Introducción
El temporal que afectó a las localidades de Zárate y Campana el 15 de mayo de 2025 constituyó un evento de gran magnitud que provocó inundaciones masivas, importantes daños materiales, evacuaciones y pérdidas humanas. La intensidad de las precipitaciones y el impacto producido sobre la vida cotidiana de la población configuraron una situación de emergencia que requirió una respuesta inmediata por parte de múltiples actores e instituciones. Este escenario puso en tensión tanto las capacidades institucionales de coordinación y acción como los recursos subjetivos y comunitarios disponibles para afrontar sus consecuencias. Resulta relevante señalar que las inundaciones constituyen un fenómeno recurrente en esta región, aunque con diferentes niveles de intensidad. Esta particularidad permite interrogar de qué modo las experiencias previas incidieron en los recursos subjetivos, comunitarios e institucionales disponibles para responder al impacto inmediato del evento y a sus efectos posteriores.
El análisis de este evento desde el Modelo de lo Disruptivo (Benyakar, 2003) permite considerar la irrupción de un acontecimiento que excede los marcos lineales de respuesta y genera efectos que trascienden el daño material. Asimismo, su abordaje se inscribe en la perspectiva de la complejidad propuesta por Edgar Morin (2005), al requerir una mirada que contemple la interacción entre múltiples actores, dimensiones y niveles de intervención. Desde esta perspectiva, resulta posible reflexionar sobre las modalidades de intervención desplegadas durante la situación emergente, los desafíos y tensiones de la articulación entre distintos actores y las implicancias subjetivas que esta experiencia produjo tanto en las personas afectadas como en quienes participaron de las tareas de asistencia. En particular, se recuperan las experiencias relatadas por integrantes de Cáritas Diocesana de Zárate-Campana y de Bomberos Voluntarios, quienes tuvieron una participación activa en las acciones de asistencia y acompañamiento durante la emergencia y tras el descenso del nivel del agua.
En este marco, se abordan algunos de los interrogantes que surgen de este caso, poniendo en diálogo los aportes conceptuales del Modelo de lo Disruptivo con una situación concreta de intervención. Para ello, se recuperan también testimonios en primera persona de algunas de las personas afectadas por el temporal, cuyas experiencias permiten aproximarse a los modos singulares en que el acontecimiento fue vivido, atravesado y significado.
A partir de estos testimonios, el análisis considera las modalidades de intervención y las tensiones propias de estos escenarios, atendiendo a las dimensiones subjetivas, comunitarias e institucionales involucradas. La matriz de Paradojas, Preguntas y Competencias del Modelo de lo Disruptivo permite organizar este análisis y explorar las condiciones y desafíos que atraviesan las intervenciones en contextos de catástrofe.
La inundación Zárate-Campana (2025): delimitación del evento disruptivo
La magnitud de la inundación ocurrida en Zárate-Campana puede dimensionarse a partir de algunas características del fenómeno. En menos de 48 horas se registraron más de 500 mm de lluvia acumulada en una cuenca de aproximadamente 70 kilómetros cuadrados, lo que produjo un rápido ascenso de los niveles de agua. A ello se sumaron determinadas características de la planificación territorial y del desarrollo de la cuenca que habrían contribuido a incrementar la vulnerabilidad de la zona frente a un evento de estas características.
Si bien el río Paraná se encontraba en niveles bajos y no llegó a desbordar, el anegamiento se produjo principalmente por el desborde del Arroyo de la Cruz y otros cursos de agua locales. El avance del agua atravesó las rutas nacionales 9 y 6, extendiendo el impacto hacia amplios sectores de Zárate y Campana.
Según datos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), Zárate fue una de las localidades más afectadas, con acumulados cercanos a los 400 mm en algunos sectores. El agua superó el metro de altura en numerosos barrios y, en las zonas más vulnerables, llegó a cubrir viviendas casi por completo. Asimismo, la Ruta Nacional 9 permaneció intransitable durante varias horas, dejando vehículos y transportes varados.
Las consecuencias humanas y sociales fueron significativas. Más de 3.000 personas debieron ser evacuadas y asistidas en centros habilitados por el municipio, organizaciones comunitarias y parroquias locales. Entre las zonas más afectadas se encontró el barrio San Cayetano, donde numerosas familias perdieron la totalidad de sus pertenencias, incluyendo colchones, electrodomésticos y documentación personal.
El temporal dejó además un saldo de al menos dos víctimas fatales y varias personas desaparecidas durante el desarrollo de la emergencia. La magnitud de los daños y la alteración abrupta de la vida cotidiana permiten dimensionar el alcance de un acontecimiento cuyo impacto excedió las pérdidas materiales e incidió también en las dinámicas subjetivas, familiares y comunitarias de la población afectada.
Intervenciones y tramas de sostén frente a lo disruptivo: el caso de la inundación de Zárate-Campana
Desde el Modelo de lo Disruptivo, el impacto subjetivo de la inundación de Zárate-Campana puede pensarse a partir de cuatro dimensiones. En primer lugar, las características del evento, vinculadas a los aspectos fácticos: precipitaciones extraordinarias, anegamientos masivos, evacuaciones, pérdidas materiales, humanas y una alteración abrupta de la vida cotidiana. En segundo lugar, las cualidades del evento, es decir, la forma en que cada actor involucrado interpretó de forma relacional y subjetiva lo sucedido. Mientras algunos lo vivieron como “la peor inundación de sus vidas”, otros la significaron como una experiencia más dentro de una historia de inundaciones recurrentes en la zona. Benyakar afirma: “Las cualidades del fenómeno fáctico se remiten al modo e intensidad en que estos pueden afectar el procesamiento psíquico” (2024, p. 2). En este sentido, referir a las cualidades del evento requiere dar cuenta de que no son absolutas. En tercer lugar, las condiciones psíquicas del individuo, que remiten a los recursos subjetivos y al entramado vincular e institucional disponible para afrontar la situación. Finalmente, los atributos otorgados al evento dan cuenta del significado singular que cada persona construyó a partir de la experiencia. Como establece Benyakar, retomando a Freud: “Yo lo utilizo al modo en que lo hizo Freud, como el juicio subjetivo movido por componentes conscientes e inconscientes de la persona, respecto a un hecho fáctico” (2024, p. 4). Para algunos implicó la pérdida de bienes materiales, mientras que para otros significó la pérdida de recuerdos, de fotografías o de objetos con un profundo valor afectivo, transformando la inundación en una experiencia con sentidos diferentes para cada sujeto.
Este aspecto del análisis desde el Modelo de lo Disruptivo articula con la paradoja denominada Traumatogénesis de acople. Esta paradoja muestra que el carácter traumatogénico no reside exclusivamente en la inundación como hecho objetivo, sino en la articulación entre las características del evento, los recursos subjetivos y los significados singulares que cada persona le atribuye.
La inundación que afectó a distintos municipios de la diócesis de Zárate-Campana constituyó un evento disruptivo de gran magnitud que requirió la movilización simultánea de organismos estatales, organizaciones comunitarias e instituciones de la sociedad civil.
El análisis integra testimonios de personas damnificadas, de integrantes de Bomberos Voluntarios y de miembros de Cáritas Diocesana —tanto en roles de coordinación como de asistencia directa—, y los analiza desde la matriz de Paradojas (Ps), Preguntas (Ws) y Competencias (Cs) del Modelo de lo Disruptivo desarrollado por el Dr. Benyakar.
Esta matriz no opera de manera lineal. Como señalan los Lineamientos para la intervención (2026), su propósito no es cerrar las lecturas posibles del evento sino “establecer espacios de análisis de los eventos disruptivos que contribuyan a la aplicabilidad del modelo” (p. 10). Lo disruptivo, en tanto concepto transdisciplinario, es “aplicable a distintos campos (jurídico, social, educativo, sanitario, entre otros), en la medida en que se aborde específicamente el objeto de estudio, las características del impacto, las condiciones del objeto que reacciona y el proceso que desencadena” (p. 31). Desde esta perspectiva, la inundación no afectó únicamente a la población damnificada: impactó también sobre las instituciones y sobre quienes integraron los dispositivos de respuesta.
P1. Traumatogénesis de acople
La condición traumatogénica no surge únicamente del acontecimiento disruptivo: emerge del acople entre la magnitud del evento, los recursos elaborativos de los sujetos y las redes de sostén disponibles. El impacto subjetivo no fue homogéneo entre las más de 3.200 personas evacuadas; estuvo mediado por las posibilidades de afrontamiento individuales, familiares, comunitarias e institucionales.
Las pérdidas materiales —viviendas dañadas, pertenencias destruidas, bienes inutilizables— se entrelazaron con afectaciones subjetivas de intensidad variable. La expresión “perdimos todo” apareció con recurrencia como síntesis de la experiencia. Eva relata: “Fue la inundación que más me afectó, perdí todas mis cosas, papeles, ropa, etc. y estuve mucho tiempo con depresión sin poder salir de mi casa”. Liz señala: “Lo más duro fue perder todas mis cosas”. Morena Fenestrá, vecina del barrio Santa Lucía, agrega: “La verdad que fue muy desastroso. Nosotros perdimos todo. Fue muy duro porque pensar que de la nada la corriente se llevó todo”. En su relato, Morena señala el nivel que alcanzó el agua mostrando la marca que dejó en su vivienda: esa huella material es también la inscripción física de la experiencia vivida en el espacio doméstico.
Esta expresión —“de la nada la corriente se llevó todo”— no debe reducirse a su dimensión material. Como señala el Dr. Benyakar en “Desestabilización, desregulación, desarticulación estresogénico” (2024): “Al no existir el recuerdo de lo no representado, en un psiquismo maduro, la función del relato será apaciguar el dolor de la nada” (p. 3). La pérdida de objetos, espacios y rutinas es una experiencia de vaciamiento que el relato intenta tramitar. Lo material —muebles, ropa, documentos, la casa misma— constituye puntos de estabilidad para poblaciones estructuralmente vulnerables; perderlo no es solo perder bienes, sino perder anclajes de identidad y seguridad. Por eso algunas personas se resistían a evacuar aun cuando tenían dónde ir. Guadalupe Carrazá, vecina del barrio Santa Lucía, lo enuncia con claridad: “Nosotros no queríamos dejar la casa acá, el lugar, porque encima que nos inundamos nos querían robar: esa era la otra, y cuidar lo poco que quedaba”. Esta resistencia no expresa falta de colaboración, sino la centralidad del espacio doméstico como soporte subjetivo y la doble vulnerabilidad que caracteriza a estas poblaciones: la del evento en sí y la del contexto socioeconómico en que ocurre.
El relato de Matías ilustra lo que Louis Crocq describe como “la presencia inopinada de la nada, en la fulgurancia de una síncopa de tiempo” (p. 17): “Lo más triste, y no me lo voy a olvidar nunca, es ver a mis hijos mojados, con frío y miedo, y a mi señora asustada, sin saber qué hacer ni dónde ir”. Agrega: “Corté la luz y tratamos de subir lo que pudimos, di vuelta la heladera y metí los tres chicos adentro, mojados con frío y miedo, y nos fuimos a lo de un vecino donde estuvimos cuatro días”. Graciela Coria, otra vecina del barrio, describe esa misma temporalidad de irrupción: “Fui a buscar harina para hacer unas tortas fritas y cuando salgo a la galería ya estaba el agua. Mi hija va para el dormitorio y ya estaba todo lleno de agua. Fue un segundo que subió el agua”. La velocidad de la irrupción —sin tiempo para procesar, sin posibilidad de anticipar— es constitutiva de la experiencia traumática: no hay intervalo entre la normalidad y la catástrofe. En esa síncopa, ambos actuaron: resguardaron a quienes dependían de ellos, se desplazaron, sostuvieron la desorientación. La resolución precaria es ya una forma de tramitar lo disruptivo, posibilitada por la presencia de otros que acompañan y permanecen disponibles.
La intervención de Bomberos y Cáritas opera sobre las condiciones del acople, no sobre el evento ya ocurrido: amplía redes de sostén, reduce la soledad y ofrece recursos que moderan el impacto subjetivo. Vale precisar que la inundación no fue provocada por el desborde del río sino, según refiere Rafael, integrante de la Unidad Civil de Emergencia de Zárate, por el desborde del arroyo San Antonio Areco y de otros cursos de agua menores de la zona. Esta distinción no es menor: señala que el evento disruptivo tuvo un origen relativamente acotado que, sin embargo, produjo un impacto de gran escala sobre barrios con desniveles topográficos significativos —como Santa Lucía, aproximadamente un metro y medio por debajo del nivel de la ruta—. Rafael agrega que el agua llegó al borde del portón del oratorio Santa Lucía, espacio comunitario de referencia para el barrio: “Acá dentro se perdió todo, se perdió todas las cosas y no quedó nada”. La pérdida del oratorio no es solo pérdida material: es la afectación de un espacio de encuentro y sostén colectivo, lo que amplifica el impacto subjetivo sobre la comunidad.
P2. Quien asiste también está afectado
Quienes brindan asistencia también se encuentran expuestos a los efectos del acontecimiento. Bomberos Voluntarios y Cáritas desarrollaron sus tareas en un contexto atravesado por la urgencia, la incertidumbre y la percepción permanente de que las necesidades superaban los recursos disponibles.
Una integrante del cuerpo de Bomberos expresa que, aun contando con protocolos, roles definidos y experiencia de trabajo en equipo, “suele tener sensaciones de insatisfacción, de que podría haber dado más de sí”, especialmente cuando no resulta posible responder a todas las demandas de las familias damnificadas. Cumplir el rol no cancelaba la insatisfacción, porque la demanda en el campo excede estructuralmente las capacidades institucionales de respuesta inmediata. Esta distancia entre el deseo de ayudar y los límites reales de la intervención es una fuente frecuente de desgaste emocional.
Una voluntaria de Cáritas refiere: “Como voluntarios no habíamos recibido capacitación específica para brindar contención emocional, por lo que para los voluntarios era bastante difícil poder contenerlos”. Las visitas domiciliarias la confrontaron con relatos de pérdida y sufrimiento que excedían las herramientas disponibles. Para el referente de conducción diocesana, la afectación fue de otro orden: la responsabilidad de decidir qué podía hacerse, cuándo y con qué recursos generó una carga que excedía el contacto emocional directo con los damnificados.
Estos testimonios muestran que la afectación de quien asiste no es secundaria ni meramente individual: es parte constitutiva del escenario disruptivo. Contener al equipo es tan importante como contener al damnificado. Laura Espontón, secretaria de Cáritas Zárate-Campana, nombra con precisión la experiencia desde un rol de conducción: “Lo que más me invadió fue la angustia y la impotencia. La angustia de que solo estábamos poniendo un parche, de que no íbamos a poder solucionar del todo el problema, que muy probablemente les vuelva a pasar, y la desesperación de tratar de hacerlo lo más rápido posible y de poder llegar a la mayor cantidad posible de gente”. Esta formulación condensa tres capas simultáneas de afectación: la urgencia operativa, la conciencia del límite estructural de la intervención y la anticipación del retorno del evento. La angustia no surge solo del contacto con el sufrimiento ajeno, sino de saber que la ayuda es parcial e insuficiente frente a un problema que excede las capacidades de cualquier organización. Laura agrega, sin embargo, que “siempre había un espacio para el agradecimiento y para la solidaridad”: ese reconocimiento de los damnificados funciona también como sostén para quienes asisten y forma parte de la dimensión vincular de la coparticipación.
Bomberos Voluntarios realizó, al finalizar el operativo, una reunión grupal de evaluación en la que los integrantes compartieron percepciones, analizaron fortalezas y aspectos a mejorar. La institución cuenta además con un área de Psicología de la Emergencia para el acompañamiento y derivación de integrantes con consecuencias psicológicas derivadas de eventos críticos. Cáritas, en cambio, no contaba con dispositivos equivalentes de cuidado para sus voluntarios, lo que evidencia una brecha institucional a desarrollar.
W — Warding off: ¿Ante qué debe prepararse el equipo? El diagnóstico en campo se inició el mismo domingo de la emergencia, entrenando a los equipos para lo imprevisible. La aplicación del principio precautorio —anticipar el impacto sobre los intervinientes y prever dispositivos de sostén— resultó una condición para sostener la intervención en el tiempo.
C2 — Contención: Ofrecer holding para contener las angustias emergentes en los equipos es condición de posibilidad de la tarea, no un complemento de ella.
P7. Más afectados que recursos
Esta paradoja refiere a la desproporción entre la cantidad de personas que experimentan consecuencias psicosociales tras un evento disruptivo y los recursos especializados disponibles para su atención. La magnitud de la inundación produjo un número de personas afectadas cuyas necesidades excedían ampliamente la disponibilidad de recursos materiales y humanos de las organizaciones intervinientes.
Cáritas reconoció tempranamente los límites de sus capacidades operativas y decidió no intervenir en las tareas de rescate, articulando su acción con actores especializados: Bomberos Voluntarios, Defensa Civil y servicios municipales. El testimonio de Rafael, integrante de la Unidad Civil de Emergencia de Zárate, ilustra cómo operó concretamente esa articulación: “Estuvimos trabajando con la gente de Cáritas el día 3, ayudando a la asistencia casa por casa, haciendo un censo y preguntando qué necesitaba cada familia”. Esta modalidad de relevamiento compartido —institución de emergencia y organización eclesial actuando en conjunto— permitió distribuir recursos de manera planificada y diferenciada según las necesidades de cada hogar: colchones, frazadas, ropa y productos de limpieza. Rafael señala además un dato operativamente relevante: “Más que nada la gente pedía productos de limpieza y abrigo, porque otra cosa no necesitaban. Estaban bien asistidas. Había ollas populares, había comida que traían muchas personas”. Esto indica que, hacia el día 3, la red comunitaria y las ollas populares habían cubierto las necesidades alimentarias más urgentes, y que las demandas se habían desplazado hacia insumos de recuperación de la habitabilidad. Leer esa especificidad es parte de la competencia de intervención en lo disruptivo. A su vez, durante las visitas barriales, muchas personas aprovechaban el encuentro con voluntarios y referentes comunitarios para narrar sus experiencias y dar cuenta del impacto sobre sus vidas. La recurrencia de relatos vinculados a pérdidas, incertidumbre y desorganización de la vida cotidiana mostró que la recuperación requería algo más que ayuda material.
Si no se reconoce esta desproporción estructural, los equipos colapsan y se instala la culpa por “no alcanzar”. La salida no está en intensificar la atención individual sino en trabajar en red con multiplicadores locales. Los testimonios muestran cómo se activó esa red: “Cáritas, el Jardín, la Escuela y Manos en Acción nos traían ropa, el Municipio nos daba comida caliente”; “Tanto la parroquia como el municipio están atentos: solos no estamos”; “Siempre pasan a pesar que ya pasó más de un año, preguntando cómo estamos”. Cáritas funcionó como articulador: no resolvió todo, pero sostuvo presencia, identificó referentes barriales y coordinó con escuelas y parroquias. Sin esa constancia, el trabajo en red queda en una acción puntual y se pierde.
W — Who else: ¿Quiénes más pueden intervenir? La pregunta obliga a mirar más allá del equipo propio: vecinos referentes, parroquias, escuelas, organizaciones barriales, promotores comunitarios. No es delegar, es amplificar la respuesta. El testimonio de Morena lo ilustra con precisión: “La primera asistencia fueron los vecinos, que se fueron ayudando entre todos. Cuando el agua empezó a subir, que a mi mamá le llegó al cuello, recibí ayuda de mis hermanos que la llevaron a cococho, y con la ayuda de los vecinos íbamos tratando de sacar a las mujeres, a los niños, que el agua ya directamente los tapaba”. Los vecinos actuaron antes que cualquier institución: son el primer eslabón de la red y, en muchos casos, el más decisivo en la fase aguda.
W — Ways: ¿Con qué medios se lleva a cabo la intervención? Se adaptaron las técnicas sin perder el encuadre ético. Se priorizó la atención por presencia en la parroquia y se focalizaron las donaciones en insumos no perecederos ante el desborde de ropa usada. El testimonio de Graciela Coria agrega una dimensión concreta de esta adecuación: “Empezó a traer ropa grande porque le pedí, porque había mucha ropa pero era toda para gente finita y acá somos todos medio gorditos. Y ahí empezaron a traer ropa de Cáritas grande para la gente”. La respuesta diferenciada no es un detalle logístico: es la condición para que la ayuda llegue efectivamente a destino y no reproduzca la invisibilidad de quienes ya estaban en los márgenes antes del evento.
Cs — Constancia: Cáritas estuvo dos meses después de la inundación trabajando en territorio. Esa presencia sostenida es lo que permite activar y mantener la red, y detectar necesidades que no son visibles en la fase aguda.
P8. Entre solidaridad y rivalidad
Los escenarios de catástrofe movilizan importantes expresiones de solidaridad, pero también pueden dar lugar a tensiones entre los distintos actores involucrados. La respuesta requirió la articulación entre Cáritas, Bomberos, Defensa Civil, parroquias y otras organizaciones presentes en el territorio. La coexistencia de múltiples instituciones con lógicas, responsabilidades y recursos diferentes hizo necesaria una coordinación permanente para evitar superposiciones y optimizar esfuerzos.
Una tensión significativa emergió en la relación con el Estado. Desde las organizaciones no estatales se expresó: “Confunden lo que le corresponde al Estado y nos hacen cargo”. Fue necesario diferenciar responsabilidades institucionales, comunitarias y de los equipos intervinientes. Los testimonios muestran tiempos de respuesta dispares: “Los primeros que llegaron fueron el Municipio con agua y Defensa Civil para sacar las personas”; “Después de tres semanas volvieron de Defensa Civil con camiones para sacar todo lo que perdimos”. Esta demora genera frustración cuando no hay comunicación clara. La solidaridad de Cáritas y Bomberos, rápida y cercana, corre el riesgo de absorber responsabilidades estatales si no se delimita con claridad, lo que deriva en agotamiento y resentimiento.
No se registraron expresiones de rivalidad directa entre damnificados, pero sí hubo superposición de actores: algunas personas recibían recursos repetidos mientras otras no recibían nada. La clave estuvo en explicitar: esto le corresponde al Estado, esto a la comunidad, esto al equipo interviniente.
W — Whose: ¿De quién es cada responsabilidad? Delimitar quién hace qué evita el “nos hacen cargo de todo” y la dispersión de esfuerzos.
C1 — Compromiso: Cáritas y Bomberos Voluntarios sostuvieron la presencia sin prometer lo que no podían cumplir. Comprometerse con lo sostenible en el tiempo evita el desgaste y la pérdida de credibilidad.
C5 — Coparticipación interinstitucional: Trabajar con otros actores, no por encima ni compitiendo. Se logró sostener la respuesta porque hubo comunicación clara, delimitación de roles y construcción de acuerdos.
C6 — Coherencia: Mantener una dirección asistencial ética clara entre instituciones con lógicas distintas. Sin coordinación, eso lleva a superposición o a que cada actor “tire para su lado”.
P9. Entre voluntarismo y profesionalismo
El evento permite reflexionar sobre la tensión entre voluntarismo y profesionalismo. La participación solidaria de la comunidad constituye un recurso fundamental en contextos de catástrofe, pero la intervención sin un encuadre adecuado puede generar efectos iatrogénicos o incrementar la vulnerabilidad de las personas afectadas. Durante la respuesta fue posible diferenciar el lugar de los voluntarios espontáneos del de los equipos específicamente formados. Esta distinción no implica una valoración jerárquica, sino el reconocimiento de responsabilidades, niveles de exposición y competencias diferentes.
La voluntaria de Cáritas señala que los voluntarios no contaban con formación específica en contención emocional. Los testimonios de los damnificados revelan la diferencia entre la ayuda afectiva, sostenida por Cáritas y Bomberos Voluntarios, y la ayuda técnica del Estado, que se retiró cuando bajaron las aguas: “Estamos muy agradecidos con todos los que estuvieron y están porque no se olvidan... siempre pasan”; “El Municipio nos dio colchones pero cuando bajó el agua no vinieron más”.
En este sentido, el caso pone de relieve la importancia de sostener un encuadre claro, con delimitación de roles, tiempos y objetivos. Cuando estas coordenadas se desdibujan o no son revisadas críticamente, la intervención puede volverse iatrogénica: aparece el “hacer por hacer”, el desgaste, la omnipotencia o el abandono prematuro. Las preguntas que esta paradoja instala son operativas: ¿Estamos haciendo contención emocional sin estar formados para eso? ¿Hasta dónde llega mi rol y cuándo debo derivar? ¿Qué pasa si no nos hacemos estas preguntas? Sin esa revisión, la intervención sin encuadre se repetirá en futuras crisis.
C1 — Compromiso: No se trata de “hacer todo lo posible hasta caer”, sino de sostener un compromiso realista, apoyado en un encuadre que delimite roles, tiempos y alcances. Se trata de sostener aquello que efectivamente puede mantenerse en el tiempo, sin generar expectativas que luego no puedan ser acompañadas.
Cs — Capacidad crítica: Implica revisar permanentemente el propio rol y el impacto institucional durante y después de la intervención. La buena voluntad, por sí sola, no alcanza: cuando el encuadre se desdibuja o no es objeto de reflexión, el compromiso puede transformarse en agotamiento, omnipotencia o culpa.
P10. Entre la apariencia del efecto y su verdadera consecuencia
Lo que deja secuelas no es necesariamente la sintomatología observable en el momento de la crisis, sino la desarticulación del procesamiento psíquico que puede manifestarse de forma tardía y silenciosa: depresión, insomnio, miedo persistente, pérdida de sentido. Si la intervención se orienta solo a lo visible —la pérdida material, la evacuación, la atención inmediata—, las consecuencias pueden quedar sin tratamiento.
Los testimonios lo evidencian con claridad. Eva relata una depresión prolongada que no apareció el primer día: “Estuve mucho tiempo con depresión sin poder salir de mi casa”. Matías porta una imagen traumática que se reactiva: “Lo más triste, y no me lo voy a olvidar nunca, es ver a mis hijos mojados, con frío y miedo”. Liz intenta reconstruir sentido a través de la práctica religiosa: “Rezamos a Dios para salir adelante. Rezar y levantarse”. El rezo, en este contexto, puede leerse como un intento de restaurar la capacidad de proyectar —justamente lo que el evento disruptivo fractura—.
Guadalupe Carrazá aporta dos manifestaciones tardías de distinto orden. Por un lado, la afectación somática: “Estuve bastante enferma por esa situación”. El cuerpo registra lo que la mente todavía no puede procesar. Por otro, la reorganización del espacio doméstico como conducta preventiva anticipatoria: “Hoy en día tenemos todo arriba, por así decirlo, casi nada en el suelo, por cualquier cosa. Es como prevenir”. Esta modificación permanente del hábitat expresa que el evento no pasó: quedó inscripto en las prácticas cotidianas como alerta sostenida. Guadalupe también señala un olvido parcial: “Hay partes que olvido”. Este borramiento puede entenderse como un mecanismo de protección frente a lo que aún no pudo ser elaborado —precisamente lo que Benyakar describe como ausencia de representación—.
Esta paradoja se articula directamente con P7: porque hay más afectados que recursos, si no existe continuidad y trabajo en red, quienes desarrollan síntomas tardíos quedan sin acompañamiento. El riesgo es quedarse con la foto de la emergencia —“ya limpiamos, ya entregamos colchones, caso cerrado”— y que un año después haya personas con depresión, familias desorganizadas y niños con miedo a la lluvia sin nadie interviniendo porque “ya pasó”. La continuidad de Cáritas en Zárate-Campana permitió que esas manifestaciones tardías no quedaran invisibilizadas: “Siempre pasan a pesar que ya pasó más de un año, preguntando cómo estamos”.
W — When: ¿Cuándo intervenir? No solo en la emergencia. Las secuelas aparecen semanas y meses después, en personas que tal vez no perdieron todo materialmente pero cuya capacidad de pensar y proyectar quedó comprometida.
C3 — Continuidad: Asegurar seguimiento y coherencia temporal. Sin continuidad, la intervención solo atiende el efecto visible y deja la consecuencia real sin tratar
La experiencia de Zárate-Campana permite reconocer que, en contextos de desastre, las demandas de la población exceden las capacidades institucionales inmediatas de respuesta. Esta brecha no es solo operativa: es subjetiva e institucional, y afecta tanto a los damnificados como a los intervinientes y a las organizaciones que sostienen la respuesta.
La reconstrucción posterior requirió recursos materiales, articulación comunitaria y espacios de escucha capaces de acompañar las múltiples dimensiones de una experiencia que alteró simultáneamente las condiciones de vida, los vínculos sociales y las formas habituales de organización colectiva. Asistir en un desastre implica, además de organizar recursos, desarrollar la capacidad de leer el contexto, adaptarse a lo inesperado y sostener la acción en medio de la incertidumbre —capacidades que solo se construyen en la praxis, con otros, y con disposición a revisar lo actuado—.
Como aporte surgido del análisis de este caso, se propone una nueva paradoja que, si bien no forma parte de las formulaciones clásicas del Modelo de lo Disruptivo, permite pensar una tensión observada de manera recurrente en los testimonios y en la experiencia de los equipos intervinientes:
P11. Entre idealización y frustración
Desde la perspectiva operativa, el escenario se caracterizó por una elevada complejidad, tanto por las dificultades de acceso como por la multiplicidad de necesidades presentes en la población afectada. En numerosos casos, los damnificados recibían a los equipos de rescate con expectativas muy altas, depositando en ellos la esperanza de una solución inmediata a sus problemas más urgentes. Los intervinientes tendían a ser ubicados en una posición cercana a la figura del “héroe”, como actores capaces de restituir rápidamente las condiciones perdidas y dar respuesta a múltiples demandas. Sin embargo, esta representación excedía las posibilidades concretas de intervención.
En contrapartida, algunas personas manifestaban insatisfacción respecto de la ayuda recibida, considerándola insuficiente frente a la magnitud de las pérdidas sufridas. Aunque estas expresiones no representaban a la mayoría de los afectados, constituyeron una fuente adicional de tensión para los equipos intervinientes, que debían actuar dentro de los límites impuestos por los recursos disponibles y las prioridades operativas establecidas.
La paradoja consiste en que el mismo equipo que es vivido como sostén y objeto de agradecimiento puede, simultáneamente, convertirse en destinatario de reclamos y decepciones. Cuanto mayor es la idealización depositada sobre los intervinientes, mayor puede ser la frustración frente a las limitaciones inevitables de la respuesta. Gratitud y queja no constituyen fenómenos excluyentes, sino formas coexistentes de tramitar la experiencia de pérdida y desamparo.
W — What expectations: ¿Qué expectativas están siendo depositadas en el equipo y cuáles exceden sus posibilidades reales?
C — Clarificación: Hacer explícitos los alcances y límites de la intervención, evitando sostener posiciones omnipotentes y favoreciendo expectativas más acordes a las posibilidades reales de respuesta.
Conclusiones
El análisis de las inundaciones ocurridas en Zárate y Campana en mayo de 2025 permite aproximarse a la complejidad que adquieren los eventos disruptivos y a los desafíos que implican para las personas, las comunidades y las instituciones involucradas. Desde la perspectiva del Modelo de lo Disruptivo, es posible comprender que las consecuencias de una catástrofe no pueden reducirse al daño material inmediato, sino que involucran aspectos subjetivos, familiares, comunitarios e institucionales cuyos efectos pueden continuar después de finalizada la emergencia y requieren formas de intervención que no se limitan a la respuesta inmediata.
Los testimonios de las personas damnificadas, así como las experiencias de Bomberos Voluntarios y Cáritas, evidenciaron que la capacidad de elaboración depende tanto de los recursos singulares como de las redes de sostén disponibles. Asimismo, permitieron advertir que quienes asisten también se encuentran expuestos a los efectos del evento, poniendo de manifiesto la importancia de generar dispositivos de cuidado y acompañamiento para los propios equipos intervinientes.
La matriz de Paradojas, Preguntas y Competencias permitió reconocer algunas tensiones propias de la intervención en desastres. Lejos de constituir obstáculos a eliminar, estas situaciones muestran las condiciones propias de escenarios complejos que requieren ser pensadas y abordadas desde una lógica no lineal, favoreciendo la reflexión crítica y la construcción colectiva de respuestas. Asimismo, el análisis del caso permitió proponer una nueva paradoja —entre idealización y frustración—, surgida de las tensiones observadas entre las expectativas depositadas en los equipos intervinientes y las posibilidades reales de respuesta.
El evento analizado mostró que ninguna institución puede responder de manera aislada a las múltiples demandas que emergen en una catástrofe. Desde una perspectiva transdisciplinaria, intervenir en lo disruptivo implica no solo atender las urgencias y las pérdidas materiales, sino también sostener espacios de escucha y acompañamiento, reconociendo que los tiempos de la reconstrucción subjetiva no siempre coinciden con los tiempos de la emergencia.
Las comunidades de Zárate-Campana coexisten con condiciones de precariedad económica y de las redes de contención, además de habitar zonas expuestas a inundaciones. Ahora bien, el acompañamiento por parte de distintas organizaciones de apoyo y la presencia de individuos que, además de cumplir un rol de asistencia social, ofrecen espacios de circulación afectiva, configuran modos sólidos de hacer comunidad, de construir contención y relato frente al riesgo de atravesar otro evento similar: destinos alternativos a los de la sola supervivencia en soledad.
Referencias
Benyakar, M. (2003). Lo disruptivo. Amenazas individuales y colectivas. El psiquismo ante guerras, terrorismo y catástrofes sociales (2.ª ed.). Biblos.
Benyakar, M. (2024a). Análisis de lo fáctico: características, cualidades, atributos [Material de clase]. Diplomatura en Intervención en Desastres, Trauma y Disrupción, USAL/UBA.
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