1. La inundación de La Plata de 2013: presentación y delimitación del caso
El presente trabajo aborda la inundación ocurrida en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, el día 2 de abril de 2013, considerada una de las catástrofes socioambientales más significativas de la historia reciente argentina, por su alto impacto humano, social, sanitario, comunitario e institucional. La magnitud de dicho evento trascendió el fenómeno hidrometeorológico, lo cual nos permite proponer su análisis a partir de los conceptos de desastre, trauma, disrupción y gestión integral del riesgo, constituyendo así un caso paradigmático para el estudio de los contextos disruptivos, en los que la irrupción de un acontecimiento crítico modifica las condiciones habituales de funcionamiento social y expone vulnerabilidades preexistentes (Benyakar, 1994; 2003). Los contextos disruptivos reflejan así escenarios en donde la disrupción colectiva expone la convergencia de una multiplicidad de factores, tales como ambientales, urbanos, político-institucionales, económicos, comunitarios y subjetivos en conjunción con la incidencia del factor azaroso (Michel Fariña et al., 2003).
En este sentido, la inundación de La Plata constituye un acontecimiento crítico que puede ser comprendido desde enfoques vinculados a la gestión integral del riesgo, la intervención psicosocial en emergencias y desastres, y el estudio de los efectos traumáticos y disruptivos sobre las personas, los grupos y las comunidades, temas abordados en el marco del programa de la Diplomatura en curso.
La delimitación del trabajo se centra en el análisis de las consecuencias humanas, sociales e institucionales derivadas de la catástrofe, tomando como fuente principal el documental Desamparados bajo el agua (Fernández, 2023) [1]. Este material audiovisual se complementa con bibliografía académica y documentación vinculada al evento, permitiendo reconstruir los hechos a partir de testimonios de sobrevivientes, familiares de víctimas, voluntarios, periodistas, investigadores y actores institucionales involucrados en la emergencia y en los procesos posteriores de recuperación.
Asimismo, el período analizado comprende tanto el desarrollo de la inundación como sus efectos inmediatos y mediatos, considerando especialmente las respuestas comunitarias e institucionales desplegadas durante la emergencia, las transformaciones sociales producidas a partir de ella y las posibilidades de elaboración colectiva frente al daño.
2. La inundación como contexto disruptivo: coordenadas para su análisis
Tal como se desarrolló en el punto anterior, la inundación no puede comprenderse únicamente como un fenómeno hidrometeorológico excepcional, sino como un acontecimiento crítico que produjo una ruptura abrupta en la continuidad existencial individual y comunitaria y para la vida cotidiana de miles de personas.
Desde el punto de vista científico y académico, nuestro análisis se sustenta en enfoques que comprenden los desastres como procesos complejos y no como hechos naturales aislados. En este sentido, Lavell (2003) plantea que el riesgo de desastre se construye socialmente a partir de la interacción entre amenazas y condiciones de vulnerabilidad. Siguiendo la perspectiva del autor, la inundación de La Plata puede interpretarse como el resultado de la convergencia entre una amenaza hidrometeorológica extrema y factores urbanos, institucionales y comunitarios que incrementaron la exposición y la fragilidad de la población afectada. Asimismo, los aportes de Benyakar (2003) permiten comprender lo disruptivo como aquello que irrumpe abruptamente sobre los marcos habituales de organización psíquica, vincular y social, generando efectos que exceden la capacidad ordinaria de tramitación de los sujetos y comunidades, generando desorganización, incertidumbre, pérdidas materiales, sufrimiento subjetivo, alteración de los vínculos y una profunda sensación de desamparo.
En este sentido, el desarrollo teórico-práctico que proponemos a continuación se despliega sobre tres ejes conceptuales principales: a) El arte como facilitador de la construcción de un espacio de elaboración psicosocial frente a la emergencia de lo disruptivo; b) El concepto de matriz relacional co-metabólica como guía de orientación para la toma de decisiones sobre las intervenciones transdisciplinarias en contextos disruptivos; y c) Las formas de afectación psíquica producidas por y en los contextos de impacto disruptivo.
2.1. Lo disruptivo y el arte como facilitador
El documental Desamparados bajo el agua puede ser comprendido no sólo como una fuente documental sobre los hechos, sino también como un testimonio que permite representar una experiencia colectiva extrema y altamente dolorosa, exponiendo múltiples aristas de ese acontecimiento. Por su condición y expresión artística, nos trasporta emocionalmente y permite un acoplamiento experiencial que nos ubica en tanto espectadores en el lugar de los hechos, en otro tiempo, pero facilitando una mayor cercanía empática. Esta función vehiculizada desde lo creativo y artístico facilitaría accesos a una elaboración psíquica y social que podría moderar ese real traumático e ingobernable que introduce lo traumático disruptivo (Laso y Michel Fariña, 2020). Siguiendo la propuesta de los autores, el arte cinematográfico resulta una narrativa propicia para “dar imágenes, palabras y representaciones a aquello que en principio está ausente, silenciado, rechazado” (p. 87).
Consideramos que el valor del material seleccionado radica en que el mismo permite a los damnificados y a la ciudadanía en general, observar y ver desde un afuera de la propia vivencia y experiencia una proyección de acontecimientos y efectos sufridos por ellos mismos y compartirlo con otros, logrando así el doble efecto de facilitar una vía para favorecer la tramitación social del evento, como de brindar un aporte para la construcción de una memoria histórica. Esta función elaborativa, si bien siempre resultará inacabada e incompleta, posibilita un “hacer algo más con ese dolor” que se expande en múltiples dimensiones. Como testimonio colectivo afirma que dicha catástrofe representó un punto de inflexión , “…un antes y un después de…”, que anuda un movimiento desde el pasado hacia el futuro abriendo la temporalidad y evitando su cristalización, siendo que esto permite el reconocimiento de lo sucedido, la identificación de víctimas, daños y damnificados, la descripción de las acciones e inacciones, de los impedimentos y las desidias y de sus agentes de ayuda en tanto mociones y acciones de solidaridad, compromiso, responsabilidad y competencia. Así, producciones cinematográficas como las que presenta este documental guardan la potencia para su transformación en un cuerpo de discurso social “protoelaborativo”, capaz de proyectar tanto las vicisitudes sufridas por los ciudadanos, sus puntos de apoyo y sostén, como la función esencial de la comunidad de pertenencia. Prestando, por sobretodo, “voz y escucha a lo inaudito” para y por futuras acciones preventivas y precautorias (Benyakar y Michel Fariña, 2025).
A través de las voces de los damnificados, familiares, voluntarios y actores institucionales, el material analizado habilita una aproximación sensible a lo vivido, permitiendo que aquello que resultó traumático, desbordante o difícil de simbolizar pueda ser narrado, compartido y puesto en circulación dentro de una memoria comunitaria.
Desde un marco sensible vale citar algunas de esas voces del documental a partir del relato de los propios entrevistados, quienes expresan cuestiones tales como: “…verlo en TV es una cosa, vivirlo es otra…” / “… sentí un daño irreparable …que queda impreso en uno para siempre…” / “… ¡¡¡¡¿¿¿…pero hay que esperar una catástrofe para tomar medidas y hacer las cosas necesarias…???!!!!”. Nos resulta particularmente elocuente una frase textual de un entrevistado, quien a modo de conclusión propone una referencia que pondera el valor de lo colectivo: “… solos no nos salvamos…”. Cuatro sencillas palabras que cobraron posteriormente popularidad a partir de la serie televisiva El Eternauta [2] y que contextualizadas nos permiten enlazarnos como grupo de trabajo y completarlas con un sentido y objetivo en nuestra tarea: … solos no nos salvamos, pero juntos tenemos que reflexionar sobre cómo nos organizamos, cómo nos articulamos, cómo nos comprendemos desde nuestros diferentes idiomas disciplinarios, que delimitan competencias, prácticas y saberes.
El modo en que ese “encuentro” de competencias, prácticas y saberes acontece no es sencillo, abriendo lugar a preguntas y tensiones, en especial cuando nos “encontramos” en contextos disruptivos que por definición son complejos por sus contingencias y/o sufrimiento y/o caos. El documental lo muestra, refiriendo que la inundación no se limita al momento del evento, sino que continúa operando en la memoria individual y colectiva, tal como se señala desde el enfoque del trauma psicosocial (Martin-Baró, 1990), perspectiva desde la cual se sostiene que el acontecimiento traumático colectivo no afecta únicamente a sujetos aislados sino también a las relaciones sociales, las instituciones y los modos de significar la experiencia compartida. Por ello, consideramos que en la reflexión de estas encrucijadas los lineamientos presentados en el marco de la Diplomatura nos proponen una guía propicia para considerar la complejidad de las articulaciones y abordajes posibles para los múltiples protagonistas de los contextos disruptivos a partir del concepto de “matriz relacional co-metabólica” (Benyakar y Torres Rapella, 2026), categoría que abordaremos en el apartado siguiente.
2.2. Matriz relacional co-metabólica
Se trata de un concepto complejo, el cual nos permite pensar la integración y articulación de múltiples funciones que, al abrirlas y problematizarlas, relevan y consideran los hechos, situaciones y efectos desde un diagnóstico situacional propio de los escenarios disruptivos. Dicha tarea resulta valiosa a los fines de orientarnos en la toma de decisiones sobre nuestras intervenciones, las cuales serán siempre múltiples en pos de favorecer el abordaje de la complejidad. Consideramos importante precisar cada término en sí mismo. Por “matriz” se entiende una organización compuesta por partes diversas y heterogéneas, que se constituye en un espacio de alojamiento real o virtual, donde se gesta algo que no se reduce a la suma simple de sus partes, sino a un emergente complejo de sus múltiples aristas en interrelación. Entendemos a la dimensión “relacional” en tanto aquello que involucra a todos los protagonistas y agencias incluidas y comprometidas en dicho contexto, en relación dinámica participativa.
Cabe aclarar que lo participativo no es sinónimo de consenso y aceptación, ya que puede aludir también a la participación en disenso y conflicto. Por el contrario, en los contextos disruptivos pueden coexistir solidaridad y rivalidad, cooperación y tensión, organización y desorganización. Asimismo, lo relacional se contrapone al “aislamiento” para explicitar y comprender sus riegos, sea por las tendencias literales como figuradas de aislamiento, abandono, soledad, desamparo y/o desarraigo, como así también el aislamiento teórico de las disciplinas a causa de la omnisciencia de sus saberes concentrados. El documental propone una alusión sostenida a dicha dimensión del aislamiento, delineando sus figuras y voces posibles, exponiendo sus efectos y daños, sus riesgos para la vida comunitaria y el psiquismo individual. Algunas de estas figuras están en: las lluvias excepcionales que cuyo advenimiento tiene un impacto “aislando”; el progreso inmobiliario desmesurado que opera “aislando e impermeabilizando” los suelos; la incompletud de obra hidráulica que “fragmenta” recursos utilizados invalidándolos; la falta de información que deja a un sujeto “solo y desamparado” de recursos de pensamiento para la toma de decisiones, evidenciando una “desconexión” entre las necesidades del ciudadano y las gobernanzas.
Por último, la dimensión de lo “co-metabólico” refiere al trabajo psíquico de tramitación, elaboración o “digestión” en torno a la capacidad de “pensar pensamientos”, la cual es tanto individual como compartida. El uso del término metabólico se propone en tanto metáfora de la función digestiva de la nutrición y el metabolismo orgánico, utilizándose en diversas bibliografías psicoanalíticas (tales como Benyakar, Aulagnier y Bion) para referir a procesos del funcionamiento psíquico y la capacidad de pensar pensamientos. Se enfatiza de esta forma un trabajo psíquico compartido en múltiples dimensiones -lo co-metabólico-, el cual no es mera asimilación sino una conjunción de procesos de transformación complejos que se dan tanto en el plano individual como bipersonal y grupal, intrapsíquico como intersubjetivo, entre los mismos damnificados, entre damnificados y agentes de rescate/asistencia, como entre los diferentes agentes asistenciales y de salvataje entre sí. Labor que implica compartir un trabajo de comprensión dentro de una matriz relacional de encuentros y desencuentros con lo diferente, lo nuevo, lo heterogéneo, lo extraño y lo disruptivo. Creemos comprender que nuevamente se contrapone con aislamiento para privilegiar la función elaborativa compartida y cooperativa con el otro. La función de metabolización supone operaciones muy complejas respecto a la díada ser/entorno, entre las cuales situamos el reajuste, la transformación y la restauración. Siguiendo esta perspectiva, tal como lo plantea Benyakar (2015) el procesamiento de lo vivido radicaría en aquello capaz de integrarse progresivamente en la experiencia vital de la persona. En este proceso, quienes intervienen no ocupan el lugar de “reparadores” de un daño, sino que participan como agentes que favorecen la elaboración.
En el caso de la inundación de La Plata, esta matriz relacional se observa tanto en las acciones espontáneas de ayuda vecinal como en las respuestas institucionales, en las estrategias de rescate, en los espacios de denuncia, en los procesos de memoria y en las formas comunitarias de reorganización posterior. Sin embargo, también se advierten fallas, aislamientos, descoordinaciones y tensiones entre actores. Estas dimensiones muestran que la intervención en contextos disruptivos requiere competencias transdisciplinarias, capacidad crítica y articulación entre saberes, ya que ninguna disciplina ni institución puede responder por sí sola a la complejidad del escenario.
La matriz relacional permite realizar un análisis y diagnóstico situacional que se amplía hacia una grilla de coordenadas donde tres factores entran en correlación para facilitar una comprensión dimensional y dinámica del campo de prácticas posibles. En este campo de saberes y prácticas, lo matricial nos permite pensar trans-categorialmente la multiplicidad de tensiones e interacciones que desbordan los protocolos disciplinarios, y se anudan , a saber en: las paradojas (P10) que exponen las tensiones del campo, las acciones a decidir (W10) que debemos tomar a través de hacernos las preguntas pertinentes que interpelan ese campo y las competencias a dichas prácticas (C10) y que focalizan las cualidades de coherencia, pertinencia y responsabilidad en nuestras actitudes y acciones. (Benyakar y Torres Rapella, 2026). De tal modo, la matriz relacional es a la vez la función y el lugar donde se comparten y metabolizan tensiones, acciones y herramientas disponibles. Dicha dinámica debe gestar y dar lugar a un balance o negociación entre lo aprendido, lo mejor y lo correcto para delinear nuestras intervenciones por un lado, pero por otro lado, a lo suficientemente bueno y posible de dichas intervenciones para ese contexto disruptivo.
El documental presenta una multiplicidad de aristas desde donde resulta posible aplicar lo matricial. No obstante, hemos seleccionado cuatro aspectos que no solo permiten pensar las virtudes de estos lineamientos, sino también ilustrar algunos puntos de fuga, dilemas y zonas de riesgo que expusieron a mayor daño, vulnerabilidad a la vez que podrían haber posibilitado alternativas y zonas de fortaleza.
a) Quien asiste también está afectado (P2): Consideramos que en el caso trabajado los riesgos y la siniestralidad del cuadro crecía exponencialmente por muchos factores agravantes, donde el caos aumentaba el contexto contingente de lo disruptivo y los roles de ayuda y cuidado se alteraron y mezclaron entre damnificados y con agentes profesionales de rescate. Los escenarios disruptivos enfrentan al personal asistencial y de ayuda con peligros que conllevan enfrentar muerte, lesiones, cansancio, impotencia, incertidumbre, dolor, sufrimiento, violencia, crueldad activa del entorno o de la propia de la catástrofe. En el documental, un entrevistado cuenta con rostro contorsionado y voz entrecortada como la cuerda que le tiró no alcanzó a salvarlo de la correntada al vecino: “…se me fue, no lo pude jalar….”. Paradoja frente a la cual correspondería abrir el interrogante respecto a dónde sería la prioridad de atención y asistencia y qué competencia instrumentar in situ (Benyakar, 1995).
b) Prepararse para lo imprevisible - Principio precautorio (P3): ¿Cómo prepararse para lo incierto y lo imprevisible? La preparación ante las catástrofes no sigue el principio preventivo -aquel que sabemos que puede suceder-, sino el principio precautorio -aquel de la imprevisibilidad de las circunstancias y que requiere un entrenamiento en lo incierto. Los sucesos acaecidos, recuperados a partir de los relatos y testimonios que la narrativa del documental ofrecen, describen la sumatorias de contingencias imprevisibles que sumaron riesgo, daño, y aislamiento, evidenciando que desde lo preventivo tuvieron lugar cuestiones propias de negligencia e impericia. La inundación evidencia que los desastres deben tener una gestión de riesgos y abordarse desde lógicas que contemplen escenarios inciertos, entrenar respuestas flexibles y fortalecer capacidades comunitarias e institucionales. En este sentido, la “Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres” (a través del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030), sostiene que la reducción del riesgo requiere ante todo fortalecer la comprensión del riesgo, la gobernanza, la preparación, la respuesta y la reconstrucción con criterios de prevención, preparación, respuesta, recuperación y fortalecimiento institucional y comunitario. A partir de ello, la pregunta que emerge es si es necesario esperar la catástrofe para tomar medidas, o si resulta posible construir una cultura de preparación, prevención, cuidado y responsabilidad antes de que el daño se produzca. Por ello, la tragedia objeto de nuestra indagación resulta un punto de inflexión para pensar dicho interrogante, introduciendo un antes y un después, gestionado y anclado por la propia comunidad ciudadana. Si volvemos al documental, a partir de los diferentes relatos de los entrevistados es posible advertir momentos en donde se distorsiona la gestualidad y la voz, como si la acción misma de filmación activara y reavivara la experiencia emocional en el cuerpo y esta “calara más hondo”, favoreciendo la emergencia de posibles remanentes emocionales del sufrimiento y de lo disruptivo aún presentes en los individuos.
c) Entre solidaridad/rivalidad y entre voluntarismo/profesionalismo (P8y9): En ambos casos se trata de tensiones corrientes frente a escenarios de esta índole, las cuales requieren ser pensadas en conjunto. Consideramos que las mismas efectivamente afectaron al caso propuesto para nuestro análisis, confrontando y obstruyendo acciones entre grupos de ayuda y grupos políticamente agrupados. Se trata de tensiones capaces de agravar negativamente los efectos y potenciar un mayor daño y vulnerabilidad en la población. Ante esto, la ayuda espontánea y voluntaria resulta valiosa y muchas veces indispensable en las primeras horas de una emergencia; sin embargo, también requiere orientación, coordinación y supervisión para evitar intervenciones desorganizadas o potencialmente iatrogénicas. En contextos de alta complejidad, el compromiso solidario necesita articularse con saberes técnicos, criterios éticos, responsabilidad institucional y competencias específicas de intervención. No obstante, creemos importante destacar que el potencial elaborativo de lo disruptivo puede iniciarse o articularse desde estas acciones de espontánea solidaridad, en tanto en la coyuntura de las inundaciones de La Plata efectivamente atenuaron la contingencia y el daño a la vez que en diferido podrían haber potenciado y empoderado a la población y agrupaciones comunitarias a prepararse y entrenarse por sí mismas para situaciones de prevención y cuidado. Ejemplo válido para -retomando la propuesta de Benyakar- reafirmar que el concepto de lo disruptivo aloja tanto una potencialidad tanto elaborativa como destructiva.
La inundación de La Plata muestra que el desastre no puede ser entendido como un hecho aislado de la naturaleza, sino como el resultado de la interacción entre una amenaza hidrometeorológica y condiciones de vulnerabilidad previamente existentes. La urbanización desordenada, las limitaciones de la infraestructura hidráulica, la insuficiencia de los sistemas de alerta, las dificultades de coordinación institucional y la desigual disponibilidad de recursos configuraron un escenario en el cual la lluvia extraordinaria produjo efectos devastadores. Lavell (2003) permite fundamentar esta lectura al sostener que los desastres expresan procesos históricos y sociales de construcción del riesgo, vinculados con las formas de ocupación del territorio, la desigualdad y la fragilidad institucional.
Asimismo, la dimensión bioética del caso permite interrogar las decisiones adoptadas en escenarios de urgencia, escasez e incertidumbre. La priorización de rescates, la distribución de recursos, el acceso equitativo a la asistencia, la protección de personas vulnerables, el derecho a la información y la responsabilidad institucional constituyen aspectos éticos centrales en este tipo de eventos. Potter (1971) concibe a la bioética como un puente orientado a la protección de la vida en escenarios complejos, mientras que Maliandi, & Thüer (2008) aportan una reflexión sobre los principios bioéticos y su aplicación en contextos de decisión práctica. Desde esta perspectiva, la inundación de La Plata evidenció que la ausencia de previsión, la descoordinación inicial y la falta de información clara pueden profundizar la vivencia de abandono y aumentar la vulnerabilidad de la población afectada.
La cuestión de la vulnerabilidad resulta un aspecto de análisis tan interesante como extenso, excediendo el objetivo y tema de nuestro trabajo. Sin perjuicio de ello, consideramos atinado retomarlo desde la paradoja 2, planteada en pos de pensar la exposición y el agotamiento de los equipos de ayuda y asistenciales como parte de la gestión de riesgos en tanto prevención y precaución. El sufrimiento de los equipos asistenciales produce afectación de la capacidad de compromiso, empatía o responsabilidad, tanto por la gravedad del cuadro disruptivo como por las condiciones individuales preexistentes de dichas personas. Debemos alertar que la propia vulnerabilidad psíquica de un sujeto, podría potenciarse tanto desde el contexto disruptivo en sí mismo, como por las condiciones de vulnerabilidad social y disruptiva del desastre o por aspectos intrapsíquicos personales que pueden implicar diferentes instancias. A los efectos de señalar una de ellas, resulta posible considerar a la vulnerabilidad como una contrapartida o formación reactiva de una excesiva idealización al servicio de la tarea, que socialmente se encuentra hipervalorada. Se suele hacer referencia a ella en tanto altruismo y denota la necesidad de ser gestionada y dosificada, en tanto puede pasar inadvertida por el sujeto mismo, por sus pares o superiores supervisores. Esto permite introducir la importancia de la advertencia e identificación de los procesos de desgaste y fragilidad que deben tener presentes los compañeros que constituyen los equipos asistenciales y de rescate. En el tema de cómo cuidar al que cuida, tanto el bombero, como el psicoanalista, o el enfermero deben detectar la vulnerabilidad en su colega que se desempeña en el campo y actuar en consonancia.
Los contextos disruptivos no solo fracturan espacios físicos, servicios o infraestructuras sino también subjetividades, vínculos, entornos, y modos de habitar el mundo, afectando seriamente la vivencia de continuidad existencial subjetiva y de comunidad. La capacidad crítica (C10) de los equipos, que alude directamente a la capacidad entrenada de pensar pensamientos desde la matriz relacional, resulta un eje esencial frente a los dilemas que emergen en los contextos disruptivos, frente al sufrimiento social y humano. Continuidad, compromiso, constancia son competencias que funcionan -siguiendo la propuesta de Benyakar- muchas veces más por vía de la “presencia” en modo silencioso y de bajo perfil que por la vía de la “demanda”. La coparticipación y la co-metabolización son procesos complejos de múltiples elementos de transformación del psiquismo y del entorno que en reiteradas ocasiones trascurren en forma implícita, sin que nos demos cuenta y sin evidencias manifiestas.
Por último, los cuerpos asistenciales son equipos heterogéneos de competencias que actúan a tiempos diferentes de intervención. No obstante, es dable considerar que existirían funciones compartidas donde simples, oportunas y mínimas habilidades y competencias son y podrían ser implementadas por todos, posibilidad que aporta un sustituto posible para contener en condición de ausencia del profesional especializado. Así se entiende que el CITED proponga una formación más transversal que nos abarque a todos, activando una sensibilidad compartida sobre ciertos temas que autoricen en cada uno, una mirada observadora, empática y de pensamiento flexible y crítico.
2.3. Efectos y manifestaciones de lo disruptivo en el funcionamiento psíquico
Tal como venimos sosteniendo, el impacto de una catástrofe no se expresa de manera uniforme en todas las personas, ya que depende de los recursos psíquicos previos, de las redes de contención, de la historia subjetiva, del entorno y de las condiciones concretas en las que cada sujeto atravesó el acontecimiento. Sin embargo, es posible reconocer diferentes formas de afectación vinculadas a la desorganización, la desregulación y la desarticulación emocional.
La desorganización puede comprenderse como la reacción psíquica al impacto de estrés y como respuesta normal ante lo anormal. Muestra que la unidad psico-somática tiene capacidad por su flexibilidad de amortiguar impactos a partir de recursos conocidos o de la potencialidad de construcción de recursos nuevos. La irrupción del agua, la pérdida de bienes, el peligro de muerte, la separación de familiares y la incertidumbre pudieron generar respuestas de confusión, angustia, temor o dificultad para organizar acciones inmediatas. Esta lectura se vincula con los aportes de Benyakar (2003), quien diferencia la irrupción disruptiva de la mera exposición a un evento externo, destacando la relación entre acontecimiento, subjetividad y capacidad de elaboración.
La desregulación emocional alude a una menor capacidad adaptativa y a la presencia de distintas figuras de lo ominoso, manifestadas en la cualidad y expresión de la angustia, la vivencia de alarma, sensaciones de despersonalización y/o desproporción en atributos frente a una amenaza. Comprende mayor grado de disfuncionalidad, en cuanto conlleva a la aparición de vivencias intensas de angustia, amenaza, desamparo o extrañeza frente a lo ocurrido. En los testimonios de los damnificados se advierte que el evento no sólo produjo miedo durante la emergencia, sino también marcas subjetivas posteriores, vinculadas al recuerdo, y aparición por ejemplo, de ansiedad o insomnio frente a la lluvia.
La desarticulación entre representación y afecto determina un funcionamiento psíquico a predominio de disociaciones y escisiones, donde no opera un modo funcional, flexible y plástico que permite afrontar situaciones y desplegar autoregulaciones psíquicas. El psiquismo empieza a separar vivencias “como a granel”, apelando a defensas masivas e indiscriminadas, a vivencias de amenazas internas y externas sin lograr integración y funciona a déficit al no articular representación y afecto. Este cuadro de situación puede conllevar efectos a largo plazo, tales como trastornos crónicos del comportamiento, conductas de evitación u obsesivas crónicas, riesgo suicida, tendencias impulsivas o de adicción o búsquedas desorganizadas para apaciguar las vivencias de vacío, incertidumbre o desamparo con compensaciones patológicas.
En este marco, consideramos que la intervención transdisciplinaria adquiere un valor central. Los contextos disruptivos requieren la articulación de múltiples campos: salud, educación, defensa civil, gestión pública, comunicación, psicología, trabajo social, bioética, urbanismo y comunidad. Cada disciplina aporta una mirada parcial, pero ninguna resulta suficiente de manera aislada. Morin (1994) sostiene que el pensamiento complejo exige articular saberes, reconocer la incertidumbre y superar las fragmentaciones reduccionistas. Desde esta perspectiva, la complejidad del desastre exige construir una sensibilidad compartida, una capacidad de escucha, una lectura crítica del escenario y una disposición para promover intervenciones sostenidas en la responsabilidad, la pertinencia y la cooperación.
La fundamentación científica del análisis permite sostener que la intervención en contextos disruptivos requiere superar las lecturas fragmentadas del desastre. Nuestro objetivo es dirigir y transformar un dolor inenarrable, horroroso o intenso que inunda y fractura al sujeto, en modalidades más atenuadas del sufrimiento dentro de una historia y una temporalidad. Así como también consideramos necesario reconsiderar en cada contexto disruptivo cómo aportar recursos frente a los hechos fácticos que vulneran. El potencial de lo disruptivo sigue presente y lamentablemente no parece disminuir, pero si nuestra labor y competencias se alejan de su destino destructivo y se acercan a las funciones elaborativas habremos ganado terreno en esta batalla.
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