Emprendí la lectura de Hilo 2. La cuestión Burroughs con cierta curiosidad. Ese nombre no era para mí más que una referencia lejana. No estaba entre los autores que había considerado necesario visitar para ninguno de los temas fundamentales que hacen a nuestra práctica del psicoanálisis.
Sin embargo, el título del libro, los autores reunidos, los títulos de los trabajos insinuaban otra cosa.
Por otra parte, la presencia de palabras poco habituales –virus, control– junto a otras mucho más próximas para nosotros –palabra, lengua, imagen, escritura– hacía presagiar que allí había algo más de lo que uno suele esperar de una publicación del campo del psicoanálisis.
A medida que avancé en la lectura, advertí que Burroughs no estaba allí solamente para ser leído por el psicoanálisis. Por momentos parecía ser él quien le hacía preguntas.
A la manera de un hilván, un hilo recorre los trabajos: una cuestión que interpela al propio psicoanálisis. Qué hace cuando se encuentra con algo que no entra fácilmente en su discurso.
Graciela Graham advierte sobre el riesgo de congelarlo en fórmulas repetidas. Ritvo pregunta directamente si los procedimientos de Burroughs tienen algún valor para el psicoanálisis. Barrera Oro muestra que, después de su desencuentro con el análisis de su época, Burroughs no abandona la cuestión del inconsciente; intenta pensarla de otro modo y llega a reclamar nuevos conceptos para aquello que ese psicoanálisis no había podido alojar.
Fue ahí donde la lectura se encontró con una pregunta que surge de mi práctica:
¿Qué hacemos con aquello que insiste?
[pausa]
No solamente qué significa. Tampoco cómo conseguimos que desaparezca.
Qué hacemos con algo que retorna, deja una marca y no termina de quedar absorbido por el sentido.
Con esa pregunta ya dando vueltas, empezó a hacerse visible para mí una conexión entre los desarrollos de Burroughs y algunas preguntas del psicoanálisis.
Jessica Bekerman muestra que esa relación fue larga y bastante intensa. Burroughs había leído mucho a Freud y a otros autores del campo, pasó por varios análisis y durante años sostuvo una relación conflictiva con ese mundo. No lo rechazó porque lo desconociera. Había esperado algo de él. Y quizá por eso su decepción resulta más interesante.
Hay una escena pequeña que me quedó dando vueltas.
Burroughs está en análisis con Paul Federn. Sueña que Federn ofrece caramelos a unos niños. Se lo cuenta. Federn reconoce que algo semejante había ocurrido efectivamente y menciona incluso a un colega que había reunido numerosos casos que consideraba telepáticos. Pero enseguida descarta que aquello pueda tener consecuencias para el psicoanálisis.
La anécdota puede llevar rápidamente a discutir la telepatía. No me detengo en eso. La cuestión es otra: la posición de un saber frente a algo que reconoce y que, sin embargo, deja fuera de aquello admisible como pregunta.
No diría que ésa sea la verdad de Federn. Sería convertir la escena en otro diagnóstico.
Federn no dice simplemente: “eso no ocurrió”. Al contrario. Algo ocurrió, pero no se pregunta qué puede hacer con eso. Se sostiene en lo que ya sabe para restablecer demasiado pronto su propia continuidad, un saber sin fisura. Se puede disponer de muchísimo saber y, sin embargo, servirse de ese mismo saber para no dejarse alcanzar por aquello que inquieta.
Interesa más lo que la escena deja abierto: un saber puede dejarse interrogar por aquello que encuentra, y hace falta a su saber. Dejar que ese acontecimiento interrogue el saber donde no sabemos nada de eso
Y acá aparece una cuestión que me resulta muy próxima, en tanto toca un punto de la enseñanza de Lacan: algunas formas de saber pueden cumplir una función muy particular: permitirnos valernos de no saber nada de eso.
Seguí leyendo desde ahí.
Y entonces apareció una de las frases más conocidas de Burroughs: el lenguaje es un virus.
Tomada sola, la expresión me producía cierta distancia. Tiene algo excesivo. Pero en el trabajo de Barrera Oro empezó a adquirir otra consistencia.
Palabras e imágenes pueden repetirse contra la voluntad del sujeto, afectar el cuerpo, entrar en circuitos de excitación y de control. Burroughs describe esa repetición casi como una carga que vuelve a presentarse y reclama ser comunicada. Frente a esto, el interés por el virus se suspendió y dejó lugar a un nuevo interrogante.
¿Qué hace una palabra en un cuerpo? No qué quiere decir. Qué hace.
Una frase puede seguir operando mucho después de que hayamos olvidado la escena en la que fue dicha. Puede volver cuando ya no sabemos exactamente de dónde viene.
Ahí empecé a escuchar de otra manera la insistencia. Algo toca. Algo queda escrito. Algo deja marca.
En ese punto, Bekerman acerca la teoría burroughsiana de la palabra-virus a aquella sesión del Seminario 23 en la que Lacan habla de las “palabras impuestas” y se pregunta por qué el llamado normal no advierte que las palabras de las que depende también le vienen, de algún modo, impuestas.
No me interesa concluir que Burroughs y Lacan dicen lo mismo. Por caminos distintos, tropiezan con una pregunta parecida:
¿Qué hace que algunos adviertan como impuestas unas palabras cuya imposición, para los demás, queda velada por la familiaridad misma del lenguaje? Y de la palabra pasé a la escritura.
Hay una observación de Burroughs que parece menor y que, sin embargo, abre otra cuestión: una palabra escrita es también una imagen.
Se la puede mirar. Ocupa un espacio. Tiene bordes. Puede cortarse, desplazarse, quedar junto a otra palabra con la que antes no tenía ninguna relación.
Ahí el cut-up apareció bajo otra luz.
Melenotte citando a Gerard-Georges lo describe como una “máquina de perturbar el orden semántico”. Se corta un texto, se mueven los fragmentos, se los vuelve a reunir. Y de ese movimiento puede surgir un sentido nuevo. Pero no necesariamente.
El sentido no está asegurado.
Una palabra deja de estar junto a otra. Dos fragmentos que no eran vecinos se encuentran.
Y después se verá.
Fue ahí donde surgió una pregunta:
¿Qué entendemos por cortar?
No creo que el cut-up sea el corte analítico. Me interesa justamente no identificarlos.
El cut-up es un procedimiento material, que puede repetirse. El corte analítico se juega en la transferencia, en un momento, en un decir.
Pero Burroughs deja planteada una cuestión difícil de eludir: cortar no tiene que significar revelar algo que estaba escondido.
Puede ser, antes que nada, interrumpir una continuidad.
Y hay en la revista un detalle mínimo que lleva esta cuestión todavía más lejos. Bekerman cuenta que Brion Gysin había dicho, refiriéndose a la muerte de Joan: Ugly spirit shot Joan because…
Burroughs vuelve a cortar la frase. Ya no lee because –“porque”–. Lee: to be cause. Ser causa.
No agregó una interpretación. Movió un corte.
Y ese pequeño espacio entre letras hace pasar la frase de una explicación –“esto ocurrió porque…”– a otra relación con la causa.
Casi podría decirse que el cut-up apareció dentro de una palabra.
La escritura ya no estaba solamente del lado de representar algo que había ocurrido. Podía intervenir en la manera misma de quedar ligado a eso.
Y esa relación con la escritura vuelve a aparecer cuando Burroughs habla de la muerte de Joan.
Él mismo vincula ese acontecimiento con su entrada definitiva en la escritura, con la posesión, con el Control.
Es un punto delicado.
Sería muy fácil leer todo lo que viene después como consecuencia de esa muerte. Prefiero atender a lo que Burroughs dice que hace con eso.
La escritura no viene solamente después, para contar. Entra en la experiencia.
Forma parte de lo que hace con aquello que lo ha tocado.
Bekerman llega a hablar de la escritura como un “puerto” que Burroughs encuentra
después de otras búsquedas: el psicoanálisis, la ayahuasca, los jeroglíficos.
Y ahí se me impuso una formulación: Algo ocurre escribiéndose.
No escribir sobre algo. Algo ocurre escribiéndose.
La escritura puede modificar la relación con aquello que insiste.
Y en Tánger eso aparece también en la forma misma de escribir.
Burroughs cuenta que Interzone le viene casi como dictado. Escribe páginas que al día siguiente apenas recuerda.
Y en una carta a Ginsberg le da una indicación muy simple:
“Léelo en cualquier orden”.
Las páginas pueden cambiar de lugar. La lectura también.
Y nuevamente aparece la misma pregunta:
qué puede hacerse con algo que ya está escrito. No necesariamente explicarlo.
También moverlo.
Desarmar la continuidad en la que había quedado fijado. Desde ahí la cuestión del Control dejó de ser un tema aparte.
Marcelo Real trabaja esa dimensión y recupera una formulación de Burroughs: el Álgebra de la Necesidad.
El modelo viene de la droga.
Burroughs formula una inversión muy fuerte: el traficante no vende simplemente el producto al consumidor. De algún modo vende el consumidor al producto. La droga participa en la producción de la necesidad que después vuelve a reclamarla.
El objeto ya no responde solamente a una necesidad previa: el propio circuito contribuye a producirla.
Marcelo Real advierte que no conviene convertir esto en una teoría general de la “adicción” aplicada a cualquier cosa. El propio Burroughs desconfiaba de ese uso indiscriminado.
Pero la lógica queda.
Hay circuitos que producen las condiciones de su propia repetición.
Y ahí apareció una cercanía con algunos problemas que vengo trabajando desde Lacan.
Cercanía, no equivalencia.
No diría que el Álgebra de la Necesidad sea el plus-de-gozar. Tampoco que el Control de Burroughs sea el discurso capitalista. La pregunta es otra:
¿Qué ocurre cuando aquello que se ofrece como satisfacción participa, al mismo tiempo, en la producción de la necesidad que nos liga a ello?
Y el Control, además, no funciona solamente mediante la fuerza.
Necesita palabras. Necesita imágenes. Necesita alguna respuesta de aquel sobre quien se ejerce.
Burroughs llega incluso a una fórmula paradójica: el Control está controlado por su propia necesidad de controlar.
Marcelo Real muestra que, llevado al extremo, el control absoluto deja de ser propiamente control. Si ya no hay oposición, ni respuesta, ni margen alguno del otro, lo que queda es utilización.
A partir de ahí la pregunta por la insistencia se situó en otra dimensión. Ya no estaban solamente la palabra que vuelve o la marca que persiste.
También estaban los dispositivos que capturan esas marcas, las organizan, las hacen circular, producen alrededor de ellas necesidades, identificaciones, modos de satisfacción.
Y fue por ahí que el libro me devolvió al psicoanálisis. No tanto a su teoría.
A la posición del analista.
Susana Bercovich, en El caso del analista, introduce una pregunta decisiva para este punto:
Cuando hablamos de un caso, ¿quién habla?
El analista no está afuera del caso que construye. La transferencia vuelve frágil esa separación cómoda entre un sujeto que sabe y un objeto sobre el cual ese saber se aplica. Bercovich vuelve sobre Freud y la joven homosexual para mostrar hasta qué punto los fantasmas del propio analista pueden entrar en aquello que después se presenta como lectura del caso.
Y entonces la pregunta inicial volvió
¿Qué hacemos con aquello que insiste?
Pero ahora ese “hacemos” empezó a pesar más.
Quién hace. Desde dónde. Con qué saber.
Melenotte, retomando a Allouch, plantea que una intervención puede encontrar su pertinencia cuando el analista suspende el saber desde el cual decidiría cuál es la identidad sexuada del analizante.
Suspender ese saber no es declararse ignorante. Es no ocupar de antemano el lugar de quien sabe qué es el otro, qué debería querer, hacia dónde tendría que ir.
Ese planteo tiene una cercanía evidente con lo que decimos del "deseo del analista". Me interesa pensarlo como un deseo de analizar que no califica de antemano. Que no decide quién es el otro antes de escucharlo. No porque todo dé lo mismo. Porque no sabemos de antemano qué podrá hacer alguien con aquello que lo marca.
Y eso vuelve, de otro modo, sobre Burroughs.
Quizá una de las formas más eficaces de no escuchar a alguien sea saber demasiado rápido quién es.
Explicarlo. Clasificarlo.
Ubicarlo en un lugar donde ya no pueda decirnos nada que no supiéramos de antemano.
Cuando terminé de leer Hilo 2 advertí que había pasado algo bastante distinto de lo que esperaba al empezar.
Había abierto la revista para aprender algo sobre Burroughs. Aprendí, naturalmente.
Pero no fue eso lo que terminó importándome más.
La escena de Federn desplazó algo de mi pregunta por el saber.
La palabra-virus me hizo volver sobre lo que una palabra hace en un cuerpo. El cut-up alteró un poco mi manera de pensar el corte.
La escritura de Burroughs me obligó a distinguir mejor entre escribir sobre algo y hacer algo escribiendo.
El Álgebra de la Necesidad hizo resonar de otro modo la relación entre satisfacción y repetición.
Y Bercovich terminó devolviendo todo eso a la posición desde la cual un analista escucha, interpreta, construye un caso.
Burroughs no confirmó exactamente lo que yo ya pensaba. Por suerte. Desordenó algunas cosas.
Después de esta lectura me resulta más difícil pensar que interpretar sea siempre producir más sentido.
Me resulta más difícil separar limpiamente aquello que una palabra significa de aquello que una palabra hace.
Y también me resulta más difícil creer que disponer de un saber nos proteja de no querer saber nada de eso. A veces puede ocurrir lo contrario.
Por eso la pregunta con la que había entrado al libro ya no estaba exactamente en el mismo lugar.
¿Qué hacemos con aquello que insiste? Sigue siendo la pregunta.
Pero ahora escucho algo más en ese "hacemos". Porque también nosotros, cuando leemos, cuando interpretamos, cuando construimos un caso, podemos responder de distinta manera a aquello que insiste.
Podemos nombrarlo rápidamente y devolverlo al saber con el que llegamos o podemos incidir de manera que surja algo nuevo.
Finalmente puedo concluir que no sé si Burroughs necesitaba al psicoanálisis. Si experimenté que el psicoanálisis necesita encuentros como los propuestos por Hilo 2. Encuentros de los que no salga simplemente confirmado.
Un encuentro quizá no se mida solamente por lo que conseguimos comprender sino también por la marca que deja en el saber con el que llegamos.
Y, en este sentido, la cuestión Burroughs terminó siendo, para mí, menos una cuestión acerca de Burroughs que una pregunta dirigida al psicoanálisis: si conserva todavía la posibilidad de dejarse enseñar por aquello que no entra sin resto en lo que ya sabe.