priori un significado.

La función de esta promesa a partir de un dibujo nos permite pensar la relación con la pintura de Rembrandt, La tormenta en el mar de Galilea, en dos ejes: por un lado el contenido del cuadro en tanto metáfora de la intervención en catástrofes, es decir ¿cómo intervenir cuando aquello que sucede también afecta a quienes intentan prestar ayuda? Y por otro, el marco vacío que sitúa la huella de uno de los robos más famosos de la historia del arte, en relación con la promesa del dibujo de parte de M hacia el psicólogo del equipo. ¿Cuál es la función de la promesa en ambos casos?

La barca y la ambulancia

La tormenta en el mar de Galilea, Rembrandt, año 1633.

Elegimos entonces detenernos primeramente en el contenido de la pintura de Rembrandt. En ella se ve reflejado el pasaje bíblico de Lucas 8,22-25, en el que una tormenta amenaza la integridad de los pasajeros de la barca: Jesús y sus discípulos. Tal como lo mencionamos, lo interesante en ella, es que el mismo Rembrandt se pintó así mismo en la obra, en la mitad de la barca, sosteniendo la cuerda atada al mástil.

La pintura nos lleva a pensar algo central: la posición de quienes intervienen. La particularidad de que el propio pintor se incluye dentro de la escena representada, permite pensar una cuestión central para el trabajo en contextos disruptivos: quien interviene nunca se encuentra completamente por fuera de la situación. De manera análoga, los integrantes de los equipos de salud, emergencias o asistencia participan de los acontecimientos desde una posición que, aunque diferenciada, también los deja implicados subjetivamente.

Asimismo la pintura permite pensar la dificultad de responder cuando una situación irrumpe y altera las referencias habituales. Laso y Michel Fariña plantean que el arte puede «hacer pasar lo real a lo simbólico, de inscribir lo imposible» (2020, p. 87). También señalan que una obra puede interpelar e implicar a quien la contempla (p. 89). Esta última idea orienta nuestra lectura de Rembrandt: la figura del pintor que mira hacia afuera de la barca invita a preguntarnos por la posición de quien observa la escena. En el caso que analizamos, esa pregunta alcanza a quienes intervienen, también afectados por aquello que intentan comprender.

A diferencia de un desastre natural, donde el evento disruptivo puede pensarse como un fenómeno externo que irrumpe sobre una comunidad, en situaciones de entorno disruptivo vía la violencia institucional, quienes asisten y quienes son asistidos comparten, en ocasiones, el mismo entramado social e institucional que produjo el daño, lo que complejiza la intervención y exige espacios de reflexión permanente sobre la propia posición.

En el caso analizado, si bien el equipo del SAME sostiene una distancia operativa necesaria para posibilitar la asistencia, ello no implica quedar por fuera de los efectos del entorno. De hecho, el material que dio origen a este trabajo fue acercado por el psicólogo integrante del equipo del SAME, lo que permite advertir que quienes intervienen también reciben el impacto disruptivo de aquello que enfrentan cotidianamente y precisan de su elaboración. Reconocer esta dimensión resulta fundamental, no sólo para el cuidado de los damnificados, sino también para el de los propios intervinientes.

Es así que la pintura de Rembrandt nos recuerda justamente que toda intervención supone una presencia situada: nadie observa completamente desde afuera. El arte nos aporta algo singular; al mostrar que el detectar y reconocer la propia implicación no constituye un obstáculo para la tarea, sino una condición necesaria para una práctica ética y reflexiva.

Es necesario entonces atender ahora al contenido del dibujo prometido por M al psicólogo: ni más ni menos que una ambulancia del SAME. Cómo se sabe, muchas veces la ambulancia traslada al mismo tiempo al damnificado y al personal, los une en tiempo y espacio en un escenario potencialmente disruptivo. No se escapa la relación del contenido del dibujo prometido con el del cuadro sustraído: barca y ambulancia, uniendo a damnificados e intervinientes en una misma tormenta, como una poderosa metáfora de la intervención en catástrofes.

En cuanto al segundo eje de análisis, el marco vacío en el Isabella Stewart Gardner Museum de Boston, sostenemos justamente que se trata de una promesa: al igual que la promesa del dibujo que une a M con el psicólogo interviniente, el marco vacío es una promesa de que el vínculo con el cuadro sustraído se sostiene a pesar y a partir de la falta. La posibilidad de elaboración de lo disruptivo, el robo del cuadro por un lado, y el escenario del caso de M y L por otro, se inscribe a partir de una promesa: un dibujo, o un cuadro, que está a la espera de su aparición. La inscripción de esa promesa permite el mantenimiento del vínculo transferencial, entre paciente y analista por un lado, y entre la sociedad y el cuadro por el otro. Por ello, en uno y otro caso, la promesa misma tiene tanto o más fuerza que la obra en cuestión: permite el tratamiento por vía simbólica de lo real traumático.

A modo de Conclusión

Durante el recorrido del trabajo intentamos presentar una metodología de intervención en escenarios disruptivos que tenga en cuenta la complejidad. Por un lado la distinción entre los hechos fácticos de un desastre y la inscripción subjetiva de la catástrofe, que no pueden determinarse a priori, y que muchas veces pueden llevar a equivocar la intervención. Por otro lado, la imposibilidad de separar a los equipos intervinientes de los damnificados en tanto sujetos atravesados por el escenario disruptivo y la importancia de diferenciar un evento de un entorno disruptivo, por los efectos y las intervenciones que se derivan de los mismos.

En ese sentido el caso del SAME, lo ubicamos como un escenario de entorno disruptivo por vía de la violencia institucional.

Por otra parte, la referencia al cuadro de Rembrandt, nos proveyó un potente articulador clínico en dos ejes: por el lado del contenido de la obra, y por el de la intervención realizada frente a su sustracción. Como se desarrolló, su contenido nos acerca la poderosa analogía de la intervención en catástrofes como una barca en medio de una tormenta dónde damnificados y equipo interviniente quedan igualmente sujetos al impacto de lo disruptivo. El autor del cuadro que se incluye en la obra sujetando la soga del mástil nos recuerda que estamos implicados en la escena y que por ello quedamos sujetos a la revisión constante de nuestro rol en tanto personal interviniente. Para ello la supervisión se vuelve fundamental en vistas a mantener un adecuado trabajo transdisciplinario. En contextos donde las referencias habituales se ven alteradas y la incertidumbre ocupa un lugar central, la intervención requiere de una brújula ética que permita orientarse sin desconocer la singularidad de cada situación. Quizás allí resida uno de los principales aportes de esta perspectiva: sostener una práctica capaz de reconocer tanto el sufrimiento de los damnificados como la implicación de quienes intervienen, promoviendo espacios de elaboración, reflexión y cuidado para todos los actores involucrados.

En ese sentido la imagen de la barca y de la ambulancia –imágenes que en este análisis, que ubican en un mismo espacio, tanto a los damnificados como al personal interviniente– nos permiten pensar, en palabras de Michel Fariña, “el tratamiento del horror por recurso a lo bello”, ya que el arte no solo tiene un valor en tanto medio sublimatorio, sino que se convierte en un medio elaborativo de la experiencia humana.

Por último, respecto al eje de la intervención sobre la sustracción del cuadro, nos permitió articular el lugar de inscripción transferencial a partir de la promesa que se sostiene ante la falta. Hasta la fecha, ambas promesas permanecen vigentes: por un lado la obra del pintor permanece desaparecida y el dibujo de M aún no ha llegado a las manos del equipo. Allí donde la obra no está, permanece una huella de su existencia. El vacío no borra lo acontecido; por el contrario, lo hace visible de otro modo. Allí donde algo falta, donde una pérdida o una ausencia se sostienen, persiste una marca que testimonia lo ocurrido.

De manera similar, los acontecimientos disruptivos dejan marcas subjetivas en las personas, en las instituciones y en los equipos que intervienen. La tarea no consiste en borrar esas marcas ni en restituir un estado anterior imposible, sino en contribuir a la construcción de bordes que permitan alojar la experiencia, elaborar sus efectos y reconstruir lazos. Quizás sea en ese trabajo, siempre singular y colectivo, en donde debamos una y otra vez volver a pensarnos.

Referencias

Benyakar, M. (2016) Lo disruptivo y lo traumático: Abordajes posibles frente a situaciones de crisis individuales y colectivas / Moty Benyakar ; Compilado por Eduardo Ramos ; Alejandra Taborda ; Celeste Madeira. - 1a ed. - San Luis: Nueva Editorial Universitaria - U.N.S.L., Libro digital, PDF.

IBIS - International Bioethical Information System. (s.f.). Intervención en Desastres y Catástrofes: Ética y Complejidad [Multimedia]. Programa UBACyT, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires / Tel Aviv University.

Laso, E. y Michel Fariña, J.J. (2020). “El cine como pasador de lo real”. Ética & Cine Journal, Vol. 10, N.º 1, pp. 87-93.

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1633). “La tormenta en el mar de Galilea”, [Óleo sobre lienzo].

Material audiovisual y documental complementario

Isabella Stewart Gardner Museum. The Storm on the Sea of Galilee. Disponible en: https://www.gardnermuseum.org/experience/collection/10953

Isabella Stewart Gardner Museum. The Five Frames Left Behind. Disponible en: https://www.gardnermuseum.org/blog/five-frames-left-behind




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