|
Volumen 15
Número 1 Abril 2019 - Agosto 2019
Publicación: Abril 2019 24 de Marzo: Memoria de las catacumbas
|
Resumen
Poco después de haber cumplido sus treinta años, Marguerite Yourcenar escribió este "poema en prosa", como le gustaba llamar a esta serie de obras, reunida bajo el título de "Feux" y publicada por Grasset en 1936. "Antígona o la elección", es reproducida aquí en la bella traducción de Emma Calatayud y acompañada de la escultura de Gustavo Rodríguez. Desde su escritura original por Sófocles y a través de un centenar de versiones, la tragedia ha permanecido como símbolo del valor de la sepultura, anudando la caverna griega a las fosas romanas, y los memoriales a la escritura del duelo.
Palabras clave: Duelo | Tragedia griega | Poesía | Escultura
Abstract English version |
[pp. 51-54]
Antígona o la elección
Recibido: 5/10/2018 – Aprobado: 3/1/2019
Traducción: Emma Calatayud
¿Qué dice el mediodía profundo? El odio se cierne sobre Tebas como un espantoso sol. Desde que murió la esfinge, la innoble ciudad no tiene secretos: todo acaece de día. La sombra baja a ras de las casas, al pie de los árboles, como el agua insípida al fondo de las cisternas: las habitaciones ya no son pozos de oscuridad, almacenes de frescor. Los transeúntes parecen sonámbulos de una interminable noche blanca. Yocasta se ha estrangulado para no ver el sol. La gente duerme de día, ama de día. Los durmientes acostados al aire libre parecen suicidas; los amantes son como perros que copulan al sol.
Los corazones están tan secos como los campos; el corazón del nuevo rey está tan seco como la roca. Tanta sequedad llama a la sangre. El odio infecta las almas; las radiografías del sol roen las conciencias sin reducir su cáncer.
Edipo se ha quedado ciego de tanto manipular esos rayos oscuros. Sólo Antígona soporta las fle¬chas que dispara lámpara de arco de Apolo, como si el dolor le sirviera de gafas oscuras. Abandona aquella ciudad de arcilla cocida al fuego, donde los rostros endurecidos se hallan modelados con la tierra de las tumbas. Acompaña a Edipo fuera de la ciudad cuyas puertas, abiertas de par en par, parecen vomitarlo. Guía por los caminos del exilio al padre que es, al mismo tiempo, su trágico hermano mayor: bendice la venturosa culpa que lo arrojó sobre Yocasta, como si el incesto con la madre no hubiera sido para él sino una manera de engendrar una hermana. No descansará hasta verlo reposar en una noche más definitiva que la ceguera humana, acostado en el lecho de las Furias que se transforman inmediatamente en diosas protectoras, pues todo dolor al que uno se abandona acaba por convertirse en serenidad. Rechaza la limosna de Teseo, que le ofrece vestidos, ropa blanca y un sitio en el coche público, para volver a Tebas; regresa a pie a la ciudad, que convierte un crimen lo que sólo es un desastre, en exilio lo que no es sino una partida, en castigo lo que no es más que una fatalidad. Despeinada, sudorosa, objeto de irrisión para locos y de escándalo para los cuerdos, sigue a campo traviesa la pista de los ejércitos sembrada de botellas vacías, de zapatos usados, de enfermos abandonados que los pájaros de presa toman ya por cadáveres. Se dirige hacia Tebas, como San Pedro a Roma, para dejarse crucificar. Atraviesa los sietes círculos de los ejércitos que acampan en torno a Tebas, deslizándose invisible como una lámpara en el rojo Infierno. Entra en una puerta disimulada en las murallas, coronadas de cabezas cortadas, como en las ciudades chinas. Se desliza por las calles vacías a causa de la peste del odio, sacudidas en sus cimientos por el paso de los carros de asalto; trepa hasta las plataformas en donde mujeres y niñas gritan la alegría cada vez que un disparo respeta a uno de los suyos; su cara exangüe entre las largas trenzas negras ocupa un lugar en las almenas, en la fila de las cabezas cortadas. No elige a sus hermanos enemigos, ni tampoco la garganta abierta ni las manos repugnantes del hombre que se suicida: los gemelos son para ella un sobresalto de dolor, como antes lo fueron de gozo en el vientre de Yocasta. Espera la derrota para dedicarse al vencido, como si la desgracia fuera un juicio de Dios. Vuelve a bajar arrastrada por el peso de su corazón, hacia los bajos fondos del campo de batalla; anda sobre los muerto como Jesús sobre el mar. Entre aquellos hombres, nivelados por la descomposición que comienza, reconoce a Polinice por su desnudez expuesta como una siniestra ausencia de fraude, por la soledad que le rodea como una guardia de honor. Vuelve la espalda a la baja inocencia que consiste castigar. Aun estando vivo, el cadáver oficial de Eteocles, ya frío por sus actos, se halla momificado en la mentira de la gloria. Aún estando muerto, Polinice existe igual que el dolor. Ya no acabará ciego como Edipo, ni vencerá como Eteocles, ni reinará como Creonte; no puede inmovilizarse; solo puede pudrirse. Vencido, despojado, muerto, ha alcanzado el fondo de la miseria humana, nada se interpone entre ellos, ni siquiera una virtud, ni siquiera un minúsculo honor. Inocentes de las leyes, escandalosos ya en la cuna, envueltos en el crimen como en una misma membrana, tienen en común su espantosa virginidad que consiste en no ser ya de este mundo: sus dos soledades se encuentran exactamente igual que dos bocas en un beso. Ella se inclina sobre él como el cielo sobre la tierra, volviendo a formar así en su integridad el universo de Antígona: un oscuro instinto de posesión la inclina hacia ese culpable que nadie va a disputarle. Aquel muerto es la urna vacía donde echar, de una sola vez, todo el vino de un gran amor. Sus delgados brazos levantan trabajosamente el cuerpo que le disputan los buitres: lleva a su crucificado como quien lleva una cruz. Desde lo alto de las murallas, Creonte ve llegar a aquel muerto sostenido por su alma inmortal. Se abalanza unos pretorianos, que arrastran fuera del cementerio a esta gárgola de la Resurrección: sus manos acaso desgarren en el hombro de Antígona una túnica sin costuras, se apoderan del cadáver que empieza a disolverse, que se derrama como un recuerdo. Cuando se ve libre de su muerto, aquella muchacha que baja la frente parece soporta el peso de Dios. Creonte se enfurece al verla, como si sus harapos cubiertos de sangre fueran una bandera. La ciudad sin compasión ignora los crepúsculos: el día oscurece de golpe, como una bombilla fundida que deja de dar luz. Si el rey levantara la cabeza, los faroles de Tebas le ocultarían ahora las leyes inscritas en el cielo. Los hombres no tienen destino, puesto que el mundo no tiene astros. Sólo Antígona, víctima por derecho divino, ha recibido como patrimonio la obligación de perecer y ese privilegio puede explicar el odio que se le tiene. Avanza en la noche fusilada por los faros: sus cabellos de loca, sus harapos de mendiga, sus uñas de ladrona muestran hasta dónde puede llegar la caridad de una hermana. A pleno sol, ella era el agua pura sobre las manos sucias, las sombra en el hueco del casco, el pañuelo en la boca de los difuntos. Su devoción a los ojos muertos de Edipo resplandece sobre millones de ciegos; su pasión por el hermano putrefacto calienta fuera del tiempo a miríadas de muertos. Nadie puede matar a la luz; sólo pueden sofocarla. Corren un velo sobre la agonía de Antígona. Creonte la expulsa a las alcantarilla, a las catacumbas. Ella regresa al país de las fuentes, de los tesoros, de las semillas. Rechaza a Ismena, que no es más que una hermana en la carne; al apartar a Hemón evita la horrible posibilidad de parir vencedores. Parte de la búsqueda de su estrella situada en las antípodas de la razón humana, y no la puede alcanzar a no ser pasando por la tumba. Hemón, convertido a la desgracia, se precipita tras su pasos por los negro pasillos: este hijo de un hombre ciego es el tercer aspecto de su trágico amor. Llega a tiempo para ver cómo ella prepara el complicado sistema de chales y poleas que le permitirán evadirse hacia Dios. El mediodía profundo hablaba de furor; la medianoche profunda habla de deses-peración. El tiempo ya no existe en aquella Tebas sin astros; los durmientes tendidos en el negro absoluto ya no ven su conciencia. Creonte, acostado en el lecho de Edipo, descansa sobre la dura almohada de la razón de Estado. Algunos descontentos, dispersos por las calles, borrachos de justicia, tropiezan con la noche y se revuelcan al pie de los hitos. Bruscamente, en el silencio estúpido de la ciudad que duerme su crimen como una borrachera, se precisa un latido que proviene de debajo de la tierra, crece, se impone al insomnio de Creonte, se convierte en su pesadilla. Creonte se le¬vanta, y palpando a ciegas encuentra la puerta de los subterráneos, cuya existencia sólo él conoce; descubre las huellas de su hijo mayor en el barro del subsuelo. Una vaga fosforescencia que emana de Antígona le permite reconocer a Hemón, col¬gado del cuello de la inmensa suicida, impulsado por la oscilación de aquel péndulo que parece me¬dia la amplitud de la muerte. Atados uno a otro como para pesar más, su lento vaivén los va hun¬diendo cada vez más en la tumba y ese peso palpi¬tante vuelve a poner en movimiento toda la maquinaria de los astros. El ruido revelador traspasa los adoquines, las losas de mármol, las paredes de barro endurecido, llena el aire reseco de una pulsación de arterias. Los adivinos se tienden en el suelo, pegan a él el oído, auscultan como médico el pecho de la tierra sumida en su letargo. El tiempo reanuda su curso al compás del reloj de Dios. El péndulo del mundo es el corazón de Antígona.
Marguerite Yourcenar
Fuegos.-
1ra edición Buenos Aires Suma de Letras Argentina, 2005. Pág: 51-56
Traducción: Emma Calatayud
Titulo original: Feux.
Grasset, 1936
(Plon 1957 y para prefacio definitivo, 1968. Gallimard, col. Blanche, 1974. Incluido en Oeuvres Romanesques de Bibliothèque de la Pleiade, 1982)
Fuente: con-versiones.com
[Descargar PDF]
|
Copyright/Permisos: Los/as autores/as conservan los derechos de autor © y permiten la publicación a Aesthethika, bajo licencia CC BY-SA / Reconocimiento - Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional. La adopción de esta licencia permite copiar, redistribuir, comunicar públicamente la obra, reconociendo los créditos de la misma, y construir sobre el material publicado, debiendo otorgar el crédito apropiado a través de un enlace a la licencia e indicando si se realizaron cambios. |
|
Número Actual
Volumen 22 | Número 2
|
Editorial
Editorial Julio C. Torres
Lo disruptivo, la destitución subjetiva y la literatura de testimonio como vía elaborativa en las inundaciones de Porto Alegre - 2024
El valor del testimonio y la elaboración a través del arte. La escritura en el ojo del agua Benítez Longhi, María Belén Castros, Aldina de Isla, Ignacio Dominguez de Alzaga, Pia Jappe Camará Fagundes, Márcia Mastandrea, Paula Revainera, Carlos Alberto Romero, David
Inundación La Plata 2013. Desde los efectos de la catástrofe y lo disruptivo hacia las alternativas elaborativas dentro de una matriz relacional co-metabólica Arce, Cristian Ariel Carabajal, Corina Margarita Dryzun, Jeanette Golinski, Judy Maroni, Carolina Andrea Pardini, Mariana Yasmin Trovato, Ignacio
Algunas consideraciones para el abordaje psicosocial ante desastres y catástrofes: análisis de las inundaciones de Río Grande do Sul a partir de la experiencia Vagalumes (2024) Albornoz P., Roraima González Pla, Florencia Goulart, Débora Jatuff, Pablo José Kern, Cristina Dariano Marques, María Verónica Salvatierra, Jennifer Silva, Leonardo
El 7 de Octubre de 2023 como Fenómeno Disruptivo Acosta, Mónica Adriana Aguirre, Fátima Malena Lourdes Cruz, Doris Herminia Greco, Mayra Belén Junco, Lucas Raúl Lobo, Walter Rubén
La promesa como un marco (vacío) que sostiene la transferencia. Reflexiones en torno a lo disruptivo en un caso de intervención del SAME Masciano, Julián Mazza, María Florencia Mentucci, Carina Rasinsky, Susana Real, María Ximena Varela, Lucas Manuel
Hotel Rwanda, ¿Cómo ‘hospedar’ al otro en una catástrofe? Argüello Valenzuela, Aldana De Simone, Adriana Verónica Gonzalez, Romina Verónica Sánchez Ominett, Silvina Alejandra Santojanni, Juan Matías Vega, Valentina Walsh, Miranda
Cuando el terror irrumpe en la fiesta: violencia sexual, disrupción y memoria tras el atentado en el festival Nova Benítez Longhi, María Belén
Lo que sigue ardiendo: lo disruptivo, el cuidado y la memoria a partir de un incendio de interfaz en la Patagonia argentina Blanco, Zulema Córdoba, Fernanda Liaño, Luciana Lucero, Candela Rapela, Francisco J. Reartes, María Cecilia Tomei, Fabiana
Más allá de la emergencia: Intervenciones frente a lo disruptivo en la inundación de Zárate- Campana (2025) Báez, Daniela Verónica Biancotti, Frida Carrasco, Juliana Dmitruk, Lucía Escobar, Wanda de los Milagros Jiménez Coronel, Norma Solange Mussari, Ariel Oscar Osella, Claribel Milagros Rentería, Celina
“Inundación y resiliencia”: desde el análisis de gestión de crisis institucional y riesgo al diseño de una propuesta de aprendizaje basado en proyectos. El caso de las inundaciones de Zárate- Campana y Bahía Blanca, República Argentina Berriel, Pereira Sabrina Gisele Carlini, Sabrina Eyharchet, Mariana Virginia Longo, María Magdalena Rodríguez, Juliana Elizabeth Rosón, Lilia Tresenza, Alejandro Jorge
La escucha psicoanalítica como dispositivo de sostén institucional: Intervención clínica en albergues infantiles desde el proyecto SOS Brasil Calazans de Toledo Piza, Ana Maria Maia Casal, Aida Elvira Castilho Cadan, Cristiane Di Bello, Delvana Dorado de Lisondo, Alicia Beatriz Feldman, Aldana Yael Nigro, Adriana Elizabeth
Memorias de un jurista para el sabio equilibrio de la Bioética
Between the Scales / Bajo el signo de Libra Moty Benyakar
Reseña
Presentación de la revista Hilos 2 Gluj, Eduardo J.
|
|