ISSN 1553-5053Sitio actualizado en   septiembre de 2026 Visitas:

Volumen 10
Número Especial

Julio 2014
Publicación: Julio 2014
El arte de la traducción
100 años del natalicio
de Matilde Horne


Traducciones psicoanalíticas

Vida y muerte en psicoanálisis, de Jean Laplanche

Traducción de Matilde Horne

Vida y muerte en psicoanálisis

Nos pareció que el curso de nuestros desarrollos, centrados en torno de la noción clásica de conflicto, bosquejaba la red de una problemática más compleja: la intervención del orden vital y de la muerte en las lindes del campo psicoanalítico y al mismo tiempo —¿de acuerdo con qué modalidades?— en el interior de dicho campo.

Vida y muerte: dos términos presentes en la teoría, algunas veces de manera ostensible, pero en la práctica mucho más escondidos. Desde «el apremio de la vida» del «Proyecto» de 1895 y la adopción incondicional —durante la etapa de la «transferencia» con Fliess— de la doctrina de los «períodos» y la bisexualidad, hasta esa pulsión de vida que hacia el final de la obra termina por subsumir a la sexualidad, la biología y el biologismo están presentes en forma masiva en los escritos freudianos. ¿Contigüidad de un dominio estrechamente conexo, en el cual, en un sentido retrospectivo, los descubrimientos concernientes a le vida pulsional y a la sexualidad permitirían introducir nuevos puntos de vista? Tal es la perspectiva «interdisciplinaria» que Freud explícitamente —y luego Jones — proponen para definir la contribución del psicoanálisis a le biología: una contribución acerca de la cual es preciso decir que no ha sido aún suficientemente explotada. En cuanto a la recíproca, es decir, a la intervención de las ciencias de la vida en el psicoanálisis, Freud la invoca a menudo como decisiva, sobre todo en lo que atañe a la teoría de las pulsiones, pero el hecho de que esta invocación esté dirigida casi siempre a los demonios especulativos o poéticos del biologismo debería darnos que pensar.

Si, no obstante estas reservas, la vida está dada como presente, materialmente, en las fronteras de la psique, la entrada en escena de la muerte en el freudismo resulta mucho más enigmática. En un principio, al igual que todas las modalidades de lo negativo, está radicalmente excluida del campo del inconsciente. De pronto, en 1920, la vemos surgir en el centro mismo del sistema, constituyéndose en una de las dos fuerzas fundamentales y quizás incluso en la única fuerza primordial en el seno del psiquismo, del ser vivo y aun de la materia. Alma del conflicto, discordia elemental, ocupa en lo sucesivo el primer plano de las especulaciones más teóricas de Freud, lo cual no impide que la mayoría de las veces permanezca como personaje mudo en la práctica clínica, donde Freud mantiene hasta el fin la más estricta reserva acerca de los desarrollos que su nueva conceptualización parecía, de manera casi natural, obligada a introducir: las incidencias de la angustia de muerte o de un deseo primordial de morir jamás llegarán a ocupar, dentro de la psicopatología analítica, esa posición de «roca» inquebrantable que se asigna, por excelencia, al complejo de castración.

¿Habría entonces que suponer que la muerte —la muerte humana como finitud y no como la simple reducción a cero de las tensiones vitales— se sitúa, en psicoanálisis, en una dimensión más ética que explicativa? Un texto —un único texto— publicado apenas cinco años antes que Más allá del principio del placer llevaría a suponerlo, al menos en sus palabras finales. Abrazando al parecer la corriente heroica y clásica que, desde los estoicos hasta Montaigne y hasta Heidegger, nos insta a iluminar nuestra vida —nuestra existencia— con una luz mortal, ese texto nos recuerda en última instancia, que «soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los vivientes» y nos invita a trocar el viejo adagio, «si quieres conservar la paz, prepárate para la guerra» en un «si vis vitam para mortem». Sentencia que Freud, cediendo quizás a la tentación de su tema, traduce como «si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte». Es decir: para tu propia muerte.

Con este corolario, y sin más justificaciones, remata Freud una disquisición orientada sin embargo en un sentido muy distinto:

«Nuestro inconsciente es tan inaccesible a la represen¬tación de nuestra muerte, tan ávido de muerte para con los extraños y tan dividido (ambivalente) en cuanto a la persona amada, como lo fue el hombre originario».

En el inconsciente, la muerte sería siempre la muerte del otro, la destrucción o la pérdida provocada, y únicamente alcanzaríamos a tener algún presentimiento de nuestra propia mortalidad a través de la identificación ambivalente con la persona amada, cuya muerte deseamos y tememos a la vez: es decir, esencialmente en el duelo. De manera que, más modestamente quizás en comparación con las tentaciones de la fórmula heroica, el «si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte», hubiera podido traducirse como «si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte del otro». Si de la actitud freudiana debiera inferirse una determinada ética respecto de la muerte, esta tendría sin duda el sentido de una desconfianza frente a cualquier entusiasmo, incluso el del amor fati, y el de una lucidez que no disimulase la inexorable intricación de mi propia muerte con la muerte del otro. El sello de autenticidad que marca las «noticias necrológicas» o las cartas de «condolencias» de Freud no hace más que reflejar la prosecución de un autoanálisis que no se hace concesiones.

O sea que en la cura, por último —y aunque no se la pueda definir sino como revelación de verdad—, una referencia a la muerte como verdad de la vida o prueba de verdad sólo podría ser considerada como un elemento-límite, ininterpretable, axiomático. La suspensión de toda «representación-fin» se relaciona asimismo, y en primer término, con lo que en Más allá del principio del placer se describe como «el fin último de la vida». Y si acaso se encontrase en la cura otras modalidades a través de las cuales la muerte se hiciera representar, no se debería necesariamente buscarlas del lado de la «representación» sino en cierta inmanencia del discurso mismo.

Refractadas o representadas de acuerdo con modalidades sin duda diferentes, ni la vida ni la muerte constituyen pues referencias directas para la práctica psicoanalítica. Esta comprobación implicará para nosotros un toque de alerta: interrogar sin precaución el acto psicoanalítico respecto de una concepción de la existencia que, pesimista u optimista, refiere la vida humana a su finitud, equivaldría a negarse desde el comienzo a considerar el replanteo que exige el descubrimiento del inconsciente y de los impulsos que en él se despliegan. Esto no quiere decir que nos rehusemos definitivamente a tomar en consideración, en sus relaciones con el psicoanálisis, la dimensión del «proyecto». Nos parece, empero, que las bases de una discusión de esta naturaleza deben ser previamente consolidadas mediante un estudio que se atenga a la posición deliberadamente teórica adoptada por Freud cuando introdujo en psicoanálisis la polaridad biológica de la vida y de la muerte, y que, prolongando —al interpretarlas— las indicaciones freudianas, intente indagar el destino del orden vital (vida y muerte) cuando se traslada al plano del aparato psíquico.

Ese devenir otro de la vida, cuando se simboliza en el nivel humano, lo seguiremos en tres movimientos que nos conducirán a examinar sucesivamente la problemática de la sexualidad, la problemática del yo y la problemática de la pulsión de muerte.




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